El último encargo

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Mónica G. Prieto

Imagen_Surian Soosay (ssoosay) Flickr
Imagen: Surian Soosay (Flickr).

Al encontrarse con su cara ante el espejo, Marwan sintió que las leves nauseas producidas por la ansiedad se disipaban. Su reflejo le devolvió la imagen de triunfador nato que cautivaba a sus conocidos desde que recordaba: rostro bronceado, ligeras arrugas que acentuaban la experiencia de la edad sin remarcar cincuenta años agotados al servicio de su ambición y unos ojos claros y cautivadores que convencían antes que las palabras salieran de la sonrisa eterna que estiraba sus labios, mostrando una perfecta hilera de dientes producto de una devota relación con profesionales de la odontología.

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Se refrescó con un chorro de agua fría y frotó su rostro con una delicada toalla de marca antes de volver a clavar su mirada de acero en el espejo y dedicarse otra sonrisa alentadora. Pese a décadas de experiencia y dedicación, la tarea que le esperaba le producía una desconocida aprensión que le retorcía las entrañas y, en cierto modo, le avergonzaba: no se trataba de remordimientos ante la idea de matar, algo a lo que estaba habituado, sino un novedoso temor a ser capturado, ahora que su nombre había comenzado a circular entre los investigadores de atentados anteriores, filtrado por algún estúpido -y bien situado- camarada del partido que, obviamente, le había traicionado por buena suma de dinero, amenazas o rencor personal, si no una mezcla de todo lo anterior.

Tras elegir cuidadosamente ropa deportiva de su amplio vestidor y calzarse unas playeras, Marwan bajó por el ascensor privado del edificio hasta el aparcamiento. Coincidió en el pasillo con uno de sus vecinos, un reputado cirujano cardiaco que le saludó con una educación que rayaba la veneración. Elevó las cejas y le dedicó una de sus sonrisas absolutas y arrebatadoras; comprobó la mirada satisfecha del doctor antes de pulsar casualmente el mando de uno de sus tres coches y abrió la puerta del todo terreno negro que le recibió con música de Masrou Leila, el grupo revelación local, una joven banda liderada por un cantante gay cuyos acordes formaban parte de su tapadera.

Tras acomodarse en el asiento de cuero y accionar suavemente el automóvil, se dispuso a olvidarse de la mortífera carga que conducía y a concentrarse en el plan que debía acometer con la frialdad que le había granjeado la confianza de sus jefes durante ya 30 años largos. No tardaría más de 40 minutos en recorrer la distancia entre su domicilio, en un lujoso barrio periférico de Beirut poblado por la élite musulmana con espectaculares vistas a la contaminada costa mediterránea, hasta las calles laberínticas que rodeaban la plaza Sassine, corazón de la cristiandad libanesa. Se disponía a culminar dos años de preparativos que, seis meses atrás, se habían traducido en una orden concreta y en un equipo de cinco personas: el propio Marwan a cargo de dos hombres y dos mujeres encargados de seguir cada uno de los pasos del responsable de Información de la Seguridad Interna del Líbano, Wissam Hassan, y elaborar el mejor escenario -el más limpio, espectacular y más adecuado- para su muerte.

No buscaban un atentado cualquiera sino una obra de ingeniería criminal, un mensaje cuidadosamente redactado para que sus múltiples receptores entendieran las claves correctas. No debían perderse más vidas de las estrictamente necesarias -había pensado un número indefinido entre dos y 10, que evitara calificativos de matanza o masacre en los titulares pero inoculara suficiente terror en la sociedad- porque el objetivo no era desatar un conflicto civil sino lanzar una advertencia. No podían fallar, y por eso habían preparado dos coches cargados de explosivos: uno a pocos metros del piso franco de Hassan en Ashrafiyeh, próximo a la céntrica Sassine, donde el responsable policial -hombre de confianza del asesinado primer ministro Rafic Hariri y también asesor heredado de Saad Hariri, voluntariamente exiliado tras perder la jefatura del Gobierno- mantenía algunas entrevistas que requerían elevado secretismo y otro en la calle secundaria que solía tomar el chofer para llevarle a la sede de la Fuerza Seguridad Interior, la Policía libanesa, apenas alejada unos centenares de metros de la oficina secreta.

