Fortimbrás

1

José García Pastor *

San_Fermin_Efe
Imagen: Efe

Truly to speak, and with no addition,
We go to gain a little patch of ground
That hath in it no profit but the name.

Le rodeaba un alboroto sólido e ininterrumpido. Pese a la multitud y el intenso roce de cuerpos, se imaginó erecto ante el destino, en total soledad. Había llegado el momento. Cerró los ojos y sintió la boca seca. Mientras se pasaba la lengua por la irregular dentadura y los altavoces repetían las instrucciones en varios idiomas, cayó en la tentación de repasar vivencias que le habían llevado adonde ahora estaba, el ritual (primitivo, brutal, pero no exento de cierta elegancia) practicado en el salón a muy temprana edad, un glorioso deslizarse en libertad por la frontera líquida que separa aire y agua, el esfuerzo del pedal en una cuesta interminable, la frustración ante las teclas de una máquina de escribir antiquísima, el encuentro con el antepasado en lo vulgar (aliño de ensalada, mobiliario, papel pintado, por no hablar del último episodio, un grupo de farsantes barbudos con los que le habían hecho posar y sonreír a la puerta del hotel), la revelación de que uno no puede hacer caso omiso de las generaciones que le han convertido en lo que es ni escindirse de ellas, pero sí tratar de entenderlas y poner la proa a lo que de verdad importa. Y eso es lo que estaba haciendo. No se preguntaba si tenía afición o no; la clave, se decía, estaba en la pasión, evolucionar con gracia y dignidad de movimiento, por grande que fuera la presión externa, mantener la pureza de línea exponiéndose lo menos posible. Era ocioso pensar en consecuencias.

Los ojos apretados con fuerza, una mano apoyada en una de las vallas custodiadas por las fuerzas del orden y la otra hundida en el bolsillo del pantalón adivinando al tacto las tres cifras mágicas cinceladas en metal, percibía los cánticos, las chanzas y la unanimidad de sentimiento vociferante, pero también le llegaban otros sonidos inexplicables, como un bocinazo acompañado de risas y gárgaras, un oleaje majestuoso o una especie de rugido gutural que ascendía desde lo más hondo del pecho y sacudía el aire hasta deshacerse en un suspiro. Le dominaba una emoción intensa y anómala de la que le sacó el apretón de una mano en el hombro seguido de un susurro al oído, “Buen hombre”. Abrió los ojos. Rechazó con amabilidad la bota ofrecida, pero sí aceptó una cantimplora goteante que inclinó con mano temblorosa. Pululan demasiados compatriotas, se dijo. Saludó al público, recién enterado de su presencia anunciada por megáfono, con un periódico enrollado; le habían llamado la atención el formato revista y la férrea encuadernación de tanto papel efímero. La explosión de un cohete anunció el arranque de la gran prueba espiritual.

Como le habían advertido los expertos, el trayecto se le hizo vertiginosamente breve. Apartó todo de la mente excepto la consigna de correr, correr a lo salvaje, sortear a sus congéneres –todos tan iguales en la vestimenta–, no tropezar y, de ser posible, no trabar contacto con las bestias, ni siquiera visual. Todo fue bien. No le importó que se le desenrollara el fajín. Muchos pisotearán aquel reguero de sangre falsa, pensó. El único imprevisto fue que, antes de enfilar el callejón en el que, según tenía entendido, desembocaba el tumulto, se extravió. De repente se vio solo y con las piernas avanzando por voluntad propia, como en un sueño, mientras por primera vez volvía la cabeza hacia atrás. Trastabilló, se precipitó y el cráneo chocó con algo duro. Una llamarada le estalló en la cabeza. Después nada.

Al cabo de un rato de duración incierta se estaba frotando el entrecejo, como si ahí y no en la nuca hubiera recibido el golpe. Entreabiertos los ojos, ya incorporado y la espalda apoyada en una superficie rugosa (granito de Guadarrama, alguien le informaría más tarde), la divisó.

Al principio la creyó sentada en un tonel, pero al poco intuyó que los sentidos le estaban jugando una mala pasada. Se frotó los ojos. A la vez que, en un segundo plano, los más rezagados se apresuraban a alcanzar el portón a punto de cerrarse, la mujer manejaba con soltura el teclado de un teléfono que no dejaba de emitir avisos de mensajes recibidos. Ella no había levantado todavía la mirada. Él estaba absorto en el óvalo perfecto de aquel rostro. Cuando tronó un nuevo cohete le pareció que, a punto de ceder, se le resquebrajaba en el pecho una presa inmensa.

