‘Deletrix’, en busca del rastro de la censura

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Cuchilladas sobre un texto de Erasmo de Roterdam, una de las imágenes de la exposición. / artsantamonica.cat

Se expone en el Centro de Arte Santa Mónica, de Barcelona, una obra singular por el origen, el planteamiento y el estilo del artista. Se trata de Deletrix, de Joan Fontcuberta, un fotógrafo que saca brillo a los colosales avances de la fotografía haciéndolos trabajar en favor de una idea. Esta vez se trata de mostrar las huellas de la censura en las obras de arte, literatura –claro- incluida.

La exposición –abierta el 12 de este mes y hasta el 8 de diciembre– la propicia el PEN de Cataluña que se encarga de la edición de un libro, en catalán y en inglés, con una buena reproducción de las obras expuestas, y en el que se reúnen unos textos de escritores como Herta Müller, Shalman Rushdie, un especialista en derecho de la edición, Emmanuel Pierrat, el presidente del PEN internacional, John Ralston Saul, el poeta de Zimbabwe, Chenjerai Hove, entre otros.

Pero, lo importante del libro son las imágenes que hablan por sí solas sin necesidad de más literatura, dicho sea sin ánimo de ofender.

Por ejemplo, la imagen que sirve de portada, unas huellas de cuchilladas sobre un texto que fue de Erasmo de Roterdam, tantas veces evocado ahora en bocas algo sucias: el Novum testamentum omne, de 1522, conservado en Basilea, y escrito en griego, a pesar del titulo, es testigo inmortal de la rabia explosiva, la estupidez humana cuando tiembla ante el saber, por miedo a perder el poder sobre los demás mortales, que sin duda es lo que estaba en la mente del acuchillador.

Trabajar como censor –salvando distancias, un oficio que no pasa de moda- tiene ese aliciente de acuchillar sin que te acusen de asesino.

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Sebastian Munster, Cosmographiae Uniuersalis. Libro VI, Basilea 1552 / artssantamonica.cat

La exposición de Fontcuberta logra más que la placentera contemplación de tesoros ocultos en los archivos europeos. No creo que la distancia mitigue el dolor de lo que hay detrás de esa censura, como él teme, sino que pone delante de las narices ese dolor, a poco que se ponga el observador en la piel del censurado y en la de todos los que perdieron sabiduría a causa de esa censura. Eso, y algo de conocimiento histórico, de saber cómo se las gastaba la Inquisición cuando se enfadaba con los que consideraba rebeldes endemoniados.

No faltan imágenes anatómicas que repelen los ojos culpables del censor, como los grabados de Antoine Galien, del siglo XVII, en los que se ven escenas un tanto grimosas que han sido burdamente emborronadas. Ahí es donde las tachaduras son más contundentes, más espesas, no fuera a ser que se viera alguna inmundicia.

Joan Fontcuberta ha evolucionado en su vida creativa desde sus obras de alma vegetal, de los años 80, hasta la recuperación de lo ya existente para recrearlo, hacerlo suyo, ponerle el sello personal.

Se lo ha dicho a la radio: trata de recuperar “unos recursos gráficos que tienen una proyección en lo plástico”, dice el artista, para no acrecentar el volumen de imágenes ya existentes. Por eso ha recorrido archivos de toda Europa, España incluida, en los que ha ido atesorando estas imágenes que él se encarga de sublimar para mostrar al espectador.

Fontcuberta logra que una se fije en las líneas censuradas del gran humanista Erasmo, a través de cuyas tachaduras aún pueden leerse las letras, de modo que, como escribe John Ralston en el libro: “Las palabras no se borran, no pueden ser borradas; como la realidad, permanecen detrás de la ilusión de la tinta negra”.

Muy instructiva exposición sobre todo si se toma en actitud meditativa. Llama la atención que el Arts Santa Mónica y el PEN catalán se empeñen en desterrar el castellano de los textos porque deja una paradójica sensación de censura, pero es la política impuesta por la Generalitat, de la que depende el centro. Y, como muestra la exposición, el poder no oculta sus temores.


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