Del equipo de seguimiento, sólo él sabía cuándo se produciría el atentado. No creía que fueran más de ocho personas en el mundo las informadas de la tempestad política que se abatiría apenas una hora después en Oriente Próximo. La orden, dictada desde la máxima instancia de su grupo por encargo de sus patrones, se había producido mediante un servicio de mensajería online gratuito dos horas atrás, cuando Hassan se disponía a desperezarse en brazos de su última amante, una joven y espectacular universitaria que no había tardado en rendirse a su sonrisa deslumbrante, su cuidado aspecto sesentero y su cuerpo de gimnasio.

Lina se acostaba con él desde hacía unas semanas y el deseo que le generaba la joven le estrujaba las entrañas: su presencia era una suerte de elixir de la juventud, una morfina que le hacía olvidar su edad, años de asesinatos y anonimato y una doble vida que comenzaba a desgastarle ante la ausencia de algo real que le atase al mundo. Lina le había hecho sentirse humano por primera vez en la vida, y por primera vez él se había sentido afortunado de serlo. Marwan era por fin terrenal gracias a un cuerpo de modelo y a una pasión gratuita que él correspondía con agasajos en forma de regalos -ropa de marca, algún teléfono, pequeñas joyas lo suficientemente caras para que no le abandonase, pero no lo bastante para que ella pensase que se codeaba con un pez gordo- y que comenzaba a transformarse en una necesidad diaria.

Era consciente de que experimentaba fuertes sentimientos hacia ella, y no le pesaba. Diez años atrás se habría distanciado inmediatamente de Lina, considerando que una pasión, en su entorno, puede poner en riesgo su carrera. Hace una década, no se habría permitido ni esa ni ninguna otra debilidad: para ser el mejor en su mundo hay que prescindir de familia, de amigos, de cualquier vínculo con el exterior. Había llevado una vida de asceta mezclada por aventuras de pocos días, en una continua huida que le dejaba la sensación de ser un fantasma. Una vida de sacrificios a la que, si cumplía su última misión con éxito, podría renunciar para transformarla en un futuro apacible acompañado de la primera mujer a la que amaba.

Pocos metros antes de llegar a la Plaza Sassine, tomó la anónima calle secundaria donde su objetivo debía estar departiendo en ese preciso momento con una periodista. Aparcó frente a un muro -un hueco que uno de sus colaboradores, vecino del barrio, mantenía ocupado desde hacía medio año y que liberó tras recibir un SMS firmado por Marwan, apenas dos minutos antes- y echó un vistazo confiado al anónimo coche de quien pronto se convertiría en su víctima, donde el conductor -un joven agente que ya le parecía un viejo conocido- descansaba recostado en el asiento. Caminó varias calles, perdiendo a conciencia sus pasos, hasta llegar a las cercanías del edificio elegido: un bloque recién construido apenas inaugurado, donde los primeros residentes aún no se conocían lo suficiente para distinguir entre nuevos vecinos y simples desconocidos. Allí, se deslizó por el garaje y subió sin prisas trece pisos de escaleras. Las cámaras de seguridad instaladas aún no funcionaban y, como sospechaba, ningún vecino tenía la ocurrencia de prescindir del ascensor.

El apartamento aún estaba en obras, como tantos otros del edificio, y la llave que había copiado funcionó sin problemas. Marwan entró con sigilo y, a pocos metros de la ventana, se agachó para deslizarse a gatas hasta el rincón que, sabía, permanecía oculto a las cámaras de seguridad. Se apostó contra la pared, echando mano de los discretos prismáticos que llevaba en el bolsillo de su pantalón vaquero. Observó de nuevo el utilitario que empleaba Hassan para sus desplazamientos y enfocó al agente que conducía, quien bostezaba y miraba su reloj de mano. Es posible que su jefe se retrasara. En la otra mano, sostuvo el teléfono móvil que serviría de mecha para la carga que alojaba su todoterreno, que había dormido con los explosivos desde que fueron recibidos desde una capital vecina a bordo de un coche oficial.

