Mi caso Bárcenas (II)

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Aníbal Malvar

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Coche blindado utilizado por la mafia en Estados Unidos en la década de los sesenta. / bluemountains.net/flickrCC

(En nuestro primer capítulo, la detectivesa salvaje Pepa Roble -como su nombre indica hija ilegítima de Pepe Carvalho- es contratada por Mariano Rajoy, María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría para que averigüe qué es lo que sabe Luis Bárcenas sobre ellos que ni siquiera ellos saben. En nuestro segundo capítulo puede pasar de todo).

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Nada más ducharme, ponerme mona, entrar desnuda en la cocina con todas las ventanas y persianas abiertas, comer dos pepinos y beber un vaso de leche, vestirme y salir a la calle, me secuestraron, que es como siempre arrancan los segundos capítulos de las novelas por entregas que los periódicos publicamos en agosto.

Pero no fue un secuestro de segundo capítulo agosteño. Ni mucho menos. Fue un secuestro glorioso.

Por decirlo de una forma pudorosa aunque elocuente, me mojé las bragas.

Mientras caminaba calle abajo, envuelta en espesas neblinosidades, como corresponde al género a pesar de la estación, un coche negro interrumpió mi taconeo irrumpiendo en la acera. El violento frenazo debió de despertar a algún vecino, supongo. Por primera vez en diez años, eché de menos mi viejo oficio de guardia urbana. Me encantaría haberle puesto una multa a aquel capullo. Vaya forma de secuestrar.

Pero entonces se abrió la puerta trasera del A5, emergió él y lo perdoné todo. Su cuerpo era perfecto, con la tableta abdominal vigorosamente silueteada. Quizá no era muy alto, pero tampoco lo es Pacino. Sus brazos en jarras delineaban hombros rectos y pectorales montañosos, de esos que te hacen dudar de si estás admirando una anatomía o una orografía. Yo intentaba evitar que mis ojos se abismasen obsesivamente hacia su entrepierna, con eso digo bastante. Vestía malla y capa como Supermán, pero en vez de la S tenía en el pecho dibujada una gaviota. No podía ver su rostro, porque lo cubría con una capucha bordada a mano con los rasgos de José María Aznar, pero lo adiviné bello bajo la máscara. Me mojé las bragas, como dije arriba, y me dejé secuestrar por mi propio pie. Él se apartó educadamente para que entrara en el coche y se sentó a mi lado. Cuando el coche arrancó, el olor de sus feromonas me aceleró el corazón y algunas otras fresas palpitantes.

– ¿No te quitas la gabardina? -me preguntó.

– No llevo nada debajo -mentí, pues ya se ha dicho aquí que llevo bragas.

Aproveché su estupefacción enmascarada y de un tirón lo despojé de su capucha bordada con el rostro de José María Aznar. Bajo ella, se escondía el rostro verdadero de José María Aznar. Se me secaron las bragas.

– Coño, Josemari. Por un momento creí que me estaba secuestrando un hombre.

– Jijijí -se rió con esa risilla conejil que yo tan bien recordaba.

– Te veo muy hormonado -le adulé palmeándole la tableta abdominal, perfectamente dibujada bajo su ceñidísimo disfraz de superhéroe.

– Gracias -me clavó sus cejas. Aznar es el único hombre que he conocido que jamás te clava su mirada. Te clava las cejas. Por eso, quizá, es tan peligroso.

Saqué del Vouitton un cigarro y lo encendí.

– No fumes delante de mí -me ordenó, como en los viejos tiempos.

– No haberte puesto tú delante -le lancé la primera bocanada de humo y pestañeó-. Yo no te he pedido cita. ¿A qué viene esta mierda de secuestro?

– Secuestrar a un detective es mucho más barato que contratarlo. Jijijijijijijijijijijijí. Solo corres con los gastos. Jijijijijijijí.

Me abrió sensualmente los labios con la caricia de una Browning del 38. Deslizó su mano libre bajo mi gabardina, me acarició en sentido ascendente la cara interior de los muslos y me bajó las bragas. Las meneó ante mis ojos.

