Mi caso Bárcenas (III)

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Aníbal Malvar

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Imagen: Alden Chadwick (Flickr)

(Tras recibir en los pasados episodios el doble encargo de Mariano Rajoy y de José María Aznar, la detectivesa salvaje Pepa Roble, hija ilegítima de Pepe Carvalho, se apresta a enfrentar todavía más terribles procelas en busca de la verdad del caso Bárcenas, esa que parece obvia).

Este caso se empezaba a poner más que pesado. ¡Qué cargación! Dos gorilas holgazaneaban en mi portal fumando y limpiándose con sendos palillos restos de bocata de entre los dientes. Saqué del bolso mi Glock 9 mm pero después me lo pensé mejor. Al fin y al cabo, los secuestradores de a pie no son más que trabajadores autónomos como yo, y no es cuestión de liarnos a tiros entre nosotros antes de empezar la revolución inevitable e inminente. Frente a mi portal está una de las mejores peluquerías de Madrid, y mi cerebro ya iba necesitando un poco de brillo y un buen ondulado. Crucé la calle con la Glock en la mano y rezando porque los dos gorilas no me reconocieran. Tuvieron suerte. Es peligroso interceptar a una mujer de mi estilo cuando ha decidido visitar a su peluquera. Mis ex esposos y ex amantes os pueden informar incluso mejor que yo sobre el tema, si fuere de vuestro interés.

Dama me recibió en el vestíbulo de la peluquería con su sonrisa elegante y su belleza serena. Éramos buenas amigas. En el pasado, yo había conseguido que enchironaran a su marido maltratador por tres asesinatos que no había cometido. Dama valoró mucho aquel trabajo. Y en señal de agradecimiento diseñó el espectacular pelirrojo de mi cabello. Al final, terminamos intimando incluso más de lo que las dos hubiéramos querido.

– Pepa -me acarició el pelo-. Estarías preciosa si no llevaras esos pelos de ecce homo aragonés.

– Calla, Dama, calla -le di el abrigo y el bolso-. Que me ha vuelto a secuestrar José María Aznar y se me han puesto estos pelos de punta.

– Tiene arreglo, Pepa -me consoló con su voz dulce y perfectamente timbrada en graves-. Lo de los pelos. Lo otro, no.

Recorrí el sedante pasillo cogida de su mano, a la estela de su perfume y del metrónomo de sus caderas. La mujer perfecta soy yo, pero ante ejemplares como Dama una no puede negar que hay competencia.

Entramos en un saloncito bien ventilado y de fría elegancia, grecolatina o así. Solo había una cliente más, con la cabeza escafandrada dentro de un moderno secador que emitía un levísimo zumbido. Me senté en mi sillón y cerré los ojos, mientras sentía el calor del agua templada con la que Dama iba a humedecer en unos instantes mi dolorida cabeza. Estaba adormilándome cuando una voz conocida me sacó del ensimismamiento.

– Ay, hija. ¡Qué bien que hayas venido por tu propio pie! -encontré el rostro de Esperanza Aguirre muy cerca de mis ojos recién abiertos-. Secuestrarte garantizando tu seguridad salía carísimo. Esos dos de ahí arriba son gorilas de ETT. Hacen bien lo que les pides, pero nunca lo hacen como se lo pides. Aznar sí que lleva buenos secuestradores, ¿verdad? Se los paga la FAES -me informó con visible enfado.

Dama empezó a aclararme la cabeza. La observé en el espejo. Sonreía sin inmutarse, como si asistiera a la conversación intrascendente de dos clientas normales.

– Pepa Robles... -me sonrió Esperanza-. ¡La gran Pepa Robles, detectivesa privada! Muchas mujeres te admiran, ¿lo sabes?

– Y sé también que a ti no -le contesté secamente.

– Ay, qué mustia eres, Pepa. ¿Señorita Robles o señora Robles? ¿Tienes novio?

– ¿Para qué voy a comer de un solo plato si tengo toda la carta a mi disposición? -le solté con desdén.

– Bueno. Aunque me ofendan tus ideas, me encanta tu sinceridad.

– No puedo decir lo mismo.

– Ya está bien -me abofeteó. Dama siguió haciendo su trabajo en mi pelo sin inmutarse. Joder con la irreductible discreción de las peluqueras de los ricos-. Quiero que trabajes para mí.

– Ya tengo dos clientes.

– Lo sé, monina -la Lideresa volvió a sonreír-. Y sé quiénes son y qué quieren.

– Nunca trabajo para mujeres -llegué a decir.

– ¡Dama! -gritó Esperanza irguiéndose ante mí con toda su estatura de condesa consorte, y Dama encajó en mi cabeza el secador escafándrico, inmovilizándome por completo.

– Mira, monina -el aliento de Esperanza empañaba el exterior del cristal de mi escafandra-. ¿Sabes sobre qué botón tiene Dama el dedo pulgar en este momento? ¡Sobre el botón del cardado! ¡Si no haces lo que te digo, esa máquina infernal te va a cardar ese bonito pelo! -gritó cual hidra escaldada.

Un estremecimiento seco y frío me recorrió la espina dorsal.

– ¡Dama! -grité-. ¡Tú no me puedes hacer esto! ¡Somos amigas...! ¡Somos...!

– Vivimos en época de traiciones, Pepa. Sigue las modas -me respondió.