Un mal presentimiento le volvió a encoger el estómago y decidió combatirlo pensando en Lina. Su pelo lacio resaltando la espalda, su tatuaje en el cuello, su sonrisa sincera y transparente... Vida frente a la muerte. Eso era lo que necesitaba. Quería convertirse en un hombre dedicado a construir en lugar de destruir y poder prescindir de las mentiras que habían jalonado toda su vida. Había pensando a conciencia cómo explicar a sus responsables que éste sería su último encargo. Convencería a la cúpula de que era un hombre quemado: su fotografía había circulado por los servicios de Inteligencia de medio mundo y eso hacía que, más allá del Líbano, fuera un asesino marcado. Le debían cuentas que el dinero no puede pagar, y la única forma de resolverlas era permitirle marcharse para siempre. Solicitaría un merecido retiro en cualquier confín del mundo y convencería a la universitaria de unirse a su nueva identidad y marcharse a un exilio de oportunidades que el fallido Líbano no puede ofrecer.

En ese momento detectó movimiento junto al coche que vigilaba. El contorno del grueso cuerpo que esperaba, un rostro anodino con gafas, se deslizaba sigilosamente en el asiento del copiloto. El coche arrancó y Marwan se limitó a pulsar el botón de llamada. Una ronca explosión le cegó por unos instantes, sacudiendo el edificio y cargando el aire de un polvo blanco y denso que le hizo toser. Marwan se incorporó en medio del silencio absoluto al que estaba tan habituado. Mecánicamente, guardó su móvil y los prismáticos y se dispuso a abandonar el apartamento, sabiendo que los pocos vecinos se asomarían a los balcones y ventanas una vez recuperados de la impresión de haber sobrevivido a un atentado. El tiempo justo para marcharse del edificio y alejarse a pie, con tantos otros viandantes aterrorizados, por la ancha avenida principal que conectaba con las facultades técnicas de la Universidad Americana de Beirut.

Sus movimientos, ensayados con los años, estaban destinados a confundirse en el caótico escenario. Una mezcla de estupor y miedo en su rostro que pasara desapercibida entre el humo y la destrucción. Un fortuito superviviente más atenazado por el terror, nada que pudiera suscitar dudas. Algunas personas asistían a víctimas mutiladas, sorteando restos humanos y charcos de sangre con expresión de horror. Otras se acercaban a los coches en llamas para tratar de rescatar a quienes se hubieran quedado atrapados, pero las llamas devoraban con ansiedad al menos seis automóviles elevando la temperatura en la calle. Tenía por costumbre no enfrentarse a los rostros de sus víctimas, pero llamó su atención un cuerpo familiar sostenido por los brazos de dos vecinos, que lo llevaban en volandas. Una de las piernas había sido sustituida por jirones de músculos entre los que asomaba el fémur. El rostro perlado por el sudor y contraído por el esfuerzo de los dos voluntarios contrastaba con la belleza pálida y aterrorizada de la joven, cuya mirada vagaba en busca de respuestas. Entre la sangre de aquel rostro Marwan descubrió a Lina, aún con la mochila cargada de libros cruzada en el pecho, y treinta años de experiencia, entrenamiento y convicción política se desvanecieron en el aire, aún cargado por el olor a explosivos. Sus miradas se cruzaron y él supo que se había delatado a sí mismo: el rencor que pudo leer en la cara de su amante petrificó su cuerpo y desarmó su cuidada estrategia. Las únicas palabras que salieron de la boca de la joven sonaron roncas y desgarradas, tanto que le costó reconocer su voz. “¡Detenedle, detenedle!”, escuchó antes de que una multitud de hombres y mujeres se le echaran encima con saña animal. Antes de perder el conocimiento, sólo tuvo tiempo de pensar que sería su último encargo, pero nunca disfrutaría de su soñado retiro.

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