Ser o no ser (islandés)

Interior de Harpa, Palacio de Ópera de Reikiavik. / Wikipedia

Pasados los primeros años del reventón de la crisis, los islandeses salen más al cine y al teatro, van a exposiciones y a conferencias, a presentaciones de libros y actos por el estilo, porque necesitan relajarse y divertirse. También porque el gobierno islandés recortó de muchas partes de gastos, pero no recortó en cultura.

La ministra, Katrin Jakobsdottira la que conocimos ya en cuartopoder.es-, ha recordado que la base de la gestión de cultura y educación tiene que venir del sector público. “Es parte de la comunidad gestionar las escuelas” y facilitar a los creadores su trabajo. Ay, qué envidia producen estas palabras y otras cuantas que se vierten en un reportaje reciente de El País sobre cómo se toman la industria cultural en Islandia. Mi bestia negra preferida que, con sus defectos y sus extravagancias, resulta de lo más sugestiva.

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No se trata de caer en el automatismo de que pueda calcarse la experiencia ajena –menos aún la de una islota de poca población, llena de gentes nórdicas que van a lo suyo- pero sí vale la pena atender a algunos aspectos. Los islandeses, en el fondo, se parecen a todo el mundo: incluso se teme que vayan a apoyar al voto conservador en abril, cuando celebren elecciones. Votarán a los que propiciaron el estado de cosas que les llevó a la ruina; con su consentimiento, hay que recordar, ya que todo el mundo se aprestó a consumar el exceso.

Ellos también tuvieron su polémica obra arquitectónica faraónica y costosa, el centro de arte Harpa -recién inaugurado con una ópera de Mozart y un concierto de Björk- pero da la impresión de que han sabido sacarle partido para provecho de la gente y que no quedará desolada  y vacía como tantas infraestructuras millonarias españolas. La diferencia principal con España es que Islandia no sólo no ha recortado en cultura sino que ha reforzado su industria cultural, convencida su intrépida ministra de que eso les ayudará a salir del hoyo.

No hay nada nuevo en decir que en España los que mandan no parecen creer que la cultura genere riqueza; y no hablo sólo de la espiritual. Puede que ni los que mandan ni la mayoría de los españoles; a lo peor no hemos sido tocados por la gracia de entender, de verdad de la buena, lo que supone leer, escribir, pintar, componer, crear, representar, exponer, visitar, aprender arte, hacer y ver un cine creativo, inteligente.

La idiosincrasia de los pueblos habla por ellos. Aunque haya  excepciones, la mayoría es la que manda en democracia y en la estadística. Y es la mayoría la que imprime el carácter de las sociedades, por muchas grandes individualidades que se produzcan en su seno.

Recuerdo una reunión internacional sobre problemas de tránsito urbano, en Madrid, hace años. Todos los intervinientes aportaban su estudio y sus conclusiones de las circunstancias de cada país. Al ser preguntado uno de ellos –no recuerdo su nacionalidad- sobre cómo arreglaría él el tráfico madrileño, el tipo contestó sin dudarlo, que es fácil, que el único problema de tráfico que tiene Madrid es la mentalidad de los madrileños. Da qué pensar.

El caso es que la aportación de la cultura al Producto Interior Bruto español es casi del 3%, unos 32.000 millones de euros, según la última Cuenta Satélite de la Cultura (CSC), un estudio oficial de medición de lo que supone la actividad cultural en la economía española. Destaca que el PIB del sector cultural tiene un peso relativo superior al del sector energético (2,7%) y no queda lejos del agrario (3,7%). Dos sectores a los que la Administración subvenciona muy por encima de lo que ayuda a la cultura.

La CSC se ha parado en considerar el Patrimonio, Archivos y bibliotecas, Libros y prensa, Artes plásticas, Artes escénicas y sector Audiovisual. Es llamativo que el sector de "Libros y prensa" suponga el 40,9% del total de actividades culturales.

No les quiero aburrir con datos, pero sí compartir lo que observo a mi alrededor por si coincidiera con lo que ven también ustedes. A los recortes oficiales a la vida pública hay que sumar el despiadado ejemplo que siguen compañías privadas a las que, sin embargo, la crisis les está yendo bien en Bolsa, como la Fundación Mapfre, que, me cuentan, ha ralentizado, si no suspendido, buena cantidad de los magníficos actos que programaba.

O Repsol, que está sustituyendo personas por máquinas expendedoras de combustible. Una inversión millonaria en estructura para echar a la calle a la gente, para que cunda la infelicidad entre las personas. ¿Para qué demonios querrán tanto dinero?

En medio de este desmantelamiento público y privado de la producción de riqueza nos enteramos de que el tercer hombre, of course, más rico del mundo es Amancio Ortega, con lo que de los tres megamillonarios del podio, dos hablan español, y el otro es judío. A ver qué dice Dios a eso.