Paul Cézanne, lo que valen las cosas al aire libre

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Botella, garrafa, jarro y limones (1902-1906) Paul Cézanne. Museo Thyssen-Bornemisza. / Wikipedia
'Botella, garrafa, jarro y limones' (1902-1906), Paul Cézanne. Museo Thyssen-Bornemisza. / Wikipedia

El Museo Thyssen Bornemisza inaugura temporada en el presente año con una de las grandes exposiciones que tendremos la oportunidad de ver en Madrid a lo largo de los próximos meses, quizá junto a la de El Greco en el Museo del Prado. Es una retrospectiva dedicada a Paul Cézanne considerado el padre fundador de la pintura moderna, que estará dedicado al paisaje y las naturalezas muertas. La muestra se inaugurará el 4 de febrero y finalizará el 18 de mayo. Se exhibirán 58 pinturas de Cézanne, lo que no deja de ser una buena representación, casi como la que tuvo lugar en Madrid treinta años atrás, y 10 de artistas vinculados a su estética y a su tiempo, como Gauguin, Pissarro, Braque o Derain.

Para Guillermo Solana, director artístico del Thyssen, “Cézanne se convirtió en el pintor más influyentesde la primera mitad del siglo XX”. Pero lo cierto es que nada parecía presagiar tamaño destino. Desde luego porque fue durante cierto tiempo el último de la fila de los impresionistas, que estaban muy pagados de sí mismos y hacían piña alrededor de una escuela que rompió los moldes tradicionales de la pintura, del modo de ver, y también por su carácter rezagado, discreto, donde su fortuna personal tuvo, casi seguro, que jugar a favor de cierta independencia excéntrica y por tanto, acomodarse mal a las exigencias de un grupo. Eso llevó a la crítica a considerarle un rezagado, un marginal, hasta que Ambroise Vollard le dio la oportunidad de exponer y es a partir de aquella primera muestra cuando nace la leyenda de Paul Cézanne como el pintor moderno por excelencia. El apoyo, como siempre, fue propiciado por los jóvenes pintores del momento.

Una anécdota retrata bien a las claras que Paul Cézanne, todavía a finales de la Gran Guerra, era exclusivo de ciertas elites. Cuando John Maynard Keynes tuvo que ir, al finalizar la guerra, a París comisionado por el Gobierno Británico, a su regreso a Londres se trajo un par de Cézanne que había comprado para Virginia Woolf, amiga y componente del Grupo de Bloomsbury. Si un británico como Keynes compraba Cézanne, eso sólo podía significar que para los hombres que estaban rompiendo moldes la figura del pintor era ya bien conocida y que, además, había logrado trascender las fronteras nacionales.

Cézanne es el pintor al aire libre por excelencia, el pintor de los paisajes y naturalezas muertas pero donde el tiempo ha sido abolido. Su catálogo, compuesto por unas mil obras, comprende unos quinientos paisajes, y, luego, a gran distancia, las naturalezas muertas. Tamaña pertinencia y obsesión es lo que ha querido recoger esta muestra del Museo Thyssen.

Cézanne se carteó con grandes artistas y escritores de su tiempo. En una carta a Èmile Zola llega a decirle al novelista que las “pinturas de gabinete nunca llegarán a valer lo que valen las cosas al aire libre”. Lo curioso, lo que impacta al ver esta exposición es la mezcolanza de gestos propios de un género en otro. De esta manera, Cézanne introduce elementos únicos de las naturalezas muertas en los paisajes y al revés. El efecto es raro, sorprendente, pero en pintor tan cerebral la cuestión es poco menos que evidente: los volúmenes determinan la visión y los volúmenes están ahí, estáticos, configurando las cosas, incluso los supuestamente cambiantes paisajes. De ahí esa sensación de que ha sido escamoteado el instante preciso del tiempo en sus lienzos paisajísticos. Algo cierto, siempre que tengamos en cuenta que para Cézanne lo primordial era el orden de la naturaeza muerta. Por eso esa razón de temporalidad, que es, quizá, de donde provenga, junto a resaltar los volúmenes, donde se fije la tendencia a lo geométrico de la pintura moderna. En Braque y el cubismo la influencia es clara, dominante.

La muestra comienza con la visión de Retrato de un campesino, una de sus últimas obras, y que Guillermo Solana considera que contiene el espíritu de la muestra por el lugar donde fue pintado: la terraza del estudio del pintor en Aix en Provence, que refleja una transición entre el aire libre y el estudio.

La llamada Curva del camino es el espacio que el visitante se topará después: consta de varias pinturas donde el camino se hace recoveco y no lleva a parte alguna porque el espacio se muestra cerrado.

Luego la sección dedicada a los bañistas y que poco o nada tiene que ver con la realidad, ya que todos son inventados. Es la parte fantasiosa de un pintor poco dado a ello cuyo rigor con el volumen poseía cierta visión casi puritana del arte.

A continuación la relación entre las naturalezas muertas y el cuadro de la montaña Saint Victoire. Aquí el espectador se da cuenta de la estrecha relación entre los paisajes y las naturalezas muertas. Es la parte central de la muestra, también la más didáctica.

Todo ello sólo puede reseolverse en un modo de pintar que tiende a la arquitectura, el Cézanne de los últimos años, el de las versiones que hizo del pueblo de Gardanne. De aquí al cubismo no había más que un paso, y breve, además. Con esta constatación finaliza la muestra, didáctica y precisa.

Una muestra que ha sido bastante costosa por los seguros que se han tenido que pagar por los cuadros, y que será junto a la de arte pop, Mitos del pop, ya para el verano, la gran apuesta del Thyssen para este año. Un gran comienzo.

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