Stèphane Hessel, indignado y comprometido

Fotografía de archivo tomada el 27 de junio de 2012 de Stéphane Hessel en París. / Ian Langsdon (Efe)

Stèphane Hessel estaba en Italia para hablar de su libro A nous de jouer (Indigene 2012), un llamamiento a los indignados del mundo entero sobre el compromiso que nos urge adoptar a todos para que no sigan avanzando sobre nuestros cuerpos y almas las fuerzas del mal -no es metáfora-, cuando tuvo que regresar a toda prisa  para venir a morir en su casa de París. Tenía 95 y una energía vital que brotaba de sus fuertes convicciones.

Una de ellas era la del deber moral de todo ciudadano de defender la democracia de sus amenazas, hace años, del furor nazi y del estalinista, hoy, de la dictadura rampante de los mercados financieros que están atentando contra la paz. Para eso escribió, ya nonagenario, el opúsculo superventas Indignez vous! (Indigene 2010), que le valió el pasar del anonimato a ser asaltado por sus seguidores en la calle.

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«Los pueblos europeos deben tener la inteligencia y la fuerza necesaria para imponer a sus gobiernos una acción más valiente contra las fuerzas que quieren mantener su poder y sus intereses, y que no quieren tener en cuenta los intereses de los pueblos”, había dicho en una entrevista reciente. En su libro habla de que es necesaria y urgente una insurrección pacífica contra el consumo masivo, muchas veces compulsivo, y que es necesario entender que hay que combatir el desprecio de los más débiles y la competición de todos contra todos. Es decir, el escenario ideal para los poderes financieros en el actual estado de cosas.

Hessel pertenecía a la estirpe de los resistentes: luchó en la resistencia francesa frente a los nazis, luchó frente a la degradación y la muerte en los campos de concentración de Buchenwald y Dora-Mittelbau, escapó por los pelos a su ejecución ya anunciada, saltó del tren que le conducía a otro campo para unirse a los combatientes contra Hitler, colaboró con el general De Gaulle en su exilio de Londres y, last but not least, presentó batalla toda su vida en los más modestos propósitos, con una certeza admirable y envidiable, como ciudadano anónimo. Su padre. Franz Hessel, fue un escritor y traductor, amigo de Walter Benjamin y figura que inspiró el personaje de Jules, en la novela Jules et Jim, de Henri-Pierre Roche.

Sus editores, Sylvie Crossman y Jean Pierre Barou, a quienes debemos la publicación de ¡Indignaos! ya que el autor no tenía el menor deseo de hacerlo, cuentan que Hessel pidió que las posibles ganancias del libro se invirtieran en causas humanitarias, como contaban hace año y medio en esta entrevista de Público. 

En ella, hablan de coherencia y de valores, de perseguir la felicidad y del esfuerzo que eso implica. Del coraje que hace falta en la vida si uno quiere salirse del redil, escapar a la felicidad engañosa del rebaño. Altas palabras que asustan al constatar los obstáculos con que se topa cualquier ser humano cuando las quiere poner en práctica.

Pero no era un hombre infalible, lo que no es de extrañar ya que era eso, un hombre, y ahora sabemos que ni el Papa lo es. Infalible, quiero decir. Su simpatía con la socialdemocracia le llevó a declararse admirador de José Luis Rodríguez Zapatero y hasta a afirmar que seguramente Alfredo Pérez Rubalcaba es un gran español. No hay que tomárselo a mal. Sorprende, en todo, caso, su inocencia respecto a la actuación de la socialdemocracia  a lo largo de su siglo, el XX. Pero, no es por ahí por donde quiero ir.

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Cubierta de ¡Comprometeos!

Analistas hay que asocian el despertar del 15M a los efectos de ese opúsculo, a la energía que desprende. Pero, a la indignación le sigue ineludiblemente, para Hessel, el compromiso. Su segundo librito, ¡Comprometeos!, de menor repercusión. Comprometerse cuesta, igual que cansa trabajar, como dice el titulo recomendable de Cesare Pavese. “Enfadarse y ya está no tiene sentido, es necesario el compromiso para cambiar la injusticia”, había dicho en esta otra entrevista.

Para esta segunda parte de la cívica indignación –Hessel era un convencido defensor de la resistencia pacífica en democracia- son imprescindibles: la certeza de la causa -la democracia-, la preparación para defenderla ante la peor adversidad, el esfuerzo que todo ello requiere y el valor para resistir y salir adelante. Hessel creía que la actitud violenta sólo llamaba a respuestas más violentas aún. Imagino su perplejidad ante la cita  que algunos grupos españoles han hecho a asediar el Congreso de los Diputados en abril.

Construir y defender la democracia real. Sí; nadie dijo que fuera fácil.