Leer libros

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Daniel D. Carpintero *

Carmen_Jost
Imagen: Carmen Jost (Flickr)

Cuando llegó a la casa en el bosque fue recibida por un hombre con un solo ojo. Era un ojo pequeño y obstinado, inquisidor, lleno de una especie de cólera reconcentrada. El hombre cargó con la maleta hasta la habitación. Era alto y servicial y adulador. Llevaba una camisa a cuadros vieja que colgaba de su esqueleto con la escuálida inconsistencia con que colgaría de una vara y unos pantalones de chándal informes y descoloridos. Parecía un espantapájaros. Salvo por el centelleo rígido del ojo.

– Nos honra que haya llegao una persona tan brillante -dijo el hombre-. Nosotros entendemos mu bien a las personas escelentes. Mi mismo hijo posé una inteligencia mu notable.

El hombre la dejó sola en el cuarto y ella sacó los libros de la maleta de cartón y abrió los batientes de madera podrida de la ventana y vio al hombre en el patio pegándole patadas a un perro. Vio la figura alta y esquelética y desgarbada. La ropa colgando del cuerpo como si hubieran puesto clavos en una estaca y la hubiesen enganchado ahí. Luego el hombre se sentó en un banco de hierro oxidado y sacó un libro del bolsillo del chándal y lo sostuvo abierto pegado a la cara como si estuviese buscando algo adentro. Leía de esa manera; parecía que el escritor hubiera metido alguna cosa en el libro y él tuviera que encontrarla para demostrarles a todos que ningún escritor cualquiera iba a engañarle.

La chica había llegado a la casa en el bosque para terminar su tesis doctoral. Era una muchacha pelirroja y raquítica con unos ojos lascivos de pequeña carroñera y una boca llena de dientes diminutos y amarillos. Medía menos de un metro y medio. Llevaba vestidos largos hasta los tobillos y cerrados al cuello combinados con zapatos de muñeca. Había en ella un aire de sexualidad reprimida e inflada por dentro; como si acabase de escapar de alguna clase de cautiverio. Todo el rato tenía puestas unas gafas de pasta muy grandes con los cristales redondos.

***

La chica pasó la tarde ordenando sus libros. Luego tuvo que cruzar el pasillo con las gafas enormes que encogían su rostro igual que lupas, con el cuerpo raquítico envuelto en una toalla, sosteniendo un neceser antiguo. Cuando apareció cubierta otra vez con la toalla y con el cabello naranja mojado el hombre estaba esperándola junto al dormitorio. Allí de pie con el libro abierto pegado a la cara.

– ¿Te has duchao? –dijo-. Yo he estao leyendo toa la tarde. -El ojo, terco y amarillento y lleno de una cólera recóndita, recorrió el cuerpo de la muchacha desde los pies hasta los bultos huidizos del pecho-. Me paso to el día leyendo. Nuestro hijo es un intelectual. Verás tú cuando lo conozcas.

La chica miró con fijeza el ojo. No era como el ojo de un ser humano sino como un trozo de hojalata relampagueante. Adentro se veía un centelleo reconcentrado. Luego la chica dijo con una vocecita anémica:

– ¿Qué te pasó en el ojo?

Me se cayó -contestó el hombre-. Me marié y me puse a vomitar en el váter. Y estaba ahí doblao mirando el váter y me se salió el ojo. De toa la fuerza que hice pa vomitar.

Habló como si fuese un espantapájaros y la pérdida de un ojo supusiera un problema tan fácil de solucionar como coser otro en el mismo sitio. La chica primero sintió horror. Luego una excitación rara la recorrió por dentro como un montón de hojas secas.

***

Cuando entró en el dormitorio y abrió los batientes de madera vieja de la ventana el bosque oscuro apareció enfrente de ella con sus olores húmedos y su cuchicheo amenazante. Las copas negras de los árboles contra el cielo lleno de centelleos; el susurro de cristales rotos de las hojas agitándose. La chica empezó a tiritar de una excitación indefinida. El viento se le impregnaba en la piel como un dios que entrase por las noches en las habitaciones de las muchachas. Entonces hizo algo raro; algo que no cuadraba con su estilo mórbido y recatado. Se quitó la toalla y dejó que el viento que corría por los prados fangosos susurrándole obscenidades a la hierba la poseyera. Estaba desnuda delante la ventana; raquítica y tan desarrollada como una niña de doce años. Luego vio los dos ojos. Los dos ojos la espiaban desde detrás de una valla de rocas musgosas y hiedras salvajes. Eran como dos túneles con luz en el fondo. O como dos círculos recortados por un niño en una cartulina. Fijos en ella con una perplejidad obstinada. La chica se estremeció en un paroxismo de deseo sexual inconcreto y siguió mucho rato desnuda enfrente del bosque dejándose devorar por los ojos.

