El fascinante auge de la novela histórica

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Portada de la obra de Julia Navarro.

No es ninguna novedad el dar cuenta de que, desde hace años, la novela de género histórico es la reina de las ventas en lo concerniente a los best sellers, aunque bien es verdad que la novela de corte erótico, la llamada novela para pornomamás, y la de ciencia ficción, además de la policiaca, amenazan con romper ese casi monopolio. Cincuenta sombras de Grey, por ejemplo, nos hizo descubrir que en España había un género escondido, el de la novela rosa cargada de tintes eróticos, cuyas ventas se contaban en cientos de miles de ejemplares y cuyos títulos no se reseñaban nunca en los suplementos culturales de los diarios ni en las revistas del sector. Es un género, además, muy curioso de estudiar pues los nombres de los autores, mejor dicho, autoras, de soniquete extranjero, ocultan muchas veces a una española que se esconde tras esa máscara porque se supone que vende más.

Pero sucede que estos géneros, entre los que se encuentra el de la ciencia ficción, son poco glamurosos, como en su día las canciones de Manolo Escobar, que a pesar de saber las casas discográficas que en los años sesenta sus discos era los más vendidos, no aparecían nunca en la lista de los top ten, como diríamos ahora, porque el rock vestía más, daba una imagen menos cañí del gusto de los españoles. De ahí que un país que ya no se reconoce en sus días pasados prefiera no saber nada de cualquier género que le recuerde aquellas entregas de Corín Tellado, nuestra inocente pornógrafa, y eso a pesar del pedigree con que la vistieron Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante, que como buenos escritores del boom adoraban la cultura pop. De ahí que la novela histórica sea el género, así, por antonomasia, de las listas de los libros más vendidos y si este género se entrevera con el del thriller, mejor que mejor. De hecho la mayoría de las novelas históricas que arrasan, y tenemos como modelo El Código Da Vinci, de Dan Brown, son una mezcla de marco histórico entreverado con tramas sacadas de la novela policiaca, bastante posterior en el tiempo. En realidad son la versión de matiz cultivado de la serie de televisión Águila roja, que parece una caricatura casi satírica del género. Por desgracia, va en serio.

Este otoño, la mayoría de las novelas que han sido lanzadas como best sellers por las grandes firmas editoriales, si exceptuamos alguna como la de Mario Vargas Llosa, El héroe discreto, o la que se publicará en noviembre, El canto del cuco, de Peter Galbraith, pseudónimo en que J.K. Rowling ocultó su autoría y que fue rechazada por la editorial en un alarde de marketing sin igual ya que la saga de Harry Potter está más que exprimida, pertenecen al género histórico, pero curiosamente parece haber pasado a mejor vida la interminable lista indigesta de los hijos imitadores del Código Da Vinci: la paranoia conspiratoria no tiene que perfilarse necesariamente por vía esotérica y hay ejemplos hace algunos meses de que los éxitos de ventas pueden tener cierto sesgo conspiratorio pero basado en hechos comprobados históricamente, caso de Victus, de Albert Sánchez Piñol, única novela escrita por éste en castellano y que ha sido acusada por ciertos sectores de haber sido subvencionada por la Generalitat, en vista del éxito de ventas que tuvo en Cataluña.

Resulta que este otoño el género histórico está cambiando su estrategia pues las modas en estas cosas se suceden en razón inversamente proporcional de la eternidad que prometen. Las novelas a lo Código Da Vinci,  a lo La catedral del mar, género en el que Javier Sierra es un especialista porque combina con simpatía e ingenio el esoterismo con el arte y las lecciones de historia al nivel de bachilleratro, mantiene cierto liderazgo, siempre latente en espera del uso que quiera dársele,  pero la literatura parece haberse interesado por la historia, por la real, en detrimento de esos productos espurios, hijos todos un poco de cotolengo de aquella inteligente e iniciadora de manías, El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Así, Dispara, yo ya estoy muerto, de Julia Navarro, que ha abierto la temporada con una promoción tan fastuosa como la de Mario Vargas Llosa. En esta novela se trata de dos sagas, una árabe y otra israelí, en una Palestina que se retrotrae  a dos generaciones antes de la creación del estado de Israel y finaliza en nuestros días. La labor de documentación de Julia Navarro ha sido ingente y prácticamente no hay personaje relevante del siglo XX que no sea citado. Es lo que yo llamo “los hijos de Víctor Hugo “, es decir, escritores que tienden a los grandes frescos históricos. Le pasa a Juan Manuel de Prada, le pasa a Julia Navarro, eso hizo Albert Sánchez Piñol… no en vano la versión musical de Los miserables estuvo años en Londres y Nueva York y las películas basadas en la novela siempre cosecharon éxito.

Cubierta de la novela de Marta Robles.
Cubierta de la novela de Marta Robles.

Pero estas novelas exigen tiempo. Lo normal es documentarse en algún hecho histórico y escribir una narración de cierta trama sugerente, como hizo Carmen Posadas con su última novela, también de gran éxito, El testigo invisible, respecto a la ejecución de la familia imperial rusa y el caso de Rasputín, como acaba de hacer Marta Robles con Luisa y los espejos, donde nos rescata a Luisa Casati, que fue amante de D´Annunzio; como también ha hecho Ernesto Pérez Zúñiga con La fuga del maestro Tartini, recreando el siglo XVIII, o el historiador Fernando García de Cortázar, novelando gran parte de la primera mitad del siglo XX, en Tu rostro con la marea, donde aprovecha una ingente labor documental para ambientar una historia de amor que le sirve de mero marco.

Luis Goytisolo, en su último libro, Naturaleza de la novela, apunta a que el auge del genero histórico radica en el desconocimiento de la historia que tienen las nuevas generaciones porque no les han enseñado esa asignatura en los institutos. Respecto al señuelo con que presentan estas obras las casas editoras, Goytisolo tiene razón, pero creo que hay un elemento psicológico central en esta pasión consumidora, el miedo al porvenir, típico de las crisis económicas, como sucedió en los años treinta. Bien es cierto que esos miedos generan otros géneros, como el de vampiros y zombis, cuyo origen se halla también en la década citada, pero esto es ya otra cuestión.

Tenemos género para rato.

2 Comments
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