Manuel Lamana, el lado oscuro del exilio

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Cubierta del libro.

El caso de Manuel Lamana es sintomático del olvido a que están sometidos algunos escritores del exilio. Para la generación de José Agustín Goytisolo, como bien anunció en el artículo que escribió en El País en 1997, Recordando a Manuel Lamana, su nombre parecía legendario para los antifascistas españoles, pero, luego, en la Transición  su nombre se fue difuminando hasta su muerte acaecida en Buenos Aires en 1996. Quizá ese aspecto casi mítico le viniera de la sonada escapada que protagonizó junto a Nicolás Sánchez Albornoz de la prisión de Cuelgamuros, y en el que estuvieron implicados Barbara Probst SolomonBarbara Mailer, las dos chicas norteamericanas tenían el mismo nombre –la segunda, hermana de Norman Mailer, que les prestó su propio coche en París–, el hermano de Juan Benet, Francisco, que planificó todo el asunto, aspecto mítico que supuso el primer golpe propagandístico contra el Régimen. No hay que olvidar que estamos en 1948. Tan sonado fue que, con posterioridad, todos sus protagonistas se sintieron obligados a escribir sobre el asunto: Manuel Lamana lo hizo en su novela Otros hombres; Barbara Probst Solomon, en su delicioso libro Los felices cuarenta y Nicolás Sánchez Albornoz en Cárceles y exilios. El lado bufo de la cosa, que la hubo, lo puso Fernando Colomo al rodar una película basándose en esta fuga, Los años bárbaros. Todavía recordamos a Juan Echanove poniendo caras, embutido en su uniforme azul de falangista irredento.

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Manuel Lamana vivió en Argentina después de aquella fuga del Valle de los Caídos, lugar en el que se le quiso internar seis años por intentar recomponer la FUE, el Sindicato de Estudiantes, y allí tradujo las primeras versiones al español de los existencialistas franceses, en especial Las palabras, ese hermoso texto memorístico de Jean Paul Sartre y Albert Camus, dedicándose durante el resto de su vida a dar clases y escribir alguna que otra novela, caso de Los inocentes, que se publicó en España en 2011 con un prólogo de Javier Pradera,  que trata de la Guerra Civil pero no suele ser incluida entre las grandes obras escritas sobre ese periodo, y algún ensayo de fortuna, como Literatura de posguerra o Existencialismo y literatura.

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Arriba, José María Lamana. Abajo, su hijo, Manuel Lamana. / Archivo de la familia Lamana

Veinte años después de su muerte, Seix Barral ha publicado un libro inquietante, Diario a dos voces, que es un dietario doble escrito por el padre de Manuel, José María Lamana, director de la Compañía de Tabacos y militante de Izquierda Republicana,  en los últimos días de la Guerra Civil, cuando la familia cruzó la frontera francesa y anduvo errante por pueblos, como Ornans, hasta acabar en el campo de concentración de Argelés. La familia conservó el manuscrito y cincuenta años después, en 1985, Manuel completó ese diario escribiendo otro paralelo y mucho más extenso en el que mezcla los recuerdos de su padre, que como buen funcionario describe hechos y deja de lado los efectos literarios, a los suyos. El resultado tiene cierto aire estremecedor pues enfrenta dos voces en una especie de diálogo sobre acontecimientos que estaban viviendo por separado pero en el mismo entorno. Los días del golpe de estado del coronel Casado los vive el padre de Lamana de manera dramática: enfermo, sin asistencia médica, hambriento, sin noticias de la catástrofe que se avecinaba: el paso por Argelés fue de una crueldad que se extendió a todo un pueblo que venía de sufrir la masacre planificada de la Guerra Civil. El lado dramático lo pone Manuel frente a la discreción funcionarial del estilo de su padre, pero conmueve escuchar voces tan distintas, hasta el punto de que escritores como Rafael Chirbes dijo tras la lectura de este libro que se le había hecho un nudo en la garganta porque estas líneas iluminaban ese lado de animal resbaladizo y contradictorio que es el hombre.

En un momento especialmente conmovedor de este libro, Manuel Lamana escribe: “Cataluña ya está ocupada por el enemigo. Queda el Centro. De cualquier modo, nosotros hemos pasado a esta otra situación que es ser refugiados en un país que no es el nuestro. Ser refugiados como nueva identidad. Y además sin saber cuál es su límite, y no sólo su límite sino su conformación precisa. Es decir, no sabemos ni hasta cuando seremos refugiados ni lo que significa exactamente el serlo. Es difícil asumir una identidad que no se sabe cuál es”

El refugiado como persona carente de identidad precisa. Luego vendrá el exiliado. Pero esa será palabra del futuro, cuando los refugiados sean conscientes de que ya tienen un destino.

Pocas veces se ha dado una definición tan precisa de lo que significa el desarraigo. No es de  extrañar que gentes como Manolo Vázquez Montalbán dijeran que Manuel Lamana era el escritor que nos faltaba para entender la travesía del desierto de la posguerra. La entendió  a la perfección.

5 Comments
  1. Julián says

    A la generación del 56, caracterizables por su valor político y su vinculación comunista y socialista, hay que añadir estos anarquistas de la odisea de Cuelgamuros, pioneros del antifranquismo, de corte intelectual, que se enfrentaron a la dictadura en los años cuarenta. ¡¡Nada menos!!Otros hombres, injustamente olvidados

  2. karenin says

    me parece un testimonio sensacional. Por una parte, José María Lamana nos habla desde la inmediatez de los hechos, con un afán de objetividad digno de elogio dadas las circunstancias. Por otra, Manuel Lamana consigue llenar los vacíos a través de su recuerdo de aquellos años. Un libro realmente necesario.

  3. Alina Maadus says

    Manuel Laman fue profesor mío en la Facultad De Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Lo recuerdo con mucho afecto, por su calidez, sus conocimientos y su talento como docente.

  4. Alina Maadus says

    Perdón, #Lamana

  5. riki says

    Por favor, Alina, ¿tienes mas datos sobre la vida de Lamana en Argentina?
    Muchas gracias
    Ricardo

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