***

La cena fue en la cocina. Estaban el hombre y la esposa y la hija retrasada. Los azulejos de las paredes tenían grietas y esquinas cascadas que mostraban el cemento de debajo. Había un fogón de hierro negro y cacerolas de cobre en el suelo y una mesa de madera con un trozo de cartón sosteniendo una pata.

– Nos sentimos honraos de recibir a una persona tan escelente -dijo el hombre poniéndose de pie como si fuera a dar un discurso; la ropa colgando del cuerpo igual que de una percha de hojalata, el ojo turbio y autoritario y reconcentrado-. Mi hijo no ha llegao aún. Está to el día leyendo. Él dice que es autodidasta. Pero se lo he enseñao to yo. Yo le he dicho lete este libro, lete este otro. To lo que sabe se lo he enseñao yo.

La mujer era alta y muy gorda. Tenía los ojos tan claros que desde lejos parecía no tener iris sino sólo las córneas blancas. Llevaba unos zuecos de madera y una blusa de tela rústica y una falda marrón de lana hasta los tobillos. La hija vestía igual y era igual en todo. Sólo que unos centímetros más pequeña y con ciertas variaciones mongoloides en el rostro. Ninguna de las dos habló durante la cena. Todos -la hija retrasada y la mujer y el hombre con un solo ojo- tenían un libro delante. El de la hija era una gramática de la lengua alemana. El de la mujer era un catálogo viejo de una tienda de muebles. El hombre tenía delante una novela en inglés de Sol Weinstein.

Luego apareció el hijo y se sentó apresuradamente en su sitio sin decir nada. Era flaco y alto y de aspecto atolondrado igual que el hombre. Se dedicó a lanzar miradas furtivas a la chica inclinado sobre el plato y con unos ojos perplejos y obstinados.

– ¿Qué has hecho hoy en to el día? -dijo el padre.

– He estao to el rato leyendo.

– ¿Qué has leío?

El hijo se dobló todavía más sobre el plato y dirigió una mirada acorralada y terca a la chica. Dijo:

– Un libro.

– ¿Na más que un libro?

– Un libro mu gordo.

El padre miró a la muchacha con su ojo inquisidor. Era un ojo tan estúpido como una piedra o como una lata de refresco abollada y herrumbrosa a un lado del camino. Pero tenía un brillo rígido y tozudo y contraído. Luego el hombre dijo:

– A mí me se salió un ojo de tanto leer. Me se cayó en el váter de hacer fuerza pa vomitar. Pero ya lo tenía medio suelto de to lo que había leío. El día que a ti te se caiga un ojo -agregó con la pupila clavada en el hijo- me podrás decir que has leío lo mismo que tu padre.

***

David_Talley
Imagen: David Talley (Flickr)

La chica se puso el camisón amarillento de muñeca antigua y se acostó. Había dejado la ventana abierta y en mitad de la noche sintió cómo el viento impetuoso del bosque entraba en el cuarto para violarla. Se quitó el camisón y durmió desnuda; flaca y toda manchada de pecas y con los mismos atributos femeninos que una niña de doce años. Por la mañana se despertó con la sensación de que su cuerpo era un recipiente para el placer de los espíritus del bosque que la espiaban entre el musgo y a través de los agujeros secretos de los árboles y ocultos en la hierba rumorosa. Se calzó uno de esos vestidos que la cubrían entera como mortajas. Debajo no se puso ni el sujetador ni las bragas.

Intentó trabajar en la tesis. Pero tenía por dentro una excitación igual que hojas secas que le caían y se le resquebrajaban.

Entró en el bosque por un sendero nervioso con raíces de árboles sobresaliendo y desgarrones de pasto. Hacía un frío húmedo bajo los árboles. Se oía el jugueteo del río como un montón de niños invisibles y vio insectos muertos pegados a la resina de los troncos. Luego encontró una poza. Caminó hasta allí esquelética y a pasos cortos y encerrada en el vestido igual que un espectro. Se sentó en el trozo de pasto junto al fango negro de la orilla. Entonces vio los ojos perplejos y tercos -como dos redondeles recortados en una cartulina- que la espiaban desde detrás de una roca. El viento hacía combar los extremos grises de la hierba. La chica se sacó el vestido y se bañó en el agua helada y salió al cabo de un minuto tiritando y con la piel azul. Estuvo un rato con el cuerpo pecoso y subdesarrollado extendido bajo el sol en el trozo de hierba. Luego se vistió y miró hacia la roca y dijo:

– Sé que estás ahí. ¿Por qué no vienes?

