La memoria de un editor único

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Cubierta del libro.

He conocido a Mario Muchnik desde hace muchos años, aquellos en que tuvo, y tuvimos, la suerte de que le dio por publicar a un tal Elías Canetti, al que luego dieron el Premio Nobel de Literatura y he pasado momentos muy agradables con él y su mujer, Nicole. He leído los tomos de sus Memorias, de la que El Aleph, que fue invento suyo, acaba de publicar Ajuste de cuentos, su última entrega, y creo que estos libros merecen estar a la altura de otros míticos de míticos editores, como el que publicó el mismo Mario Muchnik de Giulio Einaudi, las de Gaston Gallimard, Jean Jacques Pauvert o las de André Schifrin. No exagero, en cierta manera, junto a su padre, Jacobo, a Carlos Barral y unos cuantos que pueden contarse con los dedos de la mano, el último fue probablemente Manuel  Fernández Cuesta o Gonzalo Pontón, por poner ejemplos recientes.

Mario Muchnik es muy crítico con la suerte del libro en el futuro, pero estos lodos vinieron de aquellos barros y este editor lleva años criticando un sistema donde el contable es el dueño de la editorial y la literatura ha quedado preterida por la técnica y las ventas. Recuerdo hace unos años, en la Feria del Libro de Frankfurt, fue el año en que España era el país invitado y nos dio por poner en el logo la imagen de Quevedo y había que explicarles  a los alemanes que no, que no era Cervantes, y que aquella silueta correspondía a uno  de los grandes poetas de nuestra historia literaria, lo incómodo que se encontraba Mario Muchnik en aquel enorme recinto porque sólo se hablaba de dinero, pasando el contenido del libro a otra vida en favor de un supuesto valor del mercado que es tan volátil como la propia palabra parece indicarnos.

Mario dice que es el editor más despedido de Europa, y lo dice con cierto orgullo de viejo nada resignado, ya que ha visto, son palabras suyas, escritores con primeras obras de valía que, más tarde, cuando han adquirido cierta fama, llevan en la mano izquierda el contador de la pasta, o cosas aún más increíbles, como aquella propuesta de que publicaran las memorias de un señor, no dice quién, por cincuenta millones de pesetas. Mario Muchnik piensa que ni las memorias de Dios valen eso. Así le ha ido.

Pero Ajuste de cuentos es un libro donde se aprende de edición pero no es, afortunadamente, su querencia. Creo que lo mejor para gozar de este libro es saber con quién tratamos y dejarnos llevar. Sólo de ese modo conseguiremos sacarle jugo, verdadero jugo de un anecdotario precioso, como el que, recuerdo, publicó en su anterior entrega sobre su experiencia en la Guerra de los Seis Días. Cuando se enteró del comienzo de las hostilidades, Mario Muchnik se encontraba en Londres y se presentó en la Embajada de Israel para luchar por la causa. La secretaria que llevaba la cuestión estratégica del voluntariado le encomendó que se fuera al pub de la esquina y trajera cervezas y sandwichs. Y esa fue la aportación de Muchnik  a la famosa guerra heroica que ha pasado a los manuales de historia. Esa ironía, tan judía, es cierto, pero también tan británica, es una constante suya, pero lo curioso de todo este asunto, aquello por lo que se le nota, a pesar de los años que lleva en España, que Mario Muchnik no puede ser español es que lo trágico y lo aberrante le es ajeno y por muchas anécdotas bestias que quiera contar no le sale el imaginario cainita de nuestro pueblo.

Un ejemplo tomado del libro: a Mario Muchnik le gusta describir la anécdota aquella de la muchacha soviética que fue reprendida porque mientras se lavaba las axilas alguien creyó que estaba haciendo el saludo fascista. Para Mario Muchnik ello representa las dos grandes miserias que le tocó vivir a su generación, el comunismo y el fascismo. Hay que decir que la metáfora de la muchacha soviética actúa con cierto lirismo. Hay otra, esta vez de La forja de un rebelde, de Arturo Barea, donde se cuenta que él mismo, en aquel largo noviembre de Madrid, estuvo  a punto de ser fusilado porque un grupo anarquista, de refilón, le vio hacer el saludo fascista. En realidad era Arturo Barea que le estaba explicado  a un conocido lo grande que había encontrado  a su hijo y con el brazo indicaba la altura. Pero Mario Muchnik tiene esa ventaja, adolece de cierta tradición cainita española. Por eso, por mucha miseria que cuente, su ironía judía aliada a cierta educación cosmopolita le salvará del puro y duro horror. De la crudeza

Un escritor como Joseph Conrad, autor por el que Muchnik siente algo más que una pasión, en todo este tipo de atracciones fatales se cruza siempre la idea del destino compartido, escribió una bella nouvelle,  La línea de sombra, que es una de las descripciones más certeras y bellas que se han escrito sobre esa imperceptible línea que es el paso de todo hombre de la juventud a la edad adulta. Mario Muchnik ha querido dar fe de su particular línea de sombra en este libro, que inteligentemente cambia el consabido “cuentas” por “cuentos”, a que puede dar lugar el título,  ya que sabe que la memoria no deja de ser un relato más o menos bien contraído que es sombra perpetua de lo que realmente aconteció.

Pero contado sin asomo alguno de gravedad porque para Mario Muchnik la gravedad está alejada de la vida y, además, tiene miedo de ella. Así, cuando intenta explicar las razones de  su definitivo arraigo en Europa, cuando se estableció en Roma. Desde luego los motivos son varios, desde que Perón no reconocía las licenciaturas en Estados Unidos, pasando por la dictadura de su país y… ¡la hermosa visión de Gregory Peck y Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma, que le hizo decidirse por dar el salto a la capital romana!  Eso le unió a Europa. La prioridad de las motivaciones de tal huida el autor no la tiene clara.

Sí en lo que respecta al amor, pues fue otra película, Los amantes, de Louis Malle, lo que le llevó a Nicole, su actual pareja, la compañera que siempre le hemos conocido… Tal es el tono general de estas memorias y que le lector debe creerse a pie juntillas, como cuando cuenta que se dio cuenta que había llegado a la línea de sombra de que habla Conrad, de que se había hecho adulto, cuando en la Universidad de Columbia, donde estudió Físicas, cayó en la cuenta que sabía cosas vetadas a sus padres.

De esta materia esta hecha esta memoria. No es poco.

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