– ¿Mr. Falkner? -preguntó ella, siempre mirando la pantalla.

– No, yo …

– Perdone, tengo que responder con urgencia a Belén antes de que salga a bailar claqué. ¿Cómo se encuentra?

– Bien, sólo que …

– Tranquilo, forma parte de la profesión hacer como que trabajo aunque no dé palo al agua y viceversa. Un momento, me ha entrado otra cosa.

Observándola con más detenimiento, a saber si víctima de una alucinación, se quedó atónito ante lo que le pareció contorno de un casco de yate prodigioso en curvas. Volvió a sentir la boca seca, el corazón acelerado por el entusiasmo. En la lejanía, o en un recoveco de la memoria, una sirena ululaba hendiendo el tráfico de la mañana.

– La señorita Rodríguez me felicita en un intersticio de pensamiento crítico por lo bien que me queda el pelo corto. ¿A usted qué le parece?

– Me encanta, yo …

– Gracias. Un mensaje más y estoy con usted.

Euforia. No era el espectáculo, sino ella. Estaba seguro.

– Ya está, un segundo. In … co … mu … ni … ca… da … mas … cer … ca … de … ca … sa … ma … cha … ca … da -deletreó a la velocidad de los dedos.

– La buena destrucción -intervino él pese a no haber entendido lo que ella decía ni saber lo que articulaba la propia lengua, tan deshidratada como independiente de sus intenciones.

– Nunca mejor dicho. Estas cosas deben ser suyas -y le mostró el bastoncillo a medio desenrollar, cubierto de huellas de sudor y tinta corrida, y una plaquita sobre la que refulgían los dígitos.

– Sí, gracias -balbuceó, decidido a ponerse en pie. Dos. Para su asombro, no le costó. Uno. Tuvo la sensación de que unos brazos poderosos le aupaban y unos dedos expertos le acomodaban el pañuelo que le ceñía el cuello hasta componer una estampa aceptable. Siete. Ya abolidas las distancias, se miraron a los ojos mientras la llave cambiaba de mano. Él sentía el resplandor vivo de su propia cara. Las hojas, inexplicablemente liberadas del yugo de la grapa, se levantaban y giraban a su alrededor impulsadas por un viento inexistente.

– ¿No le embarga la sensación de felicidad ante lo que está a punto de ocurrir? -acertó a decir, una vez más sin entenderse.

– Sí, claro, pero ya sabe usted que hablar demasiado de estas cosas les resta brío. ¡Hostia!

¿Habría explotado de repente el globo iluminado del éxtasis? Ella volvía a mirar la pantalla y tecleaba con desesperación.

– ¿Sabe usted hacer un factory reset?

– Sí, claro.

La mujer le entregó el aparatito. Él lo manipuló con pericia.

– ¡Bingo!

– Eternamente agradecida -dijo tras comprobar que todo funcionaba- ¿Seguro que se encuentra bien? Tiene la cara roja.

– Sí, es sólo…

– Espere -le interrumpió y abrió el bolso, de donde fueron saliendo objetos variopintos entre los que él creyó distinguir una guirnalda de ajos y un pañuelo sanguinolento abultado en exceso-. El último clínex que me queda limpio. Séquese la frente, no se vaya a hacer daño en la herida. ¿Le gusta comer?

– Sí, me gustan muchas cosas -respondió, sintiendo el papel empapándose de sudor.

– ¿Qué le gusta hacer?

– Muchas cosas -repitió, sin saber qué más decir.

– Nos lo podemos pasar bomba. Sabe usted, en la vida he parado muchos toros, pero en realidad siempre he hecho lo que me ha dado la gana.

Le poseía un verdadero frenesí de energía y libertad. Por primera vez en su vida estaba seguro de tener lo principal que debe tener un hombre. Y ella, sin duda, lo notaba.

– Permítame que le pregunte: ¿por qué lleva un jersey grueso de cuello vuelto, con este tiempo tan bonito que tenemos?

Él sonrió sin entender nada y echó a caminar a su lado. Sonó otro cohete. De nuevo entre borrachos y parranderos, supuso que no captaba ni la octava parte de las sensaciones que le asediaban, pero en esos instantes de magia hasta las omisiones enaltecían la experiencia esencial. Ella avanzaba con la cabeza bien alta, como si aquella fiesta se celebrara, siempre se hubiera celebrado, en su honor.

(*) José García Pastor es escritor y traductor.

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