El muchacho caminó alto y escuálido y atolondrado hasta la hierba. Estuvo un rato de pie mirándola con unos ojos rígidos y obcecados como si tuviera adentro algo muy bien escondido que todos quisieran robarle. Luego se sentó a un metro de ella y sacó un libro del bolsillo y se puso a leer igual que lo hacía su padre; el escritor del libro quería engañarle pero él era más listo.

– Me he bañado en la poza -dijo la chica.

– Yo he estao to el rato leyendo.

– Me bañaría otra vez. -La chica le miró con unos ojos incitantes de pequeña carroñera y se mordisqueó los labios con los dientes diminutos y llenos de sarro. Si alguien me acompañase…

– Yo no me baño casi nunca -dijo el muchacho-. Me paso to el tiempo leyendo libros. –Agregó-: To el tiempo.

– ¿Nunca dejas de leer?

La chica tenía una voz tan débil como uno de esos grifos de los que sólo sale un hilo de agua discontinuo. Se puso a juguetear con un mechón de cabello naranja.

To el día estoy leyendo -repuso el muchacho.

El viento hacía garabatos con un dedo en la hierba susurrante. Ella se desabrochó el botón del cuello del vestido y siguió jugando con su cabellera mientras el muchacho leía con el libro pegado a la cara y le dirigía miradas escurridizas e intensas.

– ¿Nunca te has bañado sin ropa? -dijo ella.

Los ojos del hijo eran igual de tiesos y contraídos que el ojo del padre. Sólo que en el padre aquella concentración de cólera y resentimiento recónditos se había juntado en un solo ojo.

To el tiempo estoy leyendo -dijo el muchacho-. Ni siquiera me baño de to lo que leo. –Añadió-: Me paso así to el día.

La chica lo miró mordiéndose los labios con sus dientecitos sucios y depredadores. Pero el hijo no apartaba el libro de delante de la cara. Ella esperó unos minutos. Luego se abrochó el botón del cuello y se puso de pie y volvió a la casa caminando a pasos cortos por el sendero.

***

Durante la cena el hombre dijo que se sentían mu honraos por tener en la casa a una persona escelente y estraordinaria como ella acabando su tesis dostoral. La mujer y la hija, enormes y con los ojos blancos y vestidas como campesinas, seguían en silencio. El hijo asentía con una obstinación muda y tiesa a todo lo que el hombre decía. Luego el hombre la miró con su ojo reconcentrado que centelleaba como la hojalata y agregó:

– Mi hijo nunca ha ido a la escuela. -El ojo clavado en ella con una especie de esfuerzo contraído y rígido-. To se lo he enseñao yo. Los de la ciudá se creen que ellos son los únicos que saben. Se creen que porque van a la universidá saben más que mi hijo. Pero a ninguno de la ciudá se le ha caío un ojo de leer.

La chica aún llevaba el mismo vestido con el que llegó. Una sábana espectral y amarillenta desde el cuello hasta los tobillos. Dijo con su vocecita siempre a punto de desaparecer:

– ¿Cuáles son vuestros escritores preferidos?

Tos -contestó el hombre con el ojo relampagueando como una chatarrería a la luz de una linterna-. Eso de los escritores preferíos es pa los de ciudá. Nosotros los leemos tos. Lo de los escritores preferíos es pa no leer libros porque no son preferíos. Nosotros los leemos tos. Los preferíos y los otros.

La hija retrasada tenía junto al plato un diccionario de latín. La mujer una Biblia en alguna lengua eslava. El hijo un manual de mecánica. El padre una guía de los restaurantes de Viena.

***

Cuando la chica volvía al dormitorio encontró una caja de libros en el pasillo. Había novelas folletinescas, revistas pornográficas, catálogos de supermercados, periódicos mohosos, un manual de albañilería, una recopilación de chistes, tebeos antiguos, un mapa de carreteras. Entró en el cuarto y contempló las siluetas de las copas oscuras de los árboles contra el cielo morado. Las hojas sacudidas por el viento susurraban igual que un montón de cristales rotos. Fue como si la chica tuviera las hojas por dentro. Las hojas resquebrajándose y cosquilleándole. Volvió a quitarse el vestido enfrente del bosque negro. Se quedó de pie desnuda y raquítica junto a la ventana dejando que el viento la manosease por todas partes. Luego vio los tres ojos que la espiaban. Uno de ellos contraído y centelleante como un trozo de latón. Los otros dos perplejos y obstinados. Los tres fijos como redondeles recortados por un niño en la oscuridad.

