Los toros como bien cultural y el alma de los animales

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performance antitaurina
Integrantes de la organización Anima Naturalis, vestidos de chulapos y chulapas y simulando tener clavadas banderillas, durante la acción de protesta celebrada en Madrid, el pasado 21 de mayo, para pedir unas fiestas de San Isidro libres de crueldad animal y exigir al Gobierno que los toros no sean declarados un Bien de Interés Cultural. / Kote Rodrigo (Efe)

El escritor John Maxwell Coetzee ha dirigido una carta a los parlamentarios españoles para pedirles que no declaren los toros Bien de Interés Cultural. La carta llega a tiempo pues el Congreso admitió a trámite el pasado mes de febrero una Iniciativa Legislativa Popular que había sido presentada el año pasado, pero que aún está abierta a enmiendas y propuestas parlamentarias hasta el punto de que la ILP presentada después por la Plataforma de Afectados por los Desahucios se le adelantó en la tramitación.

Además, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid desestimó un recurso interpuesto por la Plataforma Estrategia Animalista, hace un par de años, contra la declaración de los Toros como Bien de Interés Cultural en la Comunidad de Madrid.

Se podría calificar esta carta del premio Nobel de Literatura como una intrusión en asuntos ajenos pero es que para Coetzee el sufrimiento de los animales es todo menos ajeno. Así que  tenemos a un escritor sensible al sufrimiento en general –humanos incluidos- como muestra en sus novelas, al que la Fiesta le parece un espectáculo sangriento y una vuelta a los tiempos en los cuales el bienestar animal no se tenía en cuenta: “Torturar y asesinar toros por el mero espectáculo pertenece a la Edad Oscura y no a la España del siglo XXI”, dice en la carta.

Está claro que para un sector importante de la opinión pública, las corridas de toros no se diferencian mucho de las peleas de gallos o las de perros, donde los llamados sparrings luchan hasta la muerte de uno o ambos animales. En esos espectáculos se da el placer por contemplar la agonía de un ser vivo, revestido supuestamente de arte en el caso de los toros, hasta su muerte y, sobre todo, se da el elemento de inocencia de esas criaturas, a las que se coloca como victimarios, sin rebelión posible.

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El escritor sudafricano J. M. Coetzee. / Wikipedia

En una obra de Coetzee, Las vidas de los animales (Mondadori, 2001), un libro alimentado con conferencias pronunciadas en Princeton, fabuladas con personajes de ficción, afirma que los humanos nos comemos a los animales porque no los consideramos suficientemente inteligentes, por su indefensión y porque no se rebelan. (¿Se acuerdan de Babe, el cerdito valiente?)

Elisabeth, la protagonista, vegetariana convencida, piensa que la razón no es más que una parte del pensamiento humano, que los hombres toman como valor absoluto, y por ello, es responsable de que los animales sean estabulados, maltratados, sacrificados. La razón –afirma- ha conducido a los animales a las granjas industriales, a los laboratorios, a los circos, a los zoológicos y,  finalmente, a los mataderos y a nuestras mesas.

Como se ve, el asunto de la fiesta de los toros trae cola y conduce por vericuetos intrincados, si se quiere tratar con alguna honradez intelectual. Marguerite Yourcenar dejó dicho: "Recordemos siempre que habría menos niños mártires si hubiera menos animales torturados… si no nos hubiéramos acostumbrado a los furgones donde los animales agonizan sin alimento y sin agua a la espera de ser abatidos". Para ella, “comer carne es digerir la agonía de otros seres vivos”.

Coetzee coincide con Peter Singer, un filósofo del que se habló aquí hace poco,  en que “la única capacidad que convierte a un ser vivo en objeto de consideración moral es su capacidad de sufrir” y parece que no admite discusión que los perros, los gallos y los toros sufren cuando se les pellizca.

Un filósofo muy controvertido en Estados Unidos en estos momentos, Thomas Nagel,  (La posibilidad del altruismo, Fondo de Cultura Económica, 2004) contempla al animal como alma que habita un cuerpo y afirma que los animales tienen sus propias estructuras mentales y sus puntos de vista sobre la realidad. El problema es que no confluimos en un lenguaje común inteligible por ambos. No nos entendemos, como les pasa, en la novela El lago en las pupilas (Siruela 2012), de Luis Goytisolo, a unos alienígenas que llegan a la tierra y estabulan a los terrícolas para cultivar, en los hombres, sus testículos enormes y jugosos, y en las mujeres, sus fetos recién paridos como lechales, sin atender a las protestas y lamentos de esos bienes suyos de consumo.

Ernst Tugendhat lamenta que el derecho a no sufrir dolor, del que la humanidad debe disfrutar, no se extienda también a los animales, cuyas vidas no son respetadas como en el caso de la vida humana.

Para todos ellos –a los que modestamente me uno- la compasión debería ser moneda común en una vida en la que los seres vivos compartimos dolor y alegría, y comprender esto nos eleva a un estadio moral superior.

Yourcenar escribió sobre el "beneficio que la humanidad entera sacaría de una mejora de vida de los animales", convencida de que en el universo, el hombre no es el centro sino un elemento más, como el resto de los seres vivos, con capacidad de ser compasivo.

Ahora bien, aparte quede la discusión del arte que la llamada Fiesta tenga o deje de tener. No es objeto de este artículo.

6 Comments
  1. perniculás says

    Cultura, tradición y arte, tres vocablos con los que a los bobos se les llena la boca para justificar su condición de seres inhumanos. ¿Acaso puede haber arte en el dolor, en el sufrimiento, en la muerte jaleada en una plaza de toros? ¿Es esta una tradición sana, digna, que invite a la esperanza de que habrá un mundo mejor en el futuro? Por otra parte: ¿cómo vamos a defender la vida de los toros de lidia si no somos capaces de ser justos con los vivos de nuestra especie? Me temo que la barbarie continuará. Continuará. Gracias Elvira.

  2. juan gaviota says

    Somos animales presumiblemente racionales ,que tenemos dientes incisivos caninos premolares y molares, o sea que somos omnivoros, y comemos carne de cadáveres porque forma parte de nuestra dieta. Pero de comer carne, matando a los animales, a pasárselo en grande viendo como sufren y se retuercen de dolor ,hay un abismo.
    La porción de humanidad que tenemos ,nos tendría que impedir disfrutar con el dolor de los demás ,aunque sean animales de otras especies a la «humana».
    A las personas que defienden a ultranza, el no comer carne ,les recordaré que todo lo que comemos ,tuvo vida en su momento,y que las lentejas y garbanzos los cocemos vivos.

  3. y más says

    ¿Garbanzos vivos? ¡Oztia!

  4. juan gaviota says

    La vida en las legumbres,esta latente; Ponga usted en remojo unos garbanzos ,extiéndalos en un plato con algodón ,póngalos al sol ,y aparecerán unas plantas VIVAS.
    Esa vida que germina ,estaba dentro del garbanzo, por lo tanto cuando los cocemos ,matamos la vida que hay en ellos.

  5. y más says

    Qué interesante, juan gaviota. Hábleme del sistema nervioso de los garbanzos, si us plau.

  6. me says

    Si las futuras generaciones convivieran desde su nacimiento con animales domésticos, veríamos (bueno, no nuestra generación) cómo rechazarían la fiesta nacional de los toros. Vi bastantes corridas en mi adolescencia, hoy no habría quien me hiciera entrar en una plaza de toros. La sensibilidad también se aprende

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