Las vanguardias cumplen cien años

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Carte de la exposición, que conmemora el centenario de la primera muestra, celebrada en 1913. / thearmoryshow.com

Estos días Nueva York se apresta a vestirse con los ribetes decadentistas de cualquier ciudad europea, haciendo gala, orgullosa, de los muebles conservados de la abuela. Se ha abierto una exposición conmemorativa, con el título de Armory Show, que festeja la muestra que entre el 15 de febrero y el 15 de marzo de 1913 tuvo lugar en la ciudad, en el Armory, un almacén para utensilios de la Guardia Nacional, la que puede considerarse la primera exposición donde llegaron a mostrarse gran parte de las obras que cambiaron el arte del naciente siglo, la Exposición Internacional de Arte Moderno, que organizaron artistas como Walter Pach, Arthur B. Davies y Walt Kuhn, de la Asociación Americana de Pintores y Escultores: allí expusieron Braque, Cézanne, Munch, Kandinsky y… Marcel Duchamp. Contaba éste 25 años y se estrenó con una obra pintada el año anterior, Desnudo bajando una escalera, que escandalizó  a la prensa del momento y al público asistente. Meses más tarde, Duchamp inventó el ready made, con la presentación de Rueda de bicicleta sobre un taburete. Había nacido el arte conceptual.

Pero en contra de la tradición romántica, maldita, que vio en la ruptura artística un motivo de incomprensión, a los tres hermanos Duchamp, que estuvieron presentes en el acto, les fue muy bien. Marcel tenía ya en mente los ready made pero la publicidad y el autobombo eran ya moneda corriente en los Estados Unidos, país nacido en y para el espectáculo. Había que llamar la atención. La llamaron. Hubo colas de hasta casi una hora para ver el dichoso cuadro que se había inspirado claramente en las fotografías estroboscópicas, en especial las de Etienne Jules Marey, aunque hay una foto de Eadweard Muybridge titulada precisamente Desnudo bajando una escalera, que Marcel Duchamp dijo no haber conocido anteriormente, que reproduce casi con exactitud gestos y actitudes presentes luego en el cuadro, y hasta un periódico, el American Arts News ofreció diez dólares para aquel que diera una explicación decente del lienzo, hoy día joya del Philadelphia Museum of Arts, y donde unos jóvenes Robert Rauchemberg y Jaspers Johns, en 1958, fueron con devoción a contemplar. Dije que a los hermanos les fue muy bien. Uno de ellos, que se presentó como Jacques Villon, vendió las nueve esculturas expuestas, Raymond tres de las  cuatro que presentó, Marcel vendió sus cuatro pinturas, entre ellas el ya famoso Desnudo… por casi 1000 dólares. Una fortuna para la época.

Cartel de la primera exposición internacional de Arte Moderno celebrada en 1913 en Nueva York. / Wikipedia

La exposición, llamada desde entonces, Armory Show, fue la primera muestra del acercamiento entre las vanguardias europeas y norteamericanas. El fruto fue impresionante, la repercusión mediática enorme. Baste saber que la exposición llegó a ser itinerante, cosa algo rara en aquellos momentos, fue a Chicago y Boston, y al éxito de la misma contribuyó la frase famosa de Theodore Rooselvelt, el Presidente de la Nación, hombre curioso y algo energúmeno, que afirmó “Thats not art”, “Eso no es arte”. Nadie contribuyó más en ese momento a la expansión de las vanguardias en su país que este hombre, conservador de gran carácter, amante de ciertas artes pero poco dado a admirar las prácticas de los artistas bohemios de Europa. Por reacción, claro.

De lo enorme de la muestra hay que decir que se expusieron 1.300 obras, de las que un tercio provenían de Europa, y se trató desde un primer momento de realizar un recorrido cronológico y didáctico, donde se explicó el desarrollo del arte moderno desde Francisco de Goya a Vassily Kandinsky. Ya dijimos del éxito de los Duchamp, pero hay un dato que no conviene olvidar, La Colline des pauvres, de Paul Cézanne, fue comprado por el Museo Metropolitano de Nueva York, lo que explica la rápida expansión del concepto de vanguardia en América: las instituciones se habían implicado ya en el proyecto comprando obras, mirando al futuro, construyéndolo.

Tiene gracia pensar en lo que estos días celebra la ciudad de Nueva York con este centenario. Porque en realidad el evento parece haberse volcado en la rabiosa, enorme, imponente influencia de Marcel Duchamp, inventor del arte conceptual, parte esencial  de Dadá, inspirador del op art, del arte minimal, del body art, del cinetismo, debido a sus “rotoreliefs”, en fin, admirado por artistas de lo más variopinto, como ha demostrado la reciente exposición de Dancing Around The Bride, en el Philadelphia Museum of Arts, donde gentes como los citados Rauchemberg y Johns, afirmaban su deuda con él, pero también John Cage o Merce Cunnigham, y no en lo que en aquel entonces se suponía era lo más valioso, como el citado Cézanne.

Y tiene gracia porque este centenario, ya Estados Unidos es un país que envejece y cuenta centenarios con profusión, celebra la entronización de Marcel Duchamp como arte oficial del siglo XX, es decir, celebra un acontecimiento lleno de un tradicionalismo y convencionalismo riguroso, en contraste brutal con lo que inspiró hace cien años esa misma muestra del Armory Show. Es una metáfora ineluctable del devenir del tiempo. Lo que sucede es que  con el concepto de vanguardia sucede como el del rock unido al de la juventud: basta que nos topemos con la realidad, es decir, que toda vanguardia termina convirtiéndose en tradición y que los rockeros envejecen y, como todos, como pueden, que suele ser mal, para que nuestro imaginario retroceda, asustado. Marcel Duchamp, el humorista recalcitrante, cabaretista, jugador de ajedrez, lector grandioso, conversador infatigable, el artista que hizo arte de objetos cotidianos por su propia voluntad de que así fuese, autor de una de las obras, El Gran Vidrio, más extrañas del arte del siglo XX y más alabadas por los fetichistas de la más variada condición, autor de una de las bromas más excelsas, cínicas y curiosas, la confección del ready madeR. Mutt, un urinario puesto del revés, es ahora reverenciado en una exposición que admirará un público que se embelesa igualmente con una muestra de Tiziano o de arte hitita. Marcel Duchamp ha pasado, en realidad parece ser su última broma, muy propia de su cinismo,  a ser reliquia en estos templos de la Modernidad, como son los museos, al modo del trozo de leña dela Santa Cruz, un jirón de la Sábana Santa o un cordón de las sandalias de San Pedro  en las catedrales cristianas.

El New York Times ha celebrado el evento como debe ser: consagrándolo. Nos hacemos viejos


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