El C-6 contra 'El chulo del Cantábrico'

1

Luis Díez

crucero_Almirante_Cervera
El 'Almirante Cervera', conocido como 'El chulo del Cantábrico', navegando por aguas de Cartagena. / Wikipedia

Publicidad

Navegaban en superficie, a 15 o 20 millas de la costa. Había anochecido. Podían ver las luces de los buques que surcaban las rutas cercanas por aguas internacionales. El comandante Severino Moreno López era nuevo a bordo del submarino C-6 y realizaba su primera patrulla de guerra en compañía de Ivan Alekseevich Burmistrovc, al que se disponía a relevar. Comenzaba el verano de 1937 y hacía buen tiempo y la noche era tranquila. Los dos comandantes charlaban en el puente. De pronto, Burmistrovc divisó a lo lejos la silueta del crucero Almirante Cervera, al que llamaban El chulo del Cantábrico por su agresividad y potencia de fuego. Se trataba de una pieza mayor.

Publicidad

Con seis cañones de 152 milímetros montados sobre torres dobles, 173 metros de eslora, 16,6 de manga y 5 de calado, y con una tripulación que podía llegar a 600 marinos, el Cervera había sido asaltado el 21 de julio de 1936 por los sublevados franquistas en El Ferrol cuando se encontraba en dique seco al mando del capitán de navío Juan Sandalio, leal a la República e inmediatamente fusilado.

Desde entonces, el Cervera había hecho mucho daño: bombardeos a poblaciones civiles costeras, siembra de minas en puertos y ensenadas y ataques a transportes civiles. Su presencia era sinónimo de terror. Su primera gesta fue echar a pique el 9 de agosto del 36 al yate inglés Blue Shadow cuando se acercaba a Gijón, procedente de Bilbao con personal civil. El crucero en manos de los franquistas se dedicaba a bombardear la ciudad asturiana cuando apareció el barco inglés y le largó unos cañonazos. El patrón, un tal Rupert Saville, palmó. Su esposa y dos tripulantes quedaron gravemente heridos y se lanzaron al agua con los demás viajeros. Otro barco inglés, atracado en el Musel, los rescató.

Al confirmar que, en efecto, se trataba del Cervera, Burmistrovc reaccionó inmediatamente. “Ahora o nunca”, dijo al novato Severino. Había llegado el momento de acabar con la impunidad del chulo del Cantábrico. Era además la última oportunidad del comandante ruso de enviar a aquella bestia metálica a un lugar llamado Maleborque antes de regresar a su patria.

Cerraron la escotilla e Ivan Alekseevich ordenó inmersión y tocó “zafarrancho de combate”.

– ¿Dónde está Maleborque? -le preguntó el comandante Seve.

– En el infierno -contestó Ivan Alekseevich. A continuación ordenó: “¡Preparados tubos 1 y 3 para abrir fuego!” El comandante Seve le aconsejó esperar y acercarse más al crucero fascista para torpedearlo con mayor precisión en plena línea de flotación, pero Ivan Alekseevich consideró que había llegado el momento oportuno y ordenó: “¡Atención torpedos…fuego!”

El primer proyectil salió a toda mecha de la tobera, dejando tras de sí una estela fluorescente en el agua clara. El submarino había sido convenientemente arrumbado para que pudieran ver la trayectoria del torpedo. El artefacto recorrió unos cien metros en línea recta y, repentinamente, viró y comenzó a navegar en círculo alrededor del submarino. Lo vieron pasar a unos cincuenta metros de popa. El segundo proyectil también hizo un giro brusco y picó hacia el fondo. Unos segundos después lo oyeron explotar contra el fondo del mar, debajo del submarino. La sorpresa era algo con lo que no contaban. Estaban sobrecogidos.

Cuando salieron de su estupor, el Cervera ya había puesto agua de por medio. “La cosa podía haber sido mucho peor –confesaba muchos años después el comandante Seve--, de modo que sólo nos quedó el consuelo de felicitarnos por haber salido del trance sin pérdidas ni daños”. ¿Qué había ocurrido con los malditos torpedos, dónde estaba el error? Más deprimidos que una liebre en la jaula del tigre a la hora de merendar, se pusieron a buscar la causa del fallo. Se podía deber al mal funcionamiento de los viejos torpedos comprados en Italia en 1927, es decir, hacía una década, y a la desidia del mantenimiento. Pero no había que descartar que hubieran sido trucados por algún oficial de armamento traidor, poco dispuesto a hundir uno de los principales buques de la flota de cruceros de la Armada española… Hasta en el reducido grupo de doce apóstoles hubo un traidor.

Ordenaron emersión y salieron a la superficie. Cuando uno respira el aire después de la tensión y la atmósfera grasienta del interior de un submarino, experimenta una gran liberación, los pulmones se ensanchan, los ojos agradecen la lontananza y se alegra el corazón. Vuelven las ganas de vivir. “Por muy poco, camarada, los que acabamos en Maleborque somos nosotros”, comentó el comandante Seve en tono irónico a su colega soviético.

– ¡Eso nunca, maldita sea! -dijo Burmistrovc, pateando la chapa. Seguía furioso y contrariado.

– Nunca para ti, que regresas a Leningrado –opuso Seve.

– ¡No es eso, maldita sea! Maleborque es el lugar del Infierno de Dante Alighieri donde acaban los traidores, y nosotros no somos unos traidores. ¿Lo entiendes o no?

Después, como si quisiera prevenir a su sucesor a bordo de aquel submarino del que jamás tendría buen recuerdo, le comentó algunas averías sospechosas. Quizá la más extraña después de la que acababan de comprobar con los torpedos fue la que sufrió en un tanque de combustible de popa. El submarino iba dejando un rastro de fuel que delataba su ruta. La aviación enemiga, convenientemente alertada, comenzó a bombardearle a placer. Cuando parecía que no tenía escapatoria, Ivan Alekseevich ordenó invertir el rumbo 180º y navegó en sentido contrario a lo largo de la mancha de fuel.

Fuera por las averías propias de la fatiga de los materiales o por las provocadas por los saboteadores, fuera por la impericia y la cobardía de los mandos, o fuera por la derrota en combate, lo cierto es que de los 9 submarinos operativos que quedaron en manos del gobierno de la II República (3 de la clase B y 6 de la clase C, más modernos) se salvaron 3. “Desde los primeros días de la contienda contra el fascismo en España –afirmaba el comandante Severino– tuvimos claro que el sino de los submarinos republicanos era tener mala suerte”.

Capítulo anterior: "La envidia envenenó al Peral".
Capítulo siguiente: "Un ruso llamado Eguipko con impermeable Mackintosh".
1 Comment
  1. Ramon says

    Me interesa

Leave A Reply

Your email address will not be published.