El vértigo del viejo futurismo

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La Pedrera, donde se expone la obra de Depero, en 1911, año de esplendor del Futurismo/wikipedia
La Pedrera, donde se expone la obra de Depero, en 1911, año de esplendor del futurismo. / Wikipedia

El año de 1914 marca un fin de era y el incierto comienzo de otra, después del estallido de la Gran Guerra. Nada fue lo mismo a partir de 1918, cuando acabó la sangría europea, pero la guerra no fue el único factor de cambio con todo y haber supuesto en punto de inflexión en el camino de la evolución de la historia humana.

No debía de ser casualidad que pocos años antes, artistas y pioneros del diseño tecnológico, científicos y aventureros de campos distintos anduvieran planteando retos y desafíos a la sociedad acomodaticia de la Europa más rica, como narra excelentemente Philipp Blom en un libro que publicó Anagrama en 2010, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914.

En la actividad social, los trabajadores plantean exigencias hasta entonces no formuladas, las mujeres arriesgan la vida en su vindicación como seres humanos comparables a los varones, la ciencia descubre hallazgos que cambian el derrotero de enfermedades y hacen avanzar la tecnología. También la de la guerra. Por eso aquella guerra no se pareció a las hasta entonces conocidas.

Entre los artistas, destacaron los que se alinearon en torno a los llamados ismos: dadaísmo, surrealismo, cubismo, futurismo. De éstos –que casi no pasaron de ser un grupo radical y extravagante a los que acalló la omnipotente máquina de la bohemia parisina-, acaba de llegar a Barcelona una exposición que augura otras por venir en diferentes ciudades.

Obra de Depero...
Una de las obras de Fortunato Depero que se expone en la Fundación La Pedrera. / lapedrera.com

Se trata de Depero y la reconstrucción futurista del universo, en la Fundación La Pedrera, en pleno paseo de Gracia barcelonés. Se exponen más de 200 piezas  de Fortunato Depero, arquitecto, pintor, escultor y más cosas, por primera vez en España –en la página de La Pedrera dice “Estado español”-, a pesar de su protagonismo inapelable entre los futuristas, sin duda ensombrecido por Marinetti, más mediático que Depero, del que se repite en los libros de texto la frase célebre de que “es más bello un automóvil de carreras que la Victoria de Samotracia”.

Ahora la frase sería: ante un bicho electrónico de última generación, ¿quién quiere comprarse un libro de poesía renacentista? A lo que íbamos.

El caso es que, de todo aquello hace cien años, por eso otros museos y salas de todo el mundo preparan exposiciones similares que nos acabarán de dar una fotografía completa de la actividad frenética de aquel tiempo. Como la que ofrece el Grand Palais, de París, sobre el cubista Georges Braque, que tiene cierto aire de reencuentro con el pintor, amigo y, en muchos aspectos, antagonista de Picasso.

También puede establecerse cierto paralelo con lo que ocurre ahora. Si en esos años, para contemplar a la adorada Sarah Bernhard, no había que tener mucho dinero con el que comprar una entrada de teatro -como pasaba al final del siglo XIX- ya que se la podía ver filmada en las incipientes salas de cine, no digamos lo que se ha producido en nuestros días, desde hace escasos treinta años, con la irrupción de Internet y el abaratamiento de los ordenadores y del uso de la banda ancha, aunque en España -¿o debo decir “Estado español”, aquí, sí?- aún nos encontremos en el neolítico superior en esta materia.

Y si Marinetti y sus futuristas se sintieron tan a gusto en la ideología fascista de su Italia natal, ¿qué no podría decirse de los modos y las formas de los videojuegos en los que la figura del Muchomacho, tableteada y de acero inoxidable -como el Patxi del chiste-, asociada a la imagen femenina, todo tetas y poco cerebro, que se manejan los creadores?

Para no vulgarizar a los futuristas, que tenían muchas buenas ideas, a pesar de todo -tal como contó Guillermo de Torre en su legendario libro Historia de las  literaturas de vanguardia (1965)-, una visita a estas exposiciones ayudará a ver las cosas en su complejo modo.

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