Wilt se queda huérfano

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Imagen del escritor Tom Sharpe tomada en el mes de octubre de 2009 en Barcelona. / Tomás Martin (Efe)

Ha muerto Tom Sharpe en su casa de la Costa Brava cuando se peleaba contra una diabetes y algún otro asuntillo más de los que acarrea tener 85 años. Ha dejado todo dispuesto para que, una vez quemado su cuerpo, sus cenizas se repartan entre España y Gran Bretaña. Le han llorado en Llafranc, Gerona, donde vivía, porque el escritor hizo muchos amigos desde que se instaló en la zona, por lo que quiere que parte de su polvillo se quede aquí. Otra parte se repartirá entre Cambridge, donde estudió Historia, y Sunderland, que fue el paisaje de su familia.

Gracias a la sanidad pública que todavía tenemos en España, a pesar de los mandobles que le sobrevuelan, Sharpe ha muerto dulcemente y ha dejado escritas alabanzas de lo bien que le han atendido siempre en el hospital de Gerona, en un libro, Los Grope, (Anagrama). No se cortaba en decir que en Inglaterra habría muerto de haber sido tratado allí de sus achaques.

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Aunque empezó estudiando para marino, decidió después ser fotógrafo y se ganaba la vida como profesor, al principio, Sharpe descubrió que se le daba bien contar historias en tono de sátira, valiéndose de un personaje clave llamado Wilt, una vez que probó suerte y la suerte le sonrió con éxito de lectores. Los que le conocían sabían de su malvado sentido del humor y de su bondadosa persona.

De su estancia de más de diez años en Suráfrica, TS acumuló gran número de fotografías que fue haciendo para, en parte, denunciar con su cámara la injusticia del apartheid. Miles de esas fotos acabaron en la hoguera, a manos de la policía; otras pudieron salvarse. En todo caso, la activa denuncia de Sharpe que escribió obras de teatro y una novela al menos ridiculizando el régimen surafricano, le valieron la expulsión del país en 1963.

Sus diez años de profesor en Cambridge fueron consolidando al escritor que llevaba dentro. Se cuenta que iba componiendo sus personajes a costa de los alumnos más borricos de la clase, de necedad mayúscula, de donde salió el pulido Wilt, un dechado de torpeza y calamidades. Su primera novela, Reunión tumultuosa, de 1971, es un relato despiadado y desternillante, situado en Suráfrica, con una trama vertiginosa que incluye un crimen pasional, unos policías absurdos, situaciones brutales de abusos de autoridad, pero todo contado con una visión gamberra y descreída.

Hacía muchos años que el escritor vivía feliz con la ganancia de sus libros porque era un hombre austero que le pedía pocas cosas materiales a la vida, aparte de una casa y los amigos y poder escribir lo que quisiera. Eso constituía su paraíso terrestre.

Le gustaba que sus libros hicieran reír a la gente pero se resentía un poco de que a veces pasaran por alto lo que ocultaba el diente afilado de su crítica mordaz. Por eso salió tarifando de Gran Bretaña hace más de 20 años; aquí lo toleraban mejor. Por eso y por el frío del demonio que hace en invierno y lo mal que le trataban en la sanidad pública inglesa.

Zafarrancho en Cambridge (Anagrama) fue la primera novela que leí de él. Después siguieron las series de Wilt. En Becas flacas (Anagrama) -todo Sharpe está en la casa de Jorge Herralde- siguió mofándose sin pudor de la vida académica en un college, cuyo nombre, Poterhouse, ya sugería que se comía muy bien y además, se sacaba uno el título con facilidad. Esta ocasión de despedida es buena para retomar su lectura. Diversión garantizada.

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