– Eres una mentirosilla. Jijijijijí. No has hecho los deberes. Jijijijijí -su rostro se agrió de repente-. Póntelas sobre los ojos. Enmascárate. No quiero que veas adónde vamos.

Me coloqué las bragas sobre los ojos no sin esfuerzo. Las bragas no me caben en la cabeza. Me asfixiaban el cerebro. Sin menoscabo de mi incuestionable belleza, he de confesar que tengo más cerebro que culo. Mis miríadas de ex amantes aseguran que quizá sea ese mi único defecto. El tamaño del cerebro. No el del culo.

Durante más de diez horas, el coche barrunteó por calles, puentes y túneles, sin que yo pudiera ver hacia dónde nos dirigíamos. Cada treinta y ocho minutos, Josemari abría el mueble bar del vehículo, balanceaba ante mis ojos una botella de Glenfiddich Snow Phoenix (200 pavos el litro, para los paletos), servía una dosis de whisky en una copa de plata, me la acercaba a lo labios y me salvaba de la inanición. Qué hombre. Para las que crean que es imposible ver la marca de whisky con los ojos cegados por tus propias bragas, insistir en que soy la mejor detectivesa salvaje del país, solo quizá ensombrecida por esa guarra de Cristina Fallarás. La pelirroja.

Finalmente, el coche se detuvo. Josemari me arrancó las bragas de los ojos, me sacó del coche y me arrojó al suelo de un enorme garaje vacío. Me elevó en un ascensor y me sentó en el lado de donantes de dinero negro de su mesa de despacho. Hacía mucho tiempo que no visitaba su despacho, pero sobre su mesa había más cosas que cuando yo me desnudaba encima.

– Josemari, sigues siendo un gilipollas -le dije.

– ¿Por qué? -me respondió muy presidencialmente.

– Porque no se secuestra a nadie ni se le venda los ojos durante doce horas para despistarle callejeando con el coche, y luego se le trae a tu despacho en María de Molina, sede de la FAES. ¿Es que no vas a aprender nunca?

– Muy suspicaz... -sonrió inteligentemente, palabreando mente e inteligencia.

– Perspicaz, Josemari. Lo que yo soy es perspicaz, no suspicaz. Cómprate un diccionario. ¿Y por qué me has secuestrado en vez de llamarme por teléfono, que es más amistoso? -le pregunté.

– Jijijijijijijí. Un secuestro es más neoliberal que una invitación. Y yo soy un patriota.

– Ah, vale -comprendí.

– ¿Para qué has venido a mi despacho?

– ¿Qué coño he venido? ¡Me has secuestrado tú! -le respondí, no recuerdo si airada o airosa-. ¿Qué quieres?

– Necesito que hagas algo por mí. Jijijijijí -su risa conejil no llenaba mis madrigueras, tenía asco y ganas de largarme-. Necesito que descubras lo que Mariano y sus chicas quieren saber sobre lo que ellos mimos no saben que sabe Luis Bárcenas sobre ellos mismos. ¿Te ha quedado claro?

– Sintácticamente no me ha quedado muy claro, pero los negocios se estudian en otra asignatura. Matemáticas. ¿Cuánto?

– Todo.

– ¿Y todo cuánto es? -le pregunté.

No respondió, Arrojó un grueso sobre de dinero procedente de las subvenciones que los gilipollas de los españoles otorgan a la FAES y torció la vista hacia un lugar ignoto para mí, quizá un futuro sin judíos ni negros.

– Vete -dijo.

Cogí el dinero y me largué.

Me sentía sola. Cogí un taxi y me fui a casa. Llamé a mi tercer ex marido, pero estaba con otra ex mujer. Llamé a mi antepenúltimo amante, pero estaba con su ex novia. Llamé al hombre que quizá no amo, pero estaba con una experta. No dormí.

(Continuará el próximo martes... quizá).
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Capítulo siguiente.

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