La envidia envenenó al Peral

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Luis Díez

Retrato Isaac Peral
'Isaac Peral'. Óleo sobre lienzo de Wssel de Guimbarda (1890). / Ayuntamiento de Cartagena y Fundación Caja Murcia

Mientras el catalán Monturiol ideaba y construía su submarino maldito, un cartagenero que se llamaba como el hijo de Abraham y se apellidaba Peral y era huérfano de un capitán de infantería de marina muerto en Cuba, realizaba los estudios y la instrucción como guardiamarina en el Colegio Naval y, a los 15 años, era enviado de prácticas a recorrer los océanos. Eso le convirtió en un marinero avezado y le permitió subir puestos en el escalafón. En la primera guerra contra los insurrectos cubanos, en los años setenta, fue segundo comandante del cañonero Darro y desembarcó con doce de los suyos en Nuevitas, donde se habían hecho fuertes unos independentistas. Les pegaron una paliza y Peral recibió una medalla al valor.

Pero Isaac Peral no sólo reunía las cualidades de un marino valiente, sino también los conocimientos necesarios de física, química, matemáticas… para, en las largas calmas de las que disfrutaba, concebir una nueva forma de navegación submarina. La oportunidad de desarrollarla llegó cuando le nombraron profesor de la Academia de Ampliación de Marina. El año 1884 tenía terminado su proyecto, los planos, los cálculos y una maqueta de madera de su submarino, que desapareció. Sin embargo, no quería líos y no se atrevía a mostrar el proyecto a sus superiores.

Se produjo entonces el conflicto de Las Carolinas con los alemanes. Con ese nombre se conocía el puñado de islas en el océano Pacífico que estaban bajo el dominio de la corona española y eran perlas muy apetecibles para el Imperio alemán bajo la dirección del sagaz Bismarck. Británicos y teutones ya habían conseguido que España, con una flota débil y vieja en Filipinas, les cediera el norte de Borneo, con puerto en Sabah, y les cediera las franquicias comerciales en Joló. El acuerdo se había suscrito el 7 de marzo de 1885. Y apenas tres meses después, teutones y británicos suscribían un acuerdo que colocaba bajo el área de influencia alemana el archipiélago de las Carolinas. Eso era demasiado. Les dábamos la mano y querían el brazo.

La realidad era que, salvo las visitas de algunos buques españoles y el celo del cónsul español en Hong Kong sobre la soberanía de Las Carolinas, España ni siquiera había plantado la bandera en el archipiélago a lo largo de todo el siglo XIX y que, por otra parte, los comerciantes de distintas nacionalidades y unos misioneros estadounidenses que allí andaban, no preocupaban en absoluto ni a los gobiernos ni a la corona. Pero la noticia de que los alemanes enviaban el cañonero Iltis a apoderarse de las islas provocó una alarma extraordinaria. La reacción patriótica fue inmediata. Más de 100.000 personas, sin distinción de clases ni credos, se manifestaron por la calle de Alcalá contra los ambiciosos ladrones alemanes.

Así las cosas, el gobierno reaccionó enviando desde Manila una expedición contra los intrusos, compuesta por los buques Manila y San Quintín al mando del capitán de fragata Guillermo España y con un teniente de navío como nuevo gobernador del archipiélago. Este hombre se llamaba como el actual dirigente emberrechinado de la oposición venezolana, es decir, Enrique Capriles, aunque sin hache inicial. Los buques españoles zarparon el 8 y el 10 de agosto y llegaron antes que el cañonero alemán, pero en vez combatir hasta enviarlo al fondo del mar, el Papa de Roma se puso a mediar y al final los alemanes, amparados en un acta de posesión firmada por los extranjeros residentes en Yap y por los oriundos que preferían la protección del emperador Guillermo de Alemania, izaron su bandera, y Capriles y su colega Guillermo regresaron a Manila con el rabo entre las patas.

La humillación de las Carolinas hizo pensar a Isaac Peral en la gran utilidad que tendría para la Armada española un submarino como el de su invención, y decidió exponer sus trabajos. En aquel ambiente de fervor patriótico, el almirante Pezuela, ministro de Marina con Antonio Cánovas del Castillo, se entusiasmó y se mostró dispuesto a prestarle todo su apoyo. Sin embargo, la muerte de Alfonso XII y los errores del derechista Cánovas provocaron la caída del gobierno. El nuevo gabinete, presidido por Práxedes Mateo Sagasta, con el vicealmirante Béranguer adoptó la doctrina del filósofo Séptimo Esceptico sobre el proyecto.

Pero Peral era tesonero, estaba bien plantado y, como el árbol, no renunció a ofrecer su fruto, de modo que al final consiguió que el nuevo ministro de Marina le proporcionara los medios necesarios para construir en el arsenal de La Carraca el primer submarino de su nombre. “El 8 de septiembre de 1888 –escribía Ortega Spottorno--, el submarino de Peral flotaba como un acento gris en el azul de la bahía de Cádiz”. ¡Eureka! Las pruebas fueron impecables. Un mes después convocaron a la prensa para difundir la noticia sobre el nuevo ingenio, el arma submarina. La ficción de Julio Verne era venturosa realidad. El submarino se sumergió varias veces y a distintas profundidades, navegó en superficie y bajo el mar y apareció en el punto previamente señalado. Los periodistas difundieron la noticia, telegráficamente. El entusiasmo de la población fue inenarrable. Lógico. En el imaginario popular crecía la idea de que ninguna potencia volvería a chulearnos, a tratar a España como zorra por rastrojo, como habían hecho los alemanes en Oceanía.

