Michael Haneke, retratista del lado oscuro

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Michael Haneke, en una imagen del pasado mes de febrero. / J. L. Pino (Efe)

El Jurado del Príncipe de Asturias le ha dado el Premio de las Artes este año al cineasta Michael Haneke, "por su creación cinematográfica de profundas raíces europeas" y por su manera de abordar, con "radical sinceridad y extrema sutileza"  los problemas europeos. Con ello, de paso premia al cine magistral, al lenguaje cinematográfico esencial que explica una historia humana.

Este ha sido un año feliz para el autor austríaco, ya que su película Amour -que ya había sido premiada en Cannes- recibió  premios en los Oscar de Hollywood, y un año español por su Medalla de Oro del Circulo de Bellas Artes de Madrid, que le dedicó un ciclo de sus películas, en febrero, y el estreno en el Teatro Real de Madrid del Cosí fan tutte, de su adorado Mozart, con el oído atento a la partitura del salzburgués genial y la menor distracción escenográfica posible. Atacaba así el cineasta un tema recurrente de su cine, las relaciones conyugales, sólo que en dimensión operística. Otro de sus músicos fetiche –Schubert- se deja escuchar en Amour, lo que les invito a hacer mientras acaban de leer esta modesta nota, en la preciosa versión del pianista Vladimir Horowitz.

Músico y actor frustrado por propia confesión, Michael (léase Mijael) Haneke como buen austríaco –por más que naciera en Baviera- ha criticado a la sociedad austríaca hasta la saciedad, uniendo sus talentos a los de otros feroces compatriotas como Thomas Bernhard, Peter Handke, Elfriede Jelinek, de cuya novela, La pianista, creó una de sus películas más demoledoras.

Se asocia el cine de MH al lado más sombrío del ser humano, donde habita la violencia sorda, capaz de las mayores desdichas. En algunos títulos como  El video de Benny (1992) o Funny Games (1997), la violencia es directa y sin efectos especiales, lo que perturba más al espectador. El cineasta ha declarado su poca afición a la violencia como espectáculo del tipo de la practicada por Tarantino. Asegura que no le interesa ese aspecto del ser humano, aunque admite que cuando trata de ser realista en su narración se topa con el lado oscuro de la condición humana, lo que le obliga a lidiar con esos aspectos.

Su película La cinta blanca (2009), muy premiada, me parece un ejemplo muy significativo de su abordaje a lo más sórdido de lo humano. Situada en un pueblo imaginario del norte de Alemania, en 1914, a punto de estallar la Primera Guerra Mundial. Escrita y dirigida por él mismo, la cinta muestra magistralmente cómo se gesta la bestia del nazismo en el fondo de los corazones más normales y corrientes, empeñados en imponer por la fuerza las rígidas creencias, en ese caso protestantes, a toda costa, contra la sensatez y hasta el sentido común.

El estilo de Haneke es quieto y profundo, capaz de llenar de sentido la pantalla mientras la imagen parece congelarse en largas secuencias, atento a la resonancia en el alma del espectador, casi invitando a un profundo suspiro, patente la violencia que engendra la propia vida humana, sin que tenga que verse atizada gratuitamente.  Como él mismo ha dicho en alguna ocasión,  “tengo un sexto sentido para detectar el dolor cuando miro el mundo que me rodea”.

Se le define a menudo como un director de mirada gélida con la especie humana, pero es en realidad la capacidad de infligir dolor de las personas lo que retrata. Es ahí donde está la frialdad: en el propio acto de dañar, de hacer sufrir a los más débiles: niños, mujeres y animales, por ese orden.

¿Por qué habría de dulcificar el mal, hacerlo digerible? Por eso su cine es tan difícil de soportar desde la butaca. Aunque mucho más difícil me resulta a mí aguantar esos exitosos pestiños de Hollywood, repletos de golpes efectistas, sangre a borbotones y crueldad virtual. Como si hubiera que inventar la crueldad. En eso coincido totalmente con el cineasta. En eso y en la admiración por Lancelot du Lac, ese film mítico de Robert Bresson, de 1974. A lo que íbamos.

En una entrevista publicada por El País, al propio autor le sorprende –agradablemente, claro- el éxito de sus películas que él no hace para complacer a nadie y que retratan la guerra cotidiana de unos contra otros, entre marido y mujer, padres e hijos, amigos; la del egoísmo de cada cual. “Esas pequeñas guerras pueden llevar a una guerra más grande”, dice. No como consecuencia inmediata, sino que “varias generaciones que libran pequeñas guerras provocan tarde o temprano una guerra general”. Es la tarea en la que se halla inmerso el ser humano desde el principio de los tiempos. El contrapeso: la práctica del amor, la compasión y la entrega al otro, lo tenemos aún en una zona del cerebro de difícil acceso. Haneke no es optimista en este sentido. Para él, el extremismo crece como los hongos en cualquier parte. Por desgracia, la historia le da la razón.

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