El Greco de los paseos por Toledo

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Cristo abrazado a la cruz
Cristo abrazado a la cruz, de El Greco / Wikipedia

Este año de 2014 es el Año Greco  en que se conmemoran 400 años desde la muerte del pintor en Toledo, la ciudad a la que perteneció en cuerpo y alma, durante la última mitad de su vida. Dos exposiciones muy importantes, en marzo y junio, celebrarán que haya existido una vez un genio tan distinguido.

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Decir El Greco ha sido como decir Toledo. Es verdad que en su biografía artística pesa mucho Venecia pues fue la ciudad donde fijó el cretense su creación pictórica, siguiendo la estela de su adorado Tiziano, como tan bien relata Carmen Garrido en su libro, El Greco, pintor, que está a punto de publicar el Museo del Prado.

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Destaca Garrido que el pintor depuró en Toledo su estilo que había aprendido en Roma y Venecia e inventó su propio lenguaje, imposible de confundir con el de otro pintor de la época. Había llegado rebotado de la península itálica, donde su fuerte carácter, que animaba un espíritu crítico sin concesiones, le había enrarecido el ambiente.

Qué buena suerte que en España reinara un rey admirable como Felipe II, el más poderoso del orbe conocido, y el mejor cliente de Tiziano, porque fue una razón decisiva para que el Greco se encaminara hacia aquí.

Y qué buena suerte que parte de los notables toledanos y parte del clero fueran admiradores del cretense y le animaran en su trabajo, porque eso debió influir en que se estableciera en la ciudad y montara su taller, una vez aburrido de los engorros de la corte y en busca de cierta independencia.

Es el aire de Toledo, su invisible atmósfera espiritual de volúmenes intuidos, lo que parece dar a Domenikos impulso para crear esos espacios tan propios, inconfundibles, en sus cuadros.

Parece que la sociedad toledana desconfió algo de él, como de hecho sigue haciendo de los extranjeros. Hay que comprender que Toledo es una ciudad eternamente invadida de extranjeros, como le pasa a Venecia, y es comprensible que se haya instalado desde hace cuatrocientos años una costumbre de sutil desdén, como el que se siente por aquellos que no pertenecen al clan familiar. Nada grave, en todo caso, me parece.

De niña, veía sus cuadros y veía las calles de Toledo, el río, la catedral, las sinuosas callejas estrechas y sin salida, los patios ocultos, silenciosos. Los cielos de nubes rotas por la tormenta, que parecían abrir un espacio ignoto, ante el que una permanecía expectante por lo que pudiera aparecer en cualquier momento.

¿En blanco y negro? No, claro. La ciudad parece en blanco y negro después de dejar que los verdes, azules, rojos del Griego tinten las pupilas de quien los contempla.

Los rostros retratados por El Greco, tanto los que corresponden a figuras relevantes como aquellos que pertenecen a apóstoles o a personajes que menudean en los grandes cuadros, pueden verse vagando por las calles toledanas o a través de un escaparate de la calle Ancha, uno de esos que venden objetos damasquinados.

Es raro que Toledo haya tenido que esperar tantos años para que se vea una exposición importante de El Greco. Ha sido una ciudad despreciada por la modernidad; desconocida, parece a veces, excepto por los turistas japoneses que se la toman muy en serio.

Aunque es muy posible que algo que ver tenga la pereza oficial por considerar español al pintor, que hablaba una jerga entre italianizante y española, y que pintaba “raro”. Según recoge Fernando Marías,  no fue hasta 1902 que se organiza una exposición de El Greco, en Madrid, y hasta 1910 que se le reconoce como pintor español por el Museo del Prado.

Se me hace imposible separar El Greco de Toledo, Toledo del Griego, sus rostros de pupilas brillantes. Después de años de trabajo incansable, murió pobre el pintor que ahora cruzará fronteras por todo el mundo. La paradoja alimenta constantemente la existencia humana. El círculo quizás se cierre este año 14, cuatrocientos después de que Theotokópulos cerrara para siempre sus divinos ojos –que siempre imagino como los que le puso al Cristo abrazado a la cruz- un día de abril en la ciudad que lo envolvió hasta casi ocultarlo a los ojos del mundo.

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