Yo estaba a punto de derrumbarme. Sentía un terror semejante al que debe de sufrir el reo de muerte atado a la silla eléctrica, o peor, y yo soy la más fiel activista contra la pena de muerte. Sobre todo de la mía.

La carcajada de Esperanza Aguirre atronó dentro de mi escafandra antes de oírla gritar: “¡Aprieta ese botóóónnn, Daaama! ¡Aprieta el botón de cardado!”.

Entonces me desmayé.

(…)

No sé el tiempo que transcurriría, pero continuaba en el sillón de la peluquería cuando desperté. Hice un esfuerzo para refrenar el instinto de abrir los ojos. Tenía un espejo delante. Y, si realmente me habían hecho un cardado esas dos brujas, su visión repentina, la de mi cardado, me podría acarrear serios problemas cardiovasculares antes de cumplir los cuarenta. Mi pistola se había quedado en el bolso. Además, Dama era la única peluquera del mundo a la que no podría disparar aunque me hubiera hecho un cardado.

Abrí lentamente los párpados. El cuerpo de Esperanza Aguirre me impedía verme en el espejo. Se rió y se fue apartando lentamente, con los ojos achinados fijos en los míos. Allí estaba yo. En el espejo. Quieta y algo pálida, intentando que los ojos no se me empañaran en lágrimas. Eso puede destruir la reputación de cualquier detectivesa. Mi pelo rojo estaba perfecto, quizá algo más leonado de lo conveniente, pero sin queja.

– ¿Te crees que te podría hacer yo algo así, monina? Qué poco me conoces -se paseó ante mí la sonriente Lideresa-. Tengo armas más sutiles que un cardado a disgusto. ¿Has visto las encuestas de Demoscopia? -seguía paseando teatralmente-. El 37% de los votantes del PP me quiere como candidato a las próximas generales, mmmmm. ¿Sabes lo que eso significa, monina?

Un sinfín de imágenes aterradoras se sucedieron en mi cerebro.

– Veo en tu cara que sí lo sabes. He investigado tu currículum, por supuesto. Sé que posees uno de los cocientes intelectuales más altos del mundo. Únete a mí.

– ¿Qué sucederá si no lo hago? -la voz me temblaba primera vez en la vida.

– Me presentaré a las próximas elecciones como líder absoluto del PP. Me lo merezco. Y ganaré las elecciones, ya conoces a los españolitos... Jajaja. Y tendré mayoría suficiente para gobernar con alguna que otra coalición. ¡No te digo! Y subiré salvajemente los impuestos a las detectivesas, y obligaré a que estudien religión a las que se quieran sacar la licencia, y ninguna otra mujer llegará jamás a ser detective en España, ¿comprendes? -se enfureció.

– ¿Qué tengo que hacer? -pregunté.

– Sabía que me comprenderías -se acercó y me tendió una tarjeta de empresa-. Tienes que estar en esa dirección a las diez de esta noche. Y decirme lo que sucede entre esos cuatro muros.

– ¿Tengo que ir armada? -le pregunté.

– Preferiblemente de inteligencia. Pero lleva algún arma por si acaso, y un sistema potente de escuchas. Si no tienes tú, yo te lo presto. Quiero escuchar lo que se dice allí.

– ¿Y si fracaso?

– Me presentaré a las elecciones. Y las ganaré -sonrió como si ya las hubiera ganado.

El plan de Esperanza era perfecto. No tendría demasiados problemas en enterrar a Rajoy. Y la victoria electoral la tenía asegurada: conozco a Esperanza y conozco a los españoles. Ganaría de calle. Y yo era la única persona en el mundo que podía evitarlo.

– Mañana tendrá lo que ha pedido. Sin excusas. Pero júreme por su honor que jamás se presentará a las elecciones. Si lo hace, la mataré -la amenacé.

– No te preocupes. No me presentaré nunca. Sé que tu amenaza va en serio.

– A mí me amenazó con lo mismo -confesó Dama antes de que yo saliera.

– Lo comprendo -le guiñé un ojo-. Paso a pagarte el martes, que estoy muy a fin de mes.

– No te preocupes.

La dirección a la que me envió Esperanza me obligó a coger la carretera de A Coruña y desviarme no lejos de la entrada del Valle de los Caídos. Era un caserón rodeado de altos muros de piedra vestidos con elegantes yedras. Escalé el muro y vi algo que jamás olvidaré. En el porche, Mariano Rajoy, Aznar, Ana Mato, Cospedal, Soraya, Arenas, Blesa, Mayor Oreja y otra docena de caras conocidísimas se reían, se abrazaban, brindaban y se carcajeaban. No era una escena chusca. Todos tenían mucha clase. Sobre todo el presidente de la mesa. Luis Bárcenas no estaba en Soto del Real. Estaba allí, cenando, alegre y divertido con sus amigos. Volví al coche y me vestí con un traje-sastre oscuro de neopreno. Cogí mi Heckler & Koch MP5, para mí el mejor subfusil del mundo. Cargué la maleta con el sistema de escuchas que me había prestado Esperanza y escalé el muro. Supe en aquel momento que aquel iba a ser mi último caso o mi gran caso. Tres metros de mierda y estoy en la finca. Salté.

(Continuará el próximo domingo... quizá).

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