El socialismo disparatado de Bernard Shaw

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Imagen de Bernard Shaw (1925). / Wikipedia

En la extensa nómina de los escritores eduardianos, la mayoría amigos pero muy distintos respecto a su modo de estar en el mundo, destacan tres, dos socialistas y un católico con un fondo tan anarquista que sabía que la única manera de hacerse revolucionario en Inglaterra era convertirse  al papismo: H.G. Wells, pionero de la ciencia ficción y hombre de una extensa cultura; George Bernard Shaw, el dramaturgo incontestado de su tiempo y de un ingenio sin igual, sólo comparable al del católico G.K. Chesterton, el tercero en discordia, cuyas disputas con el creador de Androcles y el León, hacían las delicias de los británicos cultivados de su tiempo.

Éste no ha hecho justicia a Bernard Shaw. Mientras Chesterton se reedita una y otra vez, y en España tuvo cierto predicamento desde la oscura etapa del franquismo por su filiación católica, mientras H.G. Wells sigue siendo un autor, bien es verdad que un poco rancio, de ciencia ficción y de vez en cuando se reponen algunas de las películas llevadas al cine de sus novelas, en especial, La máquina del tiempo, lo cierto es que a Bernard Shaw se le ha dejado reducido, y eso si uno tiene cierta cultura, a ser el inspirador de My Fair Lady, basada en su obra Pigmalión, y a ser el autor de varias frases de ingenio incisivo y a veces ilimitado.

No nos hacemos idea ahora de la fama de Bernard Shaw durante gran parte de la primera mitad del siglo XX. En realidad su prestigio no soportó el advenimiento de la II Guerra Mundial, dando la razón a aquellos que opinan que la influencia de un escritor se acaba cuando finaliza al mismo tiempo su momento histórico. Desde luego en Bernard Shaw así ha sido, pero de una manera tan enorme, tan escandalosa en su olvido, que llama la atención. De ahí que la iniciativa de RBA de publicar Manual de socialismo y capitalismo para mujeres inteligentes, nos llene de gozo porque hasta ahora había que contentarse, para acceder a esta obra, en rebuscar en librerías de viejo hasta encontrar la edición de Manuel Aguilar que se publicó poco tiempo después de la original británica, en 1928.

Cubierta del libro. / rbalibros.com

Un año antes, por tanto, del crack de la bolsa neoyorkina y el comienzo de la Gran Depresión. Premonitorio. Esta nueva edición, con prólogo de Margaret Walters, que insiste en que es uno de los grandes manuales de socialismo del siglo XX y que tiene una vigencia absoluta hoy día, nos choca sin embargo por esa insidiosa tendencia al anacronismo en que irremediablemente se cae de una u otra manera. Así, hay dos capítulos dedicados al fascismo y al comunismo, que Bernard Shaw añadió en la edición de 1937 y que recoge ésta de RBA. En ella se leen comentarios a veces delirantes, como cuando justifica las checas en la URSS debido a la gran cantidad de vagos y maleantes que había en ese país, por lo que “había que hacer ajusticiamientos necesarios”; otros, de una extraña premonición cuando él, que coqueteaba con el fascismo como casi todos los intelectuales famosos del momento, afirma que éste terminará cayendo en “un cenagal  de pobreza general y riqueza excepcional”.

En realidad, lo que se nota sobremanera en este libro de Bernard Shaw son dos tipos de contradicciones: desde luego la del propio autor, hombre que era una deliciosa contradicción en sí mismo, y, por supuesto, la de la propia época que refleja y la ideología del propio Shaw que ante todo quería construir un socialismo sin derramamiento de sangre alguno, algo que en los tiempos de la Revolución Rusa, de la construcción del socialismo a escala mundial y la creación del Komintern y del advenimiento de los fascismos totalitarios sonaba poco más o menos a socialismo de salón de excéntricos británicos.

