Adrenalina

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Alejandra Díaz-Ortiz * ©

Image_Flame_Flickr
Imagen: deflam (Flickr).

«Más que pereza, lo que hay detrás
de la procrastinación es un
 exceso
de perfeccionismo.
» (Piers Stell,
Universidad de Calgary)

Tengo que escribir. Estoy con el tiempo justo para entregar los folios que he de rellenar con alguna historia. Tengo que escribir, pero antes voy a responder el correo de mi madre. Y ya que estoy, el de Óscar, que lleva dos días en el buzón. Tengo que escribir. Veamos. ¡Ay, el teléfono! Siempre he sospechado que los teleoperadores tienen un sexto sentido para atinar a llamar en el peor momento. «−Mire señorita, con el debido respeto, pero ahora mismo me pilla en muy mal momento… Sí, lo sé, soy una tonta por no aceptar su oferta, pero es que ahora mismo… Sí, bien… Llámeme después de las ocho… ¿Cómo, qué no está de turno? Bueno, pues mañana… Sí, sí… Gracias a usted…».

Tengo que escribir, pero ¿y sí de verdad soy una tonta? Voy a ver un momento la promoción de su web y ya está, que por mí no quede ¡Pin! Me ha llegado un mensaje: viajes de último minuto. ¡Ay, qué ganas de Turquía!, pero tal y como anda mi economía, primero tendré que ahorrar. Pues ya que estoy, le echaré un vistazo a la prensa, a ver cómo andan las cosas por el planeta. Pues nada: las mismas noticias de ayer, corregidas y aumentadas. Aunque lo del caso B amerita algo más de información. Vamos a ver qué se dice en la red. Apenas son las diez, me queda tiempo. Lo de Egipto, tremendo.

Tengo que escribir. Esta vez voy a hacer un relato sobre… El teléfono: es el director. « −¿Qué pasa? Nada, Paco, no pasa nada. Estoy en ello, ya te lo mando». Voy a escribir. Prometo que no contesto más llamadas ni miro más correos. Pero antes voy a poner a cocer las verduras o no tendré la comida lista. Ya que estoy en faena, dejo preparada la masa para el pan, así va subiendo con calma. ¿Dónde está la levadura? ¡Joder, qué desorden tengo en la despensa! Esto a la basura. Y esto… Y esto…

Papel y pluma para la lista de la compra antes de que se me olvide: azúcar, pan, pasta, cebollas, aceite… ¡Qué bien!, ya están listas las verduras. Me voy a escribir.

Abro Word. Pantalla en blanco. Decidir entre las dos ideas que me rebullen. Claro, pero estamos en verano y no apetece ponernos serios. Vamos a ver qué tono están utilizando los colegas. Entro al periódico. Oye, mira qué artículo tan interesante. Me encanta lo que escribe Pascual García.  Y el blog Rojo sobre Negro. Muy bueno lo de Amy Winehouse escrito por Juristo. Tengo que escribir.

Tecleó: «Vivir del cuento» Me parece un buen arranque para tiempos de verano en crisis. ¡El maldito timbre! Es la cartera. Me entrega un paquete de cartón que, intuyo, me mandan los de Trama editorial. También me hace firmar un recibí antes de entregarme una multa del ayuntamiento. Bonita la foto de mi coche circulando por una calle restringida.

Dejo la multa sobre la mesa. Desarmo entusiasmada la cajita de cartón. Sé lo que contiene: un ejemplar de Llamémosle Ramdom House, el libro de las memorias de Bennett Cerf, el fundador de la casa editorial del mismo nombre, traducido por Íñigo García Ureta. No puedo evitar abrirlo… Y cuando llego a la página cincuenta y dos, recuerdo que tengo que escribir.

Vuelvo a la pantalla y a mi tema. ¿Se puede vivir del cuento? La verdad es que hace demasiado calor para cuestiones tan trascendentes. Cambio radicalmente de idea y rescato un relato breve que tengo a medio escribir, inspirado en mi buen amigo Mariano ‘Loreal’ y su extraña afición.  Creo que le pondré por título…

Sudoku

Como todas las mañanas, a las ocho en punto, dispuso sobre la mesa una taza de café, el bolígrafo de tinta negra, la libretilla roja y las gafas de «ver». Se acomodó en la silla que le permitía atisbar por la ventana, y desplegó el periódico hasta la página cuarenta y seis.

− Hoy, catorce.  A ver…

Mientras bisbiseaba las cifras, iba anotando:

−  77… 83… 79… 64… 37… ¡Pobre muchacha, tan joven!... 54…68… 92…

Al terminar, apartó el periódico. Bebió un sorbo de café y se dispuso a sumar.

− Siete y dos… nueve, más ocho… y llevo dos…  divido entre… total: ¡setenta y dos coma tres!

Cerró la libreta, abrió la ventana de par en par  y suspiró aliviado.

Un día más, como en los últimos setenta y cuatro años, se había librado de la media necrológica nacional…

 

¡Pin! Alguien ha escrito en mi muro. ¡Treinta y dos «me gusta» en mi último enlace! Debo de dar las gracias…

Y así me dieron la una, las dos y las tres y las cuatro y el folio me sorprendió en blanco.  A las cinco de la tarde, ya tenía la suficiente recarga de adrenalina para atacar, escribir, releer, imprimir, corregir y dudar, sobre todo, dudar, antes de enviar, agotada, mi colaboración al Blog de Verano.

«Ojalá y no me la devuelva el jefe», rogué en silencio, antes de responder-me que sí, que sin duda, se puede vivir del cuento. Se los digo yo…

(*) Alejandra Díaz Ortiz es escritora. Ha publicado Cuentos chinos (2009), Pizca de sal (2012), ambas en Trama editorial, y Julia (ViveLibro, 2013).
4 Comments
  1. June says

    Es en serio? Qué les pasa a los editores cuando publican estos textos? Es tan malo que da penita…

  2. Carlavidal says

    Echa una buena siesta. Cuando te despiertes, aún tumbada, concentrate en tu sexo durante 10 minutos. Dejate llevar. Al levantarte encontraras un buen tema para escribir.

    Carla
    http://www.lasbolaschinas.wordpress.com

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