JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 16:16

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Varias personas observan el vídeo de Bill Viola ‘El quinteto de los silenciosos’ en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid). / Efe

En Madrid hemos asistido esta semana a uno de esos eventos cargados de enorme expectación mediática, si se le puede llamar así a algo que tiene que ver con el mundo de la cultura. Bill Viola apareció en la ciudad para inaugurar una exposición en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y, de paso, asistir a la representación de Tristán e Isolda, de Richard Wagner , en el Teatro Real, representación que tendrá lugar entre los días 12 de enero a 8 de febrero en la producción concebida por Peter Sellers y Viola para la Ópera de París en 2005. Un lujo, sí, pero un lujo lleno de enormes cargas emocionales, algo que es esencial en el trazado artístico de Viola. Richard Wagner, uno de los grandes compositores del siglo XIX es artista proclive a Viola. No digamos nada su Tristán e Isolda, que se reveló desde su primera representación como la gestualidad perfecta de la pasión. Buñuel, no sólo, lo vio claro en La Edad de Oro. Ese bello gesto de absorber el dedo de la estatua en el jardín mientras suenan las notas referentes al amor y muerte de Isolda es una de las escenas más hermosas del cine en tanto representación del deseo. Viola lo hubiera firmado. Como es hombre de ahora ha realizado un video de cuatro horas de duración sobre la obra. Algo desmesurado que hubiera aplaudido el propio Wagner.

Porque en realidad este videoinstalador, una de las referencias mundiales, es también uno de los artistas que mas han salvaguardado el gesto místico. De hecho, en la rueda de prensa que ofreció en la Academia de Bellas Artes, habló, alto, espigado, delgado, como una figura del Greco tan cual, del descubrimiento de San Juan de la Cruz y de qué manera el poeta ha sido uno de sus grandes referentes culturales.

No es de extrañar, así, que tanto Richard Wagner, intérprete del Romanticismo tardío, se emparente con el tenebrismo del Barroco y que Viola, que indaga en el sufrimiento, la desesperación, también, lo apacible, encuentre idóneo un diálogo con el compositor alemán, sí, pero sobre todo con en Barroco, con el Barroco español, tan de claroscuros.

De hecho,al entrar en una de las salas del Museo, se topó con el Cristo Crucificado, de Alonso Cano, y no se le ocurrió otra cosa que afirmar que había tenido una de las experiencias más increíbles de su vida y que quería hacerse una casita en ese mismo lugar para poder vivir permanentemente ahí. La frase es engañosamente mediática y está teñida de cierta ironía y resignación, sobre todo de humor, pero Viola es sincero. La mística española le sobrecoge.

Viola ha instalado un video llamado El quinteto de los silenciosos, y se accede a él pasando antes por un San Jerónimo, de José de Ribera, que surge de una covacha. Quizá la casita de Viola tenga mucho que ver con esa choza como metáfora: hay que tener en cuenta el cruce dramático de las luces presentes en ambos artistas a pesar de los siglos que les separan.

Estas dos obras podrían resumir a la perfección lo que nos vamos a encontrar en esta muestra que estará entre nosotros hasta el 30 de marzo, porque hay que verla como un diálogo entre artistas pero, desde luego, no en una sola dirección, ya que Viola no se ha inspirado directamente en ninguna de estas obras sino en su alma, diríamos, y ha colocado sus vídeos como idóneo acompañamiento del tenebrismo barroco y casi romántico. No olvidemos que por ahí ronda un Goya.

Viola comenzó a interesarse por los clásicos a raiz de la muerte de su madre. Esto lo reconoció ante dos de los cuatro videos que ha instalado, Montaña silenciosa, de 2001, y Dolorosa, de 2000. Hasta entonces, digno representante de una nación volcada hacia el futuro, dejó de pensar en el progreso y se volcó hacia el pasado. De ahí surgió ese interés, porque se dio cuenta que la vida era demasiado corta, que debemos ayudar a los demás, y que la tecnología no resuelve, en puridad, nada. Esa muerte le sirvió para entenderlos pues, hasta entonces, no le decían nada en absoluto. Viola es hombre de emociones desmesuradas. De ahí que los vídeos instalados en el Museo de Bellas Artes posean esa carga casi insoportable de preocupación, dolor, sobre todo dolor, amenaza, derribo…

Resulta curioso asistir a ese diálogo entre los tenebrstas españoles , de enorme y larga tradición católica, y la expresividad de Viola, que viene de la tradición puritana que divide el mundo entre elegidos y condenados por ellos mismos. Quizá algo de esa empatía les venga de la compostura y el donaire, un invento de la Contrarreforma española que impulsó el Conde Duque de Olivares, que creó una moda severa y puritana donde la compostura es fundamental como norma de vida, al igual que el decoro y la aproximación a lo real. La fantasía como herejía donde no cabía el goce que se experimenta. De ahí el negro como color dominante. Algo que fascina a Viola porque es el color del dolor y porque enmarca los profundos sentimientos de la persona dentro de su intimidad, los reduce dentro de unos límites muy establecidos, casi de gesto pietista.

Porque la experiencia vital íntima es el verdadero tema de esta exposición: oscuridad, luz, hombre, mujer, vida y muerte… Viola se muestra eufórico ante los contrastes porque sin ellos su obra no sería creada. Es su justificación.

Y lo cierto es que la temporada artística madrileña ha comenzado el año con evidentes signos tendentes al Barroco. Miremos al Thyssen y su muestra de El Greco dentro del IV Centenario de la muerte del pintor. Atendamos a esta muestra de Bill Viola que es de lo mejor que nos depara el año dentro de las exposiciones de presupuesto medio Una exposición, por cierto, donde han contribuido el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y el Banco Sabadell.

Este doblete de Viola es excelente, excepcional. De lo mejor que nos ofrece Madrid ahora. Lo que no es poco.

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