Años de historietas, años de infancia

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Una de las portadas del TBO/ tebeoesfera.com

Hay una generación de españoles, o dos, que hemos aprendido a leer con los tebeos, las historietas o las tiras cómicas, todo eso que ha ido derivando en los cómics, aunque no es lo mismo, claro, pero puede valer para entendernos. Años en los que los niños de clase media atesoraban su propina del domingo para comprarse el Pumby, por ejemplo, o el propio TBO que fue un superviviente longevo; o el Pulgarcito. Puede que esto apeste a nostalgia pero tiene su lado dinámico y actual: la  pasión que movió a Manuel Barrero a crear y fortalecer una página web –Tebeosfera- donde se reúnen miles de documentos, registros, historias, fotos, concursos, citas anuales, cursos, etc., que traten de la historieta, donde, claro, están incluidos los cómics.

Como cuenta en El País su promotor,  que empezó con este asunto hace doce años, en 2001, en España se han perdido muchas muestras de historias gráficas, por dejadez, por darle poca importancia, por falta de sensibilidad hacia la cultura  en todas sus expresiones. Por lo que sea. El caso es que las hemerotecas que deberían conservar esas joyitas –un rico legado muy importante para entender parte de la historia de la España del XIX y del XX- no lo han hecho como debieran. Aún me resuenan las palabras del historiador de la fotografía, Publio López Mondéjar, que me contó cómo se empedraron calles enteras de la provincia de Toledo con las placas de los negativos de fotos antiguas, hace muchos años.

Así que Barrero, que se había empeñado en componer su tesis doctoral sobre este asunto, hubo de aplazar una y otra vez el final del trabajo por falta de documentación. Igualico, igualico –como diría la abuela de Agamenón, personaje del Tío Vivo- que lo que ocurre en otos países de nuestra Europa donde guardan mejor sus cositas.

Resulta llamativo que ocurra esto en un país que, por otra parte, sí ha sabido registrar minuciosamente los pormenores del acontecer cotidiano del Estado, en la conquista de América, por ejemplo, o en la Inquisición, gracias a lo cual, se ha podido saber de lo bueno y lo malo de esas empresas, hasta el punto de que en el mundo anglosajón se habla de la Inquisición como un invento español -Spanish Inquisition, dicen-, como si los británicos no hubieran quemado brujas a mogollón. Por no hablar de los belgas y holandeses, los franceses, etc. Lo que pasa es que ellos no levantaban actas; no eran tan modernos. Pero, a lo que íbamos.

Barrero no está solo, desde que publicó su página web ha reunido casi 100 socios y un número mayor de colaboradores, de dentro y fuera de España, que se toman muy en serio el estudio sistemático de la historieta y su lenguaje, su representación sociológica, en fin estas metacosas que se estudian después, cuando la cosa en sí, ya está sólo en los museos, pero que, cuando estaba viva, era sólo un tebeo, una humilde revista para pasar el rato, sin más pretensiones.

La página es excelente y proporciona a los fanáticos –entre los que me cuento- poder consultar números de los años sesenta del tebeo del añorado José Sanchis, un hombre que pudo ser rico, como tantos otros esforzados mercenarios de la historieta. O rarezas muy anteriores, de cuando abuelos, bisabuelos y hasta tatarabuelos eran niños. Ha catalogado más de 17.000 publicaciones, más de 15.000 autores, casi 200.000 fichas, por donde pululan Anacleto, agente secreto, el repórter Tribulete que en todo se mete, Carpanta, el pirata -lugo corsario- Barbudín, el vecindario sin par de la 13 rue del Percebe, el doctor Franz de Copenhague con sus prácticos inventos y un mundo inmenso de seres que hicieron deliciosos los veranos de muchos cativiños. Un trabajo redondo que es de agradecer y aquí lo hago.

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