San Diego: surf y bases militares

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Ofelia de Pablo y Javier Zurita (Texto y fotos ©)

San Diego / California
'El beso', estatua que conmemora el momento de la rendición de Japón en la II Guerra Mundial, ante el portaaviones 'USS Midway', en el muelle de la bahía de San Diego, California, EEUU.

La música de los Beach Boys conquista el espacio entre la carretera que discurre por la costa sur de California y el océano Pacífico. Tras la ventanilla las playas de arena blanca se suceden una tras otra como la invitación a disfrutar del paraíso a tan solo unos metros. Es el reino del surf que se despliega ante los ojos de un viajero sediento de las mejores olas del planeta. Y es que en el Sur de California, SoCa, como la llaman lo locales, huele a sal, a aventura y a olas. Muchas olas.

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Este paraíso surfero hecho realidad vive envuelto en una temperatura en torno a los 20 grados y sus playas se extienden desde la frontera con Tijuana hasta el condado norte en Oceanside. Nombres como Point Loma, Cardiff, Sunset Cliff, La Jolla o Pacific Beach forman parte del abecedario surfero. El punto de partida para coger las mejores olas es la agradable ciudad de San Diego que se ha convertido en la capital turística del sur y es el destino elegido por muchos que huyen de las aglomeraciones de Los Ángeles. San Diego respira surf por todos sus poros. Aquí están varias de las mejores escuelas de este deporte, se investiga sobre surf en la prestigiosa Universidad de California, las calles están llenas de tiendas con tablas y hasta hay campeonatos de perros surferos. Los bares cuentan con menús especiales para los amantes del mar y los cócteles de moda llevan apodos de la jerga surfera.

Y es que esta fiebre no solo es un deporte: “es una forma de vida”, como dicen los locales. Pero lo que también dicen los de allí es que hay otra forma de vida que convive con sus playas. El ambiente militar, el aire que huele solo a uniforme y deber a la patria, el toque de trompeta y el desfile de los veteranos también convive con las olas. Y es que San Diego es así, fiel reflejo de unos Estados Unidos llenos de contradicciones. Mientras los martes los niños tienen clases extraescolares en la playa subidos a una tabla de surf hablando de libertad y vida en la naturaleza, los sábados les toca aprender cómo se acaba con el enemigo del país en las salas del espectacular USS Midway anclado en pleno puerto de San Diego. Este barco, uno de los portaaviones más grandes del mundo, participó en la II Guerra Mundial y ha intervenido en Vietnam activamente y en la Operación Tormenta del Desierto. Hombres vestidos como en las películas –cazadora de cuero con la banderita EEUU, gorra y gafas de espejo– guían a los pequeños surferos por camarotes, cocinas y pasillos hasta llegar a la sala estrella: la de operaciones. Aquí, Sarah, de 8 años, pregunta al instructor:

–  ¿Y esta pantalla para qué es?.

–  Es para localizar a los enemigos y aniquilarlos -contesta el guía.

– ¿A los amarillos? -dice alguien. Y la clase estalla en risas generalizadas, guías incluidos.

Enormes pósters con niños sonrientes vestidos de militar dan la bienvenida a los colegios en este buque de guerra, hay programas especiales infantiles para pasear por las salas de armas y, cómo no, hasta un simulador de ataque en pleno conflicto. Perfecto parque de atracciones para que cuando seas mayor aplaudas al ejército.

Desde la cubierta, las olas acarician lentamente el casco del portaaviones ajenas a los ríos de sangre que se navegan en las guerras. Sus aguas transparentes siguen allí abajo invitando a los pequeños surferos a balancearse sobre las tablas buscando la libertad.

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