A la ópera le gustan los ricos

Gérad Mortier. / Efe
Imagen de archivo de Gérard Mortier. / Efe

Las informaciones que se van desgranando a raíz del necesario cambio de director artístico del Teatro Real, por enfermedad del actual, Gèrard Mortier, dejan algunas dudas sobre la gestión de la primera sede operística de España.

Como reveló el Boletín Oficial del Estado hace unos meses, 21 de las 26 óperas estrenadas en la etapa Mortier, en las temporadas de 2010 y 2011, fueron claramente deficitarias. Quizá habría que empezar preguntándose por qué se contrató al prestigioso director de teatro de ópera -conocidos su caché y sus caras puestas en escena- en plena crisis económica, 2010.

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Los más exquisitos pensarán que qué menos para dar relevancia al Real en toda Europa. Los más realistas pensarán que qué despropósito, una conducta propia de nuevos ricos, cuando ya la crisis llevaba tres años engullendo víctimas a mansalva. Sin ánimo de alarmar, el máximo responsable de aquel gobierno se sienta ahora en el Consejo de Estado.

Gèrard Mortier, polémico y peleón –se montó una buena cuando decidió prescindir de Jesús López Cobos como director musical del Teatro Real-, se va enojado por el desplante del Ministerio, que ha elegido para sucederle a Joan Matabosch, hasta ahora director artístico del Gran Teatro del Liceo, de Barcelona, en suspensión por ERE, y del que sus trabajadores han denunciado también la pésima gestión. Y se siente maltratado por las malas maneras como se ha llevado adelante el proceso.

El quería un sucesor de su confianza que continuara su labor, aún por culminar, pero en el Real han preferido tirar por la calle de en medio. No hay dinero para culminar gestiones de esa categoría, me temo.

Lo que además reflejan las noticias relativas al Real es la falta de eficacia y racionalización en los organigramas de estas entidades públicas –Teatro Real, Museo del Prado, Museo Reina Sofía- y la falta de transparencia de su gestión. De lo sucedido en el Real han tenido que transcurrir tres años para que aparezcan los datos en el BOE.

Es desalentador constatar la distancia que nos separa de otros teatros públicos en países europeos como Reino Unido o Alemania, donde estos asuntos son más claros y públicos.

Llama la atención que de los miembros que componen el organigrama del teatro, con su sinfonía de vocales natos (sic), vocales a secas, secretarios, vicesecretarias, directores de diversos sectores y patronos de honor, la mayor parte de ellos son políticos en activo y pasivo, además de nombres de relumbrón que suponen peso muerto para la empresa. No digamos nada del Museo Nacional del Prado, que como desvela Peio H. Riaño en El Confidencial, ya es para mondarse de risa. O para llorar, mejor dicho.

A ver si de verdad nos volvemos serios en España y se obliga a estas entidades a cumplir el código de buenas prácticas y buen gobierno a lo que, al parecer, se resisten como gato panza arriba. Sus razones tendrán.

Mientras tanto, los españoles que paseamos seguiremos pensando que eso de la ópera es un tinglado para unos pocos elegidos, incluso en una democracia, porque todos los indicios señalan hacia ese pesimismo cultural. Ya lo dejó dicho Antonio Machado: una de las dos Españas seguirá helándonos el corazón, sin que haya preferencia por ninguna de ellas, francamente.