Odesa, la ciudad que contempla a Crimea

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Un grupo de manifestantes prorrusos se manifiesta ante el Parlamento de Crimea, en Simferópol, el pasado día 28 de febrero. / Alexey Furman (Efe)

Crimea vuelve al escenario mundial, tras el sueño de casi 70 años que la mantenía oculta a los ojos de la opinión pública. La célebre fotografía de los acuerdos de Yalta, de 1945 -en la que aparecen un satisfecho y regordete Churchill, un evasivo Roosevelt y el temible Stalin-, tiene el color del polvo del tiempo pasado. En España se habla de Sebastopol como un lugar imaginario que sirve para construir la frase esto es así, aquí y en Sebastopol, por ejemplo, pero poco más.

Mientras escribo esto, suena en Radio Clásica la Primera Sinfonía de Gustav Mahler, su tercer movimiento, que parece acompañar los augurios provocados por los acontecimientos que arrastran a Ucrania y Rusia a un enfrentamiento si nadie lo impide. Esa agitación ucraniana nos ha recordado que Sebastopol es una base militar rusa importantísima, a la que ni Putin ni Medvedev están dispuestos a renunciar. Helenizada y romanizada, Sebastopol fue fundada por Grigori Potiomkin, el que dio nombre al acorazado del que hizo una película inolvidable Serguei M. Eisenstein.

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Por razones estratégicas, Sebastopol sigue siendo una golosina desde que la asediaran ingleses y franceses, a mediados del XIX, en la Guerra de Crimea, como cuenta divinamente León Tólstoi (Relatos de Sebastopol y, sobre todo,  Guerra y Paz). En la Segunda Guerra Mundial tan así resistió que mereció el nombre de Ciudad Heroica. Los rusos cedieron a la joven Ucrania la ciudad, en 1997, a cambio de que les permitieran conservar la base militar, su legendaria Flota del Mar Negro, hasta 2042, y aquí está parte del lío.

Frente a Sebastopol, mirando el mapa a la izquierda, se encuentra Odesa. Tan importante lugar ocupa que no sería de extrañar que las tortas llegaran hasta allí, no lo quieran las gentes sensatas. Odesa y Sebastopol están unidas por la memoria del príncipe Potiomkin, ya mencionado, y por la de José de Ribas, que ayudó a Potiomkin a montar la Flota del Mar Negro, en Sebastopol; un conde español al servicio de la emperatriz Catalina la Grande, cuya figura acompaña la de la zarina en un monumento del centro de Odesa.

José de Ribas, junto a otros notables,
José de Ribas, junto a otros notables,en el monumento a Catalina la Grande, de Odesa/ Wikicommons

Pero, ¿por qué hay un español en un monumento de Catalina la Grande? Pues por la razón simplísima de que de Ribas es el fundador de Odesa. Su biografía recorre una peripecia propia de novela de aventuras, como le pasa a un buen número de españoles del XVIII, muchos, militares, desconocidos para la mayoría de nosotros, como Blas de Lezo y tantos otros. Como el de Lezo, de Ribas peleó en batallas que acabaron en la derrota de fuerzas británicas y francesas, aunque el segundo lo hiciera en servicio de la zarina de todas las Rusias.

Aleksandr Pushkin, que residió en la ciudad durante un tiempo, la definió como “la más europea de las ciudades rusas”. Por cierto que la escalinata que saca Eisenstein en El Acorazado es signo de identidad de Odesa. Es una ciudad turística, de aires mediterráneos y arquitectura entre afrancesada e italianizante, como era la moda cuando la construyó de Ribas.

A la muerte de Catalina, José de Ribas, que disfrutaba de su confianza hasta el punto de pertenecer a su círculo más íntimo, perdió influencia y encajó serios reveses que acabaron con su vida prematuramente en San Petersburgo.

Y ahora, su querida Odesa contempla, desde la orilla del Mar Negro, la insoportable levedad de la calma chicha en esa región estratégica. Alma rusa, como la de Sebastopol, entre almas encogidas por el temor y por muchas afinidades de imperdonable rusofilia -no confundir con putinofilia, por favor-, como la mía.