Ni que decir tiene que Cartagena estalló de alegría, la gente se echó a la calle dando vítores a Isaac, el Ayuntamiento bautizó con su nombre una de las calles principales y el barrio donde había nacido, que hasta entonces se llamaba Los Molinos, y le nombró hijo ilustre y predilecto de la ciudad. Los senadores que acudieron a Cádiz a contemplar el invento no paraban de aplaudir cuando el almirante Chacón hizo el elogio del inventor y calificó la prueba del submarino de “perfecta y completa”.

Poco duró la alegría, ya que enseguida se deslizó la serpiente de la envidia, inoculando su veneno en los cuerpos más proclives al infundio y la calumnia, de modo que se creó una comisión técnica y esa comisión encontró algunos defectos de construcción, los suficientes para que las plumas serviles que nunca faltan se agitaran con bamboleo de pendolistas y acusaran a Peral de ignorante y plagiario e, incluso, pidieran cárcel para el inventor como si fuera un condenado chorizo.

Es verdad que algunos personajes respetables como José Echegaray le defendió expresamente en un artículo en El Imparcial de Ortega Munilla y en prestigioso Diario de la Marina, pero los miserables eran más y más fuertes y, como vampiros que hubieran salido de la cueva del monstruo cervantino Caraculiambro eclipsaron la ambición de dotar a la armada del arma submarina. Peral, descorazonado, renunció incluso a las 20.000 libras que le ofreció Carlos Casado del Alisal, un español millonario que residía en Argentina. Y otra cosa hizo: se negó a vender su patente a los alemanes.

“Si hubiera vendido la patente, aceptando la solicitud que le hizo el gobierno de Bismarck –escribía Ortega Spottotno--, su invento habría surcado los mares del mundo”. Pero Peral era un patriota y rechazó la oferta de aquel emperador de hojalata. No obstante, aceptó la oferta de trabajar en Alemania, donde se dedicó a inventos menores tales como acumuladores, torpedos y aparatos eléctricos hasta su muerte, en Berlín, en 1895, causada por un tumor cerebral.

Vídeo: rtve.es

Tres años después, en 1998, el presidente estadounidense William Mckinley, un abogado de Buffalo, que había sido gobernador de Ohio en dos ocasiones y había resultado elegido en 1896 por el Partido Republicano, sucediendo a Grover Cleveland, situó como objetivo de su política apoderarse de Cuba de cualquier manera. Incluso realizó una oferta de compra de la isla por 300 millones de dólares, algo que la reina regente María Cristina y el presidente Sagasta consideraron insultante. Pero McKinley hablaba en serio y, según el periodista Espinosa, corresponsal de El Liberal en Nueva York, llegó a mejorar la oferta en febrero de 1998 a través del banquero Juan Ceballos, a la sazón accionista de la Compañía Trasatlántica y cónsul honorario en Brooklyn.

Después del fracaso de aquella negociación secreta, el abogado de Buffalo, de 55 años, buscó y encontró los argumentos necesarios para declarar la guerra a España. Primero fue el hundimiento del flamante acorazado Maine en el puerto de La Habana por los torpedos que, según la acusación gringa, le lanzó el transporte de guerra español Legazpi. Ni geométricamente se sostenía la mentira difundida y repetida por la prensa amarilla del ambicioso y glotón Hearst. Y a continuación, la decisión de intervenir contra el dominio militar español por razones humanas, habida cuenta de las matanzas y la terrible represión que el general Valeriano Weyler, individuo dañino y cruel, había infligido a los cubanos.

Viendo que la vieja flota de madera iba a quedar hecha astillas, como en efecto ocurrió en Cuba, Puerto Rico y Filipinas al primer intercambio de fuego con los modernos acorazados de la potencia emergente, los españoles volvieron a apelar al Papa y pidieron a León XIII que hiciera saber a McKinley que España no quería la guerra. Pero turris burris lo que dijera el Papa. A Mckinley le traía sin cuidado, y, por lo demás, si el purpurado no estimaba justa la defensa de los débiles es que no era cristiano.

En aquella tesitura, una flotilla de tres o cuatro submarinos convenientemente armados y dispuestos en las bocanas de los puertos y las bahías habría permitido atrapar e inmovilizar a los cañoneros norteamericanos y enviar a alguno al fondo del mar. Sin embargo, el que yacía en las profundidades del óxido y del olvido era el submarino de Peral, de modo que los españoles, de vuelta del secular sueño imperial, se enfrentaron a la cruda realidad. Y ésta, aparte de los listados con los muertos, y de los heridos, enfermos y mutilados que eran desembarcados en los puertos, se resumía en una caricatura del presidente McKinley con aspecto atorado, nariz descomunal, gorra marinera y vientre acorazado disparando con sus dedos de cañonera contra el niño Alfonso XIII, que blandía una espada a bordo de una barca. Después de incendiar y convertir en astillas a la Armada española y de anexionar las islas Hawai, aquel Mckinley fue asesinado en 1900 por un anarquista polaco.

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3 Comments
  1. Ciro says

    Una historia ejemplar que nos recuerda lo poco que ha cambiado el poder en España y su desprecio hacia los inventores e investigadores.

  2. jason says

    No fue la envidia la que se llevó por delante el invento de Peral; sino un complot perfectamente urdido en el que intervinieron intereses económicos de las oligarquías nacionales, el espionaje británico, el yanqui y un poderoso y pleigroso traficante de armas…

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