El frío que surge del espionaje

El escritor británico, John LeCarré / Wikipedia
El escritor británico, John LeCarré / Wikipedia

Alec  Leamas es un espía de los buenos, que llevado de cuentas personales por saldar, acepta un encargo del espionaje británico, a sabiendas de que es algo turbio, porque le conducirá a acabar con el máximo enemigo de la Alemania Oriental. Pero, en medio del proceso se da cuenta de que es usado como peón en un asunto más sucio del que puede soportar. En El espía que surgió del frío, el admirable John LeCarré plantea magistralmente este dilema. Cómo ser un buen espía y no traicionar los propios principios.

Después de las ceremonias de rasgado de vestiduras a las que hemos asistido, por parte de los dirigentes europeos espiados, la presidente de Brasil, Dilma Rousseff, y la canciller alemana, Angela Merkel, se han unido para enfrentarse a la maquinaria estadounidense de espionaje. Suena a uno más de los gestos que se vienen sucediendo desde que se empezaron a filtrar informaciones sobre las actividades no muy honorables de Washington: ese hurgar en los cajones de las cómodas de sus amigos europeos. Aunque se ha sabido que hay un pacto entre cinco países anglosajones para no chafardearse entre ellos.

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Desde el comienzo de las prácticas de espionaje, millones de horas de audición y folios de información habrán envuelto el globo terráqueo innumerables veces, pero la irrupción de la tecnología informática, en constante avance, ha debido de multiplicar geométricamente el despliegue de datos y de informes. Quizá para envolver la galaxia entera.

La pregunta es: ¿cuánta de esa información es realmente relevante, útil? y ¿para qué?  Hay que imaginar una papelera sideral para lanzar en ella todo lo que sobra, el enorme despilfarro de medios, dinero y esfuerzo para, como ha ocurrido más de una vez en la historia reciente, acabar declarando equivocadamente una guerra. O no tanto, si de los fabricantes de las armas se trata.

Lo admirable del buen trabajo del espía Leamas, como los del viejo Smiley, es que él solito resolvía los encargos con un aparato tecnológico que abultaba poco menos que una bolsa de deportes. La tecnología informática actual requiere un despliegue de centros de ordenadores, agentes mirando las pantallas, tipos malhumorados emitiendo órdenes sin descanso (al menos, así en las películas) y mucho más que ni puedo imaginar, lo que debe de costar un pico.

En la respuesta de para qué tanto despliegue de espionaje, la declaración oficial de que se trata de la seguridad, no ya de los Estados Unidos y Gran Bretaña -amigos para siempre-, sino de todo Occidente, va perdiendo credibilidad a medida que se suceden las revelaciones de Edward Snowden –Dios lo acoja en su gloria cuando llegue el momento; no hay prisa- ayudado por el periodista Glenn Greenwald, que ha salido también de su país, por la cuenta que le trae y se ha instalado en Brasil.

Así que los nombres de los desafectos al sistema de espionaje angloestadounidense no hacen más que crecer: a los mencionados hay que añadir los pioneros, Julian Assange y Bradley Manning. Al primero lo quieren empapelar por supuestos abusos sexuales y al segundo lo acusan de transformarse en mujer; ahora se llama Chelsey. Desde tiempo inmemorial, el sexo ha sido arma de ataque en las sociedades que se quieren hacer respetar. Otra cosa es que merezcan respeto. Pero, a lo que íbamos.

Como ya apuntamos en cuartopoder, el cineasta Oliver Stone ha compuesto un documental de varios capítulos sobre la historia no contada de los Estados Unidos, en el que caben estos protagonistas y estas historias sórdidas de espionaje sin límites. Las que él revela, sobre la Segunda Guerra Mundial y los años de la guerra fría, encogen el corazón. En su página arriba enlazada, se encuentra un breve video muy elocuente sobre lo que está ocurriendo.

Como el protagonista de la novela de LeCarré, Snowden salió de su acomodado hogar para buscarse una vida difícil e incierta que ha levantado admiración en Rusia, donde ahora se oculta. Van surgiendo aliados de su lucha y no surgen del frío necesariamente. A los nombres mencionados habría que añadir otros, anónimos y no tanto, que engrosan la lista de las personas implicadas en colaborar contra la aplastante máquina de espiar, usada tanto para asesinar a Bin Laden como para sacar ventaja en los negocios millonarios internacionales.

Un ejemplo del estilo de vida (americano) que todos imitan y del que habría que huir como de la peste. Como diría el Papa Francisco, hay que desaprender la vida competitiva que nos han enseñado para aprender la vida sencilla y de ayuda a los demás. Pero esos finales felices sólo ocurren en unas pocas buenas novelas de espías.