***

Por la mañana entró en el bosque por un sendero diferente. La hierba crecía gris y rígida a los lados. Había raíces retorcidas en posturas agónicas que salían del suelo como muertos. La chica siguió el sonido de los niños del río. El mismo vestido largo y amarillento con el que llegó cubriéndola entera; las gafas enormes de lentes redondos convirtiendo sus ojos en pequeños puntos acuosos y parpadeantes. La poza era mucho más grande esta vez. El muchacho estaba sentado en una roca al otro lado del río leyendo un libro con terquedad, con esfuerzo, como si apretase una tuerca o levantara un neumático de camión con una palanca.

Ella dejó el vestido tirado en la hierba brillante de la orilla. Se metió en el agua y la piel se le erizó y se le puso azul. Empezó a jadear de frío mientras nadaba pálida como un renacuajo hasta la roca. Luego se subió a la roca; tiritando y toda desnuda salvo por las gafas enormes. Puso una mano en la pierna del muchacho. Dijo:

– Hola.

El muchacho la miró con unos ojos fijos y rígidos y tozudos. Eran unos ojos que guardaban algo que la chica quería robarle.

– Hola -contestó.

La chica estaba tiritando. Dejó la mano en la pierna del muchacho y empezó a mordisquearse los labios con sus dientecitos afilados.

– ¿Quieres bañarte conmigo? -sugirió.

El muchacho la observó con una mezcla rara de deseo y estoicismo. Era como si estuviese aguantando un dolor muy fuerte y como si ese aguante le confiriera dignidad. El cuerpecito empapado y lleno de pecas de la chica lanzando destellos bajo el sol.

Via bañarme -dijo el muchacho-. Anque nunca me baño.

Se metió en la poza con los zapatos y los pantalones y la camiseta. El agua le llegaba casi hasta los hombros pero él seguía sosteniendo el libro delante de la cara. Se quedó allí tieso y estoico como una vara. La chica se dedicó a nadar y a juguetear a su alrededor.

– ¿Por qué no te quitas la ropa? -dijo.

Seguía mordiéndose los labios con los dientes diminutos y manchados de sarro. Los ojos clavados en el muchacho con una lascivia carroñera. El muchacho se quitó la camiseta y los pantalones y los calzoncillos sin soltar el libro. Los calzones amarillos y el pantalón de chándal gastado flotando a su alrededor como los restos de un crimen. El cuerpo escuálido lleno de huesos finos y largos; las vértebras sobresaliendo de la espalda curvada. Volvió a ponerse el libro delante de la cara.

– ¿Por qué no dejas de leer un rato? -dijo la chica.

Él la miró con la misma rigidez obcecada.

– No pueo –dijo-. Mi padre quie que lea to el tiempo.

– Tu padre nunca lee -repuso ella. La vocecita tan frágil e insignificante como un pétalo flotando en un charco-. Los libros que tiene tu padre no sirven para nada. Es mentira todo.

El muchacho la miró con una perplejidad repentinamente indefensa. Ella vio lo que había detrás de la rigidez y la terquedad y la reserva reconcentrada. Vio el deseo sexual. Vio el pene del muchacho tieso igual que la raíz de un árbol debajo del agua. Se acercó a él y pegó un manotazo contra el libro. El libro flotó abierto y deshojado y con la tinta hecha un borrón. Se miraron mucho tiempo. La chica estaba llena hojas por dentro. Las hojas se le resquebrajaban. El picor de las hojas se volvió insoportable y cerró los ojos y se lanzó contra el muchacho con todo el cuerpo.

***

La chica caminó a pasos cortos por el sendero sosteniendo el vestido con una mano y los zapatos de muñeca con la otra; los pies pecosos y casi transparentes pisando ramitas y hormigas solitarias y raíces que sobresalían del suelo. El viento sacudía las copas de los árboles. Antes de salir del bosque se puso el vestido; el cabello naranja aún mojado y las gafas de pasta ocupando la mitad de su rostro. Los ojos con un brillo fantasioso sumergidos en el fondo de los cristales. Entró en la casa descalza -la madera áspera de los pasillos, las baldosas agrietadas del cuarto de baño- y con el cuerpo lleno de hojas por dentro. Luego guardó todas sus cosas en la maleta de cartón. Se cambió de vestido (se puso uno naranja con estampados de hojas verdes que dejaba las pantorrillas desnudas, todo desabrochado desde el cuello hasta el pecho) y salió de la casa al camino de tierra que llevaba al pueblo y a la estación de autobuses. Al cabo de cinco minutos no era más que una manchita fantasmal entre los árboles cargados de hojas rumorosas.

(*) Daniel D. Carpintero es periodista.
3 Comments
  1. Lucas says

    Muy buen relato; me ha agradado mucho.

  2. june says

    Extraordinario! Me encanta este escritor!

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