Algo de verdad había en todo esto. Este manual fue escrito a instancias de Lady Cholmondeley, cuñada de Bernard Shaw, éste en aquel entonces se había casado con una millonaria, Charlotte Payne-Townshend, porque estaba intrigada sobre esas nuevas ideas socialistas y quería tener una ligera noción sobre el tema para exponerlo como debate en las tertulias que organizaba con las amigas. Creo que el libro, que es realmente un manual bastante lúcido sobre el socialismo, no puede deslindarse de esa circunstancia y lo que ha hecho Margaret Walters, la autora del prólogo, en cierta manera ha sido mirar hacia otro lado cuando las afirmaciones contenidas en el libro recuerdan demasiado a una de esas reuniones de té y bocadillos de pepino que la literatura de la época, también la de Bernard Shaw, habían elevado  a tópico.

Con todo el libro es delicioso, como no cabía esperar otra cosa tratándose de algo de Bernard Shaw. Pero conviene aclarar que deslindado estas huellas de época, que a mí me interesan muchísimo, lo contenido en el libro, sobre todo los interrogantes que plantea, no es que están de plena actualidad, es que sencillamente no han sido superados desde su pronunciamiento. Pero lo que deberíamos destacar es que el tiempo es caprichoso y si bien Bernard Shaw no soportó la fisura de la II Guerra Mundial, los hechos actuales y los venideros lo están recuperando. Este libro es la respuesta de un hombre que perteneció a la clase obrera, que se dio cuenta de su propia dignidad gracias a la lectura de Karl Marx, y que vio como la clase media, a la que él terminó por integrarse, estaba proletarizándose por culpa del capitalismo. ¿Les suena? ¿Hay ahora algo más actual en las circunstancias  en que estamos viviendo esta crisis económica, habida cuenta de que el proletariado, tal y como se entendía, ha pasado a mejor vida?  En eso consistía el movimiento fabiano, que Lenin detestaba, claro, y este libro es el manual del perfecto fabiano. De ahí que en cierta manera sea más actual que otros que pasan por referencias en grupos como los que componen el 15-M.

George Bernard Shaw podrá quitarse, al fin, el maravilloso sambenito de My Fair Lady y ser conocido por otros menesteres más curiosos. Sería algo muy suyo: ser leído por los jóvenes que se manifiestan de continuo para regenerar un sistema que hace aguas.

3 Comments
  1. Niña Chole says

    Gracias por hacer este análisis reflexivo pues, como bien dices anarquistas y liberales tienen más opciones de ser publicadxs y reeditadxs que representantes del marxismo intelectual, cultural o práctico.
    Por otro lado, hay dos cosas que no logro entender por qué suceden pero que siempre suceden:
    1. con la de barbaridades que se han cometido desde la ideología liberal por qué siempre que se habla de marxismo, socialismo y/o comunismo, tiene que haber una referencia a los regímenes socialistas reales y sus atrocidades cometidas. Y si es una cuestión de memoria colectiva, por qué se tiene que explicar o hacer juicios de valor tal y como lo hacen las personas anticoministas y no desde un punto de vista historiográfico y crítico, que nos muestre por ejemplo, que ningún régimen comunista sería lo que ha sido, sin tomar en cuenta el papel hegemónico de Occidente y EE.UU.

    2. Por qué si el capitalismo y el marxismo son de la misma época, hacemos tanto esfuerzo en demostrar que el marxismo es anacrónico, obsoleto, anticuado y sin embargo el capitalismo sigue tan jovial como el primer día o si quiere decir más intelectualmente: mientras ambos hay que situarlos en una diacronía contextualizada, el marxismo aparece como anacrónico y el capitalismo como sincrónico.

    Muchas críticas teóricas y políticas se pueden hacer hoy al marxismo, como las que ha hecho el post-marxismo al contextualizar el materialismo dialéctico en el periodo intelectual decimonónico y por lo tanto: evolucionista y etnocentrista; o la crítica al reduccionismo de pensar que solo la clase social es una categoría de desigualdad, relegando siempre el género, la diversidad sexual, la procedencia, la espiritualidad, entre otras.

  2. Osuna 2013 says

    La causa de postergar estratégicamente al marxismo radica en considerar a éste único valedor del comunismo-bolchevismo, demonio que usa la Derecha para acreditar su ideología en el dual mundo de malos y buenos, para entendernos.

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