Las élites y la universidad

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Umberto Eco (dcha.), junto al rector de la Universidad de Burgos, Alfonso Murillo, durante la rueda de prensa que dio el pasado miércoles. / Santi Otero (Efe)

Umberto Eco ha declarado en Burgos, cuya universidad le ha concedido un doctorado honoris causa, que la universidad debe volver a ser un destino de élites como antaño. El semiólogo explica que la masificación del alumnado y la sustitución consecuente de clases presenciales por Internet –algo muy útil y habitual en la UNED- entorpecen enormemente la actividad académica y la desvirtúan. Es de suponer que Eco se refiere a una élite intelectual, aquellas personas que persiguen la obtención del conocimiento; o lo que ahora todos repiten hasta el aburrimiento, la excelencia.

Es una opinión polémica que no se ha visto reflejada en comentarios de los medios si exceptuamos Clarín, de Argentina, medio que recoge solamente opiniones contrarias a esta afirmación del profesor y escritor italiano. Sin embargo, a mí me parece que lo dicho por Eco merece un debate público.

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Estamos de acuerdo en que lo ideal es que todos los que quieran puedan estudiar una carrera universitaria, sin embargo, si la calidad de esa enseñanza peligra por la masificación habría que hacer algo para evitarlo. Eco asegura que en toda Europa se da este problema y que no afecta sólo a España. Es posible que el origen de esa masificación tenga que ver con la creencia establecida de que sólo unos estudios universitarios garantizan un empleo decente en el futuro. Lo que, a estas alturas, ya sabemos que no es cierto: quizás garanticen un minijob en Alemania.

Así que, las preguntas podrían ser éstas: ¿Se estudia en la universidad masivamente porque no hay nada mejor que hacer? ¿Porque así se obtendrá -es un decir- un trabajo mejor remunerado? ¿Por amor al arte y al conocimiento? Y habría otra pregunta que hacer a los responsables políticos. ¿No hay forma de propiciar estudios plurales y eficientes para aquellos que buscan un empleo cualificado que no tenga forzosamente que pasar por la universidad?

Hace muchos años que en España se practica el lenguaje tontaina y peligroso de la corrección política que importamos –como tantas cosas- de Estados Unidos. Así, para no ofender –como si fueran solamente las palabras las que pueden ofender- se habla de empleada de hogar, empleado de fincas urbanas, arquitecto técnico, ingeniero técnico, etc., queriendo decir asistenta, portero, aparejador y perito agrónomo, por ejemplo. Otras cursilerías del tipo de: persona con problemas auditivos para decir sorda, un miembro de la tercera edad para decir anciano, y expresiones del estilo han dado material creativo a humoristas y caricaturistas.

Pero, además de cómicas esas recreaciones son feas y engañosas, porque pretenden encubrir la realidad. De la denominación se ha pasado a la práctica sobre el terreno. De ahí que en España se haya asumido que si no se tienen estudios universitarios no se es nada en la vida. Así que en el fondo de la masificación de la universidad podría haber un complejo de inferioridad inducido por las élites políticas españolas que han contagiado a la sociedad de sus propios complejos. Es una hipótesis.

Por mi parte, si estudié en la universidad fue porque me hicieron la faena de convertir en universitarios los estudios de periodismo que antes se hacían en la escuela oficial. Los estudios de semiótica me parecen aburridos, no me interesa en absoluto la investigación genética, excepto para informar sobre ella, y en cuanto pueda pienso matricularme en una FP de diseño de jardines que, espero, no son universitarios todavía. No me malinterpreten: no digo que la universidad no merezca la pena; digo que la merece para aquellos que realmente estén interesados y dispuestos al sacrificio que requiere el aprendizaje superior. Y, sobre todo, que no es ningún desdoro prepararse para la vida al margen del Alma Mater.

También es verdad que los problemas de la universidad española no se quedan en la masificación y más tienen que ver con una endogamia nepotista y miserable que condena a los mejores al ostracismo para dar cuartelillo a los mediocres y menos merecedores de los puestos principales. Lástima de debates radiofónicos y televisivos tan ausentes, tan añorados. La de cosas que podríamos aprender sin necesidad de ser élites.