La cueva de Caco

El_asco_indecible_Miguel_Sánchez_Ostiz
Cubierta del libro de Migue Sánchez-Ostiz.

Voy  a referirme a un libro inusual por muchas cosas, entre ellas no sólo que sea un libro escrito como un panfleto, género literario de raigambre desde el siglo XIX, y que ya de por si sería digno de ser tenido en cuenta en un país como el nuestro donde la cultura calla, no se sabe si porque abunda en eso de mirar a otra parte o sencillamente es que no tiene nada que decir, sino además porque es un libro magníficamente escrito por uno de nuestros grandes novelistas de los últimos años, Miguel Sánchez Ostiz, autor, entre otros, de Las pirañas y de La flecha del miedo, dos cargas de profundidad narrativas en un panorama un tanto plagado de ensimismamiento o de complacencia, cuando no de ansiedad crematística.

El asco indecible, que le ha publicado la editorial Pamiela, en su colección Upaingoa, que es la casa editora donde Sánchez Ostiz se ha refugiado después de que muchas en las que había publicado, Seix Barral, Anagrama, no le tuvieran ya en cuenta, es un panfleto que posee la fuerza inherente al género. Ello no es fácil porque para poseer estas cualidades hay que aliar la intensidad con la pasión y en general la balanza se inclina hacia uno de los dos lados. En este libro hay armonía, armonía estilística porque la rabia, también resuelta en puro estilo, se enseñorea de lo narrado hasta el extremo de poder afirmar que el libro, corto, como deben ser estos, actúa a la manera de un vomitorio.

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El libro se estructura al modo de comentarios sobre los sucesos acaecidos en España en estos últimos meses y se detiene en diciembre porque se refiere, incluso, a la muerte de Oscar Niemeyer. Está estructurado por capítulos en que se resaltan algunos de esos sucesos: “Que se jodan”, “Visca Catalunya”, “Franco, presente”, “Caso Díaz Ferrán y su banda”, y así, hasta llegar a antes de ayer mismo en que aún no había estallado el caso Bárcenas con toda la cúpula del PP en entredicho y el nerviosismo campeando por sus respetos por toda la clase política española.

Valle Inclán dixit. Lo que sucede es que lo que el escritor había descrito en Luces de bohemia o la trilogía de El Ruedo Ibérico, toda la bazofia caciquil de la Restauración y su falsa paz social suponíamos que lo teníamos superado gracias a esta Transición política, especie de Segunda Restauración que nos resistíamos a creer fuera así sencillamente porque había más dinero, muchísimo más dinero. Sánchez Ostiz no es escritor que adore a Valle, sino a Pío Baroja, de quien ha escrito bellos textos, pero si gusta sobremanera de Louis Ferdinand Céline, sobre quien coincidimos en un seminario sobre su figura en los Cursos de Verano de la Complutense, allá por El Escorial, con Rafael Conte y Joaquín Leguina, que gusta de Céline pero quiere parecerse a Walter Benjamin en su figura. La mala leche algo bondadosa de Baroja y la mala lache nada bondadosa de Céline: ahí es nada. Sánchez Ostiz, que sabe que la farsa es el único género capaz de redimirnos y lo practica, ha escrito con El asco indecible una farsa de esas dignas de un cuadro de James Ensor o José Gutiérrez Solana con la diferencia de que el tema ni siquiera ha tenido que plantárselo: está en los diarios todos los días y su labor ha consistido en comentar esos sucesos que por su lado mostrenco hay que reconocer que se comentan solos. Pero Miguel Sánchez Ostiz es escritor, y de los buenos, y rastrea con olfato de periodista de mosca cojonera: sólo así cabe entender que se haya fijado en noticias como la querella puesta por el jefe de policía cuando las movilizaciones de los mineros asturianos y leoneses contra ellos porque según dice en su escrito “tienen unos bíceps que te pueden partir la cara de una hostia”. Inefable y digno, ya digo, de un capítulo de El Ruedo Ibérico.

De esta condición de farsa, de su vocación, nos habla el escritor en el comienzo mismo del libro:

“Asco indecible y nueva danza de la muerte. Para este baile de listos no hacen falta calaveras ni disfraces siniestros. No hay criptas tenebrosas donde pintarla para aviso de caminantes, sino despechos de aparato, presididos por un Bacon o un Solana, pagados con listeza, arquitectura de diseny levantada con dineros públicos sin control  de gasto, mucha pompa oficial escurialense”  Y sigue:: “Esta danza no te recuerda al morir habemus de salir a la pista negra son iguales/los que viven por sus manos/ e los ricos, sino que la vida de los que pertenecen a esta casta privilegiada que nos domina y somete, no es la misma que la de los dominados y sometidos”.

Finalmente, después de noventa días con sus noventa noches, del otoño al fin de año, padeciendo la lista de recortes diarios, huelgas, suicidios por desahucios, paro, recesión, mala educación, peor sanidad, escándalos financieros, escándalos de unto puro y duro, el escritor se acuerda de los poetas. ¿Por qué será? Lo achaco a cuestión generacional pues no me imagino a un chico de veinte años  recordando en estos momentos versos de Félix Grande, Gabriel Celaya y su Paco Ibáñez, Gil de Biedma, Alberti y, desde luego, Blas de Otero, de quien Sánchez Ostiz nos habla de que es actualidad porque, como él, a veces deseamos haber nacido en otra parte, porque no puedes desasirte del país aunque tires del ronzal. Pero, guiños aparte, hay en ese recordatorio algo más, la convicción de que solo mediante la verdad en la palabra, en el gesto, en la acción, seremos capaces de enfrentarnos, de nuevo, al asco. Indecible, sí, pero hay algunos que lo dicen. No es usual. Ni siquiera raro. Por eso lo resaltamos.