El Guernica se queda sin su taller

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Pablo Picasso pintando el Guernica en su estudio de París. / Wikipedia

En el número 7 de la Rue des Grands Ausgustines, en pleno barrio de Saint Germain, en París, existe un ático de 250 metros cuadrados que desde mediados del siglo XIX se ha convertido en mítico para la cultura francesa: allí Honoré de Balzac situó la acción de La Obra Maestra desconocida, ya en 1845, Jean Louis Barrault vivió allí y allí estableció su célebre compañía teatral, y por allí, por esa enorme buhardilla, han pasado gentes como André Breton, Georges Bataille, Antonin Artaud, Jean Cocteau, François Mauriac, Jean Paul Sartre, Jacques Prévert … Pero sin duda el vecino más ilustre que vivió en aquel ático fue Picasso,  que pintó allí cuadros emblemáticos como el Guernica, pasó allí la ocupación alemana, habitó entre 1936 y 1955,  y fue en esos muros donde un oficial nazi fue a visitarle -Picasso fue atracción turística para la elite alemana- y, tras enseñarle una fotografía del cuadro ,le preguntó: “ ¿Ha hecho usted esto?”.  “No, han sido ustedes”, le contestó Picasso

Tanta historia de la cultura francesa parecía que hubiera sido imposible caber en apenas 250 metros destartalados, pero así ha sido, y desde hace años. Picasso se mudó en la posguerra a la CostaAzul, y el lugar fue ocupado por el Comité Nacional para la Educación Artística, CNEA, que lo convirtió en un lugar de culto picassiano. Pero desde hace días han saltado todas las alarmas porque el Patrimonio Cultural Francés, a pesar de gestos sólo relativos a los audiovisuales, donde nuestros vecinos se juegan mucho dinero, está de capa caída. Este célebre ático, por ejemplo, pertenece a la Cámara de Ujieres de la Justicia Local, y el barrio, que fue un sitio proclive a la bohemia artística, posee ahora un alto standing, es decir, es lugar apropiado para la especulación inmobiliaria. Tanto que de nada han servido las actividades del Comité Nacional para la Educación Artística que ha realizado en ese especio más de 700 talleres pedagógicos, conciertos, todos gratuitos. De hecho el miércoles 19, el Tribunal de la Gran Instancia de París examinará esa demanda de expulsión de la asociación cultural.

Tal demanda se ha convertido de la noche a la mañana en un escándalo. A los insultos de Durao Barroso llamando reaccionaria a toda una nación porque se había regocijado al sacar adelante el Proyecto de Excepcionalidad Cultural para los audiovisuales en la cumbre del G-8, por otro lado debidamente contestados, se suma ahora lo del ático picasiano, habida cuenta que desde hace años el Patrimonio Cultural francés se saquea a cuentagotas porque el Estado no puede afrontar los gastos. Oportunidades se han perdido, como el haber dejado a su suerte todo el legado de André Breton, o los innumerables Châteaux desperdigados por la nación que compran millonarios árabes, chinos y rusos. Para una nación acostumbrada a que República, Pueblo, Cultura sean sinónimos de la Nación, todo esto es como un puñetazo dirigido a su orgullo patrio. El nacionalismo francés en este sentido es único: es el único basado en los valores republicanos. Todo un logro.

Sin embargo todavía hay esperanzas de que la cosa no termine mal. De hecho se espera que el Gobierno de François Hollande termine por declararlo Monumento Histórico, su fachada sí lo es desde 1926. Hay, además, un familiar de Picasso que quiere comprar el inmueble y ha declarado que cedería el ático a quienes ahora lo disfrutan, los de la CNEA, asociación que, además, realiza sus actividades sin aportación de ningún dinero público, gracias al mecenazgo de más de veinte empresas y con los compromisos habidos desde 1925 con la Cámara de Ujieres de París, que parecen son modélicos.

El mundillo cultural se ha movilizado como sólo se acostumbra en ese país. El presidente de la Academia de Bellas Artes, el fotógrafo Lucien Clergue, le ha pedido a Hollande por carta que declare el lugar Monumento Histórico y éste le ha trasmitido la petición a la ministra de Cultura, Aurélie Filipetti. Se ha constituido, por otra parte, un comité integrado por gentes diversas como la actriz Charlotte Rampling, los ex ministros Michel Rocard y Jacques Delors, o el violoncelista Didier Lockwood, que apoyan con sus firmas la restitución a la asociación cultural.

Para el Gobierno de François Hollande esta restitución sería un éxito. Hay mucho en juego desde el escándalo de Gerard Depardieu, el más mediático de los sucesos que tienen que ver con el legado cultural francés, pero no el único. De hecho ante la ofensiva neoliberal liderada por Reino Unido en el G8, lo de la excepcionalidad cultural que Francia ha logró establecer para la UE este viernes pasado es una victoria pírrica, y François Hollande lo sabe. De ahí que  el ático donde Picasso pintó su legendario cuadro de la aldea vasca arrasada por los nazis se haya convertido en un velado guiño, un poco paranoico, es cierto, pero con su pizca de interés, hacia la presencia impositiva de Angela Merkel en la economía francesa. Por ahora Durao Barroso, a quien la palabra reaccionario le encanta desde que era un joven airado maoísta allá en Portugal,  ha sido sustituido como chivo expiatorio, pero la batalla no ha hecho más que comenzar.

Todo apunta a que el taller no será convertido en ático de lujo para algún millonario chino o árabe. Pero a nadie se le escapa que estamos ante un símbolo y poco más. La realidad va por otro lado y el patrimonio cultural no será una excepción en el derribo de todo lo que huele  a público.


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