‘El Brujo’, nuestro más genuino monologuista, sienta plaza en Madrid

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'El Brujo', en un momento de su actuación en 'La Odisea'. / Captura de vídeo de smediaclub (YouTube)

Este mes de septiembre se tiene la oportunidad de ver en Madrid, en el Teatro Alcázar Cofidis, repuesto tras el incendio que sufrió en junio, la actuación de Rafael Álvarez El Brujo, en dos obras, La Odisea, que estrenó en los teatros del Canal y que este verano cosechó un gran éxito en Mérida, y El evangelio de San Juan, que estrenará el 24 de septiembre, una vez concluyan las actuaciones de la obra adaptada de Homero. Con estas dos obras, El Brujo sienta plaza en Madrid este año, algo que no ocurría desde  San Francisco juglar de Dios, basado en textos de Darío Fo.

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Y referirse aquí a Darío Fo no es baladí. Rafael Álvarez es un actor español que ha optado por el lado caricato y de farsa, muy al modo de la época de los juglares, para poner en solfa las hipocresías del poder político y social mediante un humor descacharrante y la adaptación de obras clásicas, de las que saca provecho a la vez que intenta una actualización de las mismas que tiene sus riesgos. Le pasó con Las mujeres de Shakespeare, que era un texto estupendo si nos quitamos de la cabeza los textos del propio Shakespeare, que no había manera de reconocer, y menos su alma.

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Pero El Brujo es así, lo tomas o lo dejas, y su vertiente histriónica, salpicada de honestas poses y un sentido casi milagroso de  lo que conviene destacar y poner en ridículo en nuestra sociedad, hace que este actor tenga un montón de adeptos, de fieles seguidores a los que fascina con su modo de enfrentarse  a las tablas en unos monólogos a veces excesivos, nada medidos, pero que es donde deberíamos encontrar el origen de ese fervor de sus adeptos. Pocos actores despiertan tantas pasiones como El Brujo, y eso habla en su favor: las lo unánime en España es a veces unanimidad en lo mediocre. Sólo lo sobresaliente escandaliza. También el fracaso, y El Brujo es actor al que habría que calificar de sobresaliente. Lo que sucede es que a ves se mece en la cuerda del fracaso. Nunca llega a ello.

De esas pasiones que despierta recuerdo en un Premio de Novela Histórica, en Toledo, con cenas por todo lo alto y dinero a espuertas –fue la época, ya saben, que nos tocó vivir hasta hace cinco años–, en que la editorial nos regaló, mientras le dábamos al condumio, con una actuación de El Brujo. En apariencia, nada más alejado de su mundo: famoseo, mucho ciudadano mediático, políticos  y periodistas a tutiplén y, sobre todo, una intensa y buscada banalidad. Pues bien, este hombre, allí sólo, en medio de más de trescientos comensales, en un espacio medieval, se comió al público, que no la cena, y fascinó a escépticos y se ganó a tirios y troyanos. La razón era sencilla: como un bufón, triunfó con sus críticas sobre todo en la sociedad que criticaba y ésta se lo recompensaba, es decir, su mala conciencia, con aplausos. Él decía la verdad, por eso era el bufón, pero la vida es así, llena de trampas, y ya se sabe que los bufones son como los niños… dicen la verdad y se les aguanta con una sonrisa.

Para entender esa unánime fascinación que sienten sus adeptos con cada actuación suya hay que tener en cuanta esta faceta, que es la del bufón, la del caricato y donde se ubica la validez de la farsa. Rafael Álvarez puede ser llamado el Darío Fo español. De hecho para muchos esa es su cabal definición como artista, pero a diferencia del italiano El Brujo despierta un pathos trágico del que el italiano, como buen italiano, carece. Darío Fo regatea con el cinismo. El Brujo, no. Para él, el cinismo es un elemento dañino, propio del poder. Los desvalidos son inocentes. Detrás se esconde un fundamento muy apegado al elemento salvífico cristiano. No es de extrañar que haya dirigido sus ojos a San Juan.

Pero otra cosa es la fidelidad textual. Tomemos La Odisea: tiene gracia que cuando Ulises vuelve a Ítaca sólo le reconoce su perro: “Vargas Llosa, García Pavón o Borges se ocupan mucho de Ulises. Pero del perro sólo me ocupo yo”. Es la apoteosis. Y, además, con razón, del perro sólo se ocupa él, pero lo que tiene gracia es el colocar a García Pavón al lado de Borges. De este tipo de extravagancias se nutre el encanto de El Brujo, aquello que le hace tan naif en apariencia. Que no le falte.

Después de este Homero tan libremente interpretado, donde los nacionalismos son violentamente criticados –es de lo mejor de la obra–, El Brujo vuelve su mirada al Evangelio, al de San Juan, que después de Madrid llevará a Úbeda, ciudad que tiene a gala haber acogido en su muerte al evangelista. Es obra que a Rafael Álvarez le va que ni pintada: tiene la ocasión de poner en solfa a toda la obispería, que no el obispado, que es más restringido, y desde el sitio exacto que es origen de sus pullas, la vida de Jesús narrada por San Juan, el texto más místico y libre de los Evangelios. Con esta obra, brillante, es seguro que el actor se llevará de calle a todos sus seguidores. No le falta en el texto elemento alguno para que no sea así: rasgos místicos, nada cínicos, un jefe espiritual, Jesús, cabreado ante la ignominia del poder, una revolución social en ciernes…

Un texto mucho más brillante y fiel que el correspondiente de Homero, a pesar de sus episodios brillantes. Madrid acoge a El Brujo. Todo el mes y la primera semana de octubre.

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