Lou Reed, el músico del desasosiego

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Imagen de Lou Reed durante una actuación en Berín el 20 de junio de 2012. / Matthias Balk (Efe)

La conmoción con la noticia de la muerte de Lou Reed  a los 71 años ha sido tan rotunda que los medios de comunicación, acostumbrados al barroquismo de los titulos, no acertaron en un primer momento más que con frases del tipo “Lou Reed ha muerto”, “Muere el cantante Lou Reed”. Es sintomático, propio de una conmoción, no acertar en un primer momento, y no acertar porque la carga emocional que para una generación conllevaba –es curioso hablar ya en pasado–, Lou Reed, su ejemplo y su música, que bien puede decirse que en cierta manera ha muerto aquel que hizo verdad esa frase tan manida de “sexo, drogas y rock and roll” con que intentó definirse un modo de vida.

Lo que sucede es que Lou Reed es algo más que eso, y su legado es el de haber introducido un desasosiego real, nada proclive  a lo mediático, en la música rock, convirtiéndose en cierta manera en un adelantado para la cultura pop de un punk mucho antes del punk. Sucede, también, que la música de Lou Reed es sólo la música de Lou Reed sin escuelas, y tamaña independencia sólo se produce cuando tienes detrás el don de la poesía, con mayúsculas, del Arte. Y Lou Reed lo tenía.

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La noticia se ha conocido gracias  a la revista Rolling Stone, aunque en Europa The Guardian lo confirmaba por boca del portavoz británico del cantante,  Andy Woolliscroft. En Times of London, hace unos meses, su mujer, Laurie Anderson, habló de una operación a vida o muerte porque tenía el hígado destrozado. La operación, en un principio, pareció un éxito. Lou Reed, incluso, introdujo en su pagina web frases muy típicas de su personalidad, refiriéndose a que “era un triunfo de la medicina, la física y la quimica modernas". No ha podido con ello. Cuando me enteré del estado de ese hígado supe que probablemente, al ser un filtro depurador, no resistió la cantidad de cosas que se le administró durante los esforzados años de la vida loca de la Velvet Underground, sin ir más lejos.  Pero seamos también un poco shakespearianos: el hígado es el hogar de las pasiones y esa metáfora del hígado destruido le cuadra porque, como gran artista, todo tiene que ser jodidamente coherente, y el hígado como metáfora le viene al pelo como músico. Como  a Pessoa. ¿Hay mayor desasosiego?

Sweet Jane, I´m waiting for the man… se dice que Lou Reed fue el músico del rock alternativo. Es una manera como otra cualquiera de decir que su arte, cuando se produjo, rompía con todos los convencionalismos, hasta los del rock, que se creía una música anticonvencional. Sagrada inocencia que Lou Reed ayudó a desbaratar ya desde la década de los sesenta, cuando con John Cale le dio por mezclar melodía y lo que muchos calificaron de ruido. Era la experimentación que en el mundo de la alta cultura, pero con otros medios y otro rigor, hacían gente como John Cage. Las letras eran una mezcla fastuosa, endiablada, de lirismo y de crudeza ante los escozores de la calle. Lou Reed terminó convirtiéndose, así, en el poeta de las calles de Nueva York. Hay una película de Scorsese que refleja aquellos días, Malas calles, un paisaje idóneo para el mundo que Lou Reed reflejaba en sus canciones. Pero Scorsese prefirió a los Rolling Stones e, incluso, introdujo magistralmente  a las Ronettes. La película es excelente, pero todos echamos en falta un tema de Reed. Le iba al pelo.

Luego, está el Lou Reed más glamuroso, el de Andy Warhol y la Factory, el de la heroína y sus secuelas, el de la Velvet Undergound & Nico. Esto fue en el 67, claro, y de ese año a Transformer, que es del año 72, hay un lustro esencial en el mundo de Reed, tanto que en ese álbum se halla Walk on the wild side, que se convirtió en la canción referencial de toda una generación. El disco lo produjo David Bowie, a quien gentes como Lou Reed debe mucho, también gentes como Paul Morrisey, de The Smiths, pero en su reciente libro de memorias, todo un éxito de Penguin Classics, Morrisey destroza a Bowie. Sí, muchos le deben mucho pero pasando por cierto aro, viene a afirmar. Hay que decir que tampoco se llevaba bien con Lou Reed, a pesar de la admiración…

Dije antes que ese desasosiego es la característica principal de Lou Reed. Se nota en un álbum como Berlin, canto de amor  a una historia de amor entre drogadictos; pero en Perfect Day perfecciona el proceso porque es un canto rotundo a la heroína, y no podía menos que ser la banda sonora de Trainspotting. Algo de William Borroughs se colaba por ahí. También de Genet.  Reed fue siempre hombre culto. En cierta manera jugó, como buen rockero, a ser el Arthur Rimabud de la cultura pop. En cierta manera lo consiguió.

La compañía de Warhol, su fantasma, nunca le abandonó. Cuando murió éste llegó de nuevo a colaborar con John Cale para realizar un homenaje, desasosegante, como no podía ser menos, a su amigo de la Factory: Songs for Drella, un tema con profundas sonoridades minimalistas, un disco confesional, brutal, sin trampas ni cartón, evidentemente sin rastro alguno de falsos sentimentalismos.

Hay también un Lou Reed que junto a su mujer Laurie Anderson realiza Words and Music y que tuvo un gran éxito en Europa. También el Lou Reed que colabora con Metallica en una versión de la Lulú, de Franz Wedekind. Aquí hubo gente que se apasionó y una crítica que pensó que Reed, al final, se había vendido al capital.

En fin, tantos Lou Reed como sólo cabe en un gran artista de su versatilidad. Se nos ha ido en cierta manera esa conciencia del rock más salvaje, más verdadero, más genuino… y no está de más recordar esto en tiempos tan conservadores.

2 Comments
  1. Patronio says

    Demasiado sobrevalorado.

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