La Generación que quiso modernizar España

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Ramón Gómez de la Serna presidiendo la Tertulia del Café del Pombo (1932). / Alfonso (bne.es)
Ramón Gómez de la Serna, con pipa, en el centro, presidiendo la tertulia del Café de Pombo (1932). / Alfonso (bne.es)

Con la presencia del Príncipe Felipe y la del Ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, se inauguró en la sede de la Biblioteca Nacional, estará entre nosotros hasta el 1 de junio, la exposición Generación del 14. Ciencia y Modernidad, que quiere rendir homenaje a aquella generación de intelectuales y científicos que nacidos alrededor de 1880 intentaron modernizar el país, acercándolo política y socialmente respecto a los modelos que imperaban en Europa. Aquellas figuras, clásicos ya de la literatura, el pensamiento y la ciencia españolas, se unieron en torno al discurso Vieja y Nueva Política que en el Teatro de la Comedia de Madrid pronunció José Ortega y Gasset. Fue entonces cuando se dieron a conocer escritores como Juan Ramón Jiménez o Ramón Gómez de la Serna, aquel que bien puede decirse fue el primer moderno de aquel tiempo, aquel que se inventó el hombre anuncio. Es entonces cuando comienza su actividad la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu, donde se acogió a Margarita Nelken y Clara Campoamor, pioneras del feminismo en España.

De allí salieron figuras como el ya citado Ortega, pