Elena Poniatowska, la Vieja Dama de las letras

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Elena Poniatowska, ayer martes, en su casa de Ciudad de México. / Alex Cruz (Efe)
Elena Poniatowska, ayer martes, en su casa de Ciudad de México. / Alex Cruz (Efe)

Horas antes de la concesión del Premio Cervantes los rumores eran constantes, como todos los años, y de buena fuente, como todos los años. Finalmente, el galardón ha sido dado alguien que ni siquiera había aparecido entre los posibles candidatos. La cosa parecía dirimirse entre Sergio Ramírez, de los que muchos pensaban que no era autor de una obra de probada excelencia para un premio tan importante, el de mayor calado en nuestra lengua, y algún poeta de enorme calidad como el venezolano Rafael Cadenas, que cuenta entre nosotros con muy pocos lectores. Por otro lado había quien afirmaba con cierto escándalo que el Cervantes solamente había recaído en tres mujeres  a lo largo de su existencia, y los que gustan de la buena literatura pensaron de inmediato en Ida Vitale, poeta uruguaya de probada pluma e inspirado verbo, y de Fina García Marruz, poeta cubana, esposa de Cintio Vitier, y grandísima escritora aunque, bien es cierto, muy poco conocida.

Para colmo, José Manuel Caballero Bonald, después de que el ministro Wert anunciara la concesión de Premio a Elena Poniatowska, afirmó que le extrañaban algunos nombres que habían aparecido horas antes en los medios de comunicación porque ni siquiera eran candidatos. Eso lleva a pensar que cuando algo se niega es porque algo acontece. En cualquier caso esta concesión es un buen Premio y pasa, con marcada inteligencia, por muchos escollos, los principales, la poca popularidad de muchos de los candidatos, la falta de calidad de alguno de ellos y, desde luego, el que solamente se diera tres veces el galardón a mujeres. Elena Poniatowska es mujer de marcada fama, sobre todo en los setenta, donde su estrella brilló como pocas, y posee una excelentes escritura. Para finalizar, es una reconocida periodista en el ámbito internacional y con ello el Cervantes parece abrirse a experiencias literarias menos convencionales. Desde luego, ya digo, es una concesión inteligente.

Asistí  a la concesión del Premio Biblioteca Breve a Elena Poniatowska con motivo de su estupenda biografía novelada de la pintora Leonora Carrington, Leonora, y supe que había sido una suerte que esta mujer, que había representado al gran periodismo de calidad en la década de los setenta y ochenta, por aquello de los abismos generacionales fuera ahora una mujer poco conocida en España. Me di cuenta que Leonora era en cierta forma su resurrección como escritora y me alegré por ello. Creo que esta concesión lo que ha hecho ha sido reconocer una labor de primera en un país, México, que representa ahora mismo la esperanza de la lengua española en el mundo.

No creo que Elena Poniatowska sea una novelista de enorme fuste, desde luego menos que la otra Gran Dama de las letras ibéricas, Nélida Piñón, pero esa combinación entre periodismo y literatura hacen de ella algo único. Ahora que está tan de moda volver a reconocer a los popes del Nuevo Periodismo, los Truman Capote, los Tom Wolfe, los Norman Mailer, lo que es justo, no estaría de más saber que en nuestra lengua tenemos libros de envergadura similar o mayor que la de estos escritores anglosajones de renombrado prestigio. La Poniatowska escribió, así, a bote pronto, alguno como La noche de Taplelolco, donde la escritora narra la matanza de la Plaza de las Tres Culturas aquel 2 de octubre de 1968 que supuso un antes y un después en la vida de esa nación y donde relataba cosas estremecedoras y, de paso, demostraba que frente las cifras oficiales de muertos, unos 20, en realidad se había asesinado a 65 personas. O recordemos, también, Nada, nadie, las voces del temblor, extraordinaia crónica del terremoto que asoló el D.F. el 20 de septiembre de 1985, con tan buena pluma y fortuna que es libro referencial de aquel suceso traumatizante en el habitante del Distrito Federal; o El tren pasa primero, sobre las huelgas ferroviarias de  1958 y 1959 y su estrepitoso fracaso debido a una represión feroz. En realidad es una biografía de enorme calado del líder sindical Demetrio Vallejo. Ficción y realidad, como siempre en Elena Poniatowska se unen en feliz maridaje, en maridaje único.

También cómo no, Leonora, quizá la mejor biografía novelada de una de las pintoras más originales que dio el movimiento surrealista, amante de  Max Ernst, amiga de la escritora, fumadora empedernida de cigarrillos, residente en México desde la posguerra y que, de seguro, no leyó nunca el libro de su amiga dedicada a ella porque no le importaba nada referente a su persona. Eso me lo contó la misma Poniatowska con ánimo divertido. Así es ella.

Héléne Elisabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, princesa, nació en París pero a consecuencia de la II Guerra Mundial, su familia, de origen polaco, y, por lo tanto, aristocrática, emigró a  México. Con esos orígenes es lógico que esta mujer llevara una vida fantástica, pero de otro calado. Adscrita a un ideario de izquierdas, su obra es crónica viva de su país, México, desde hace más de cincuenta años y, gracias a ello, ha conseguido que lo que parece desgraciadamente suceso presto al olvido haya llegado, gracias  a la calidad de su escritura, a ser sujeto y parte de la historia cultural y social mexicana.

Con estas Viejas Damas, la Piñón, la Lessing, la Vitale, Fina García Marruz, Elena Poniatowska, no hay quien pueda. Están siempre ahí, al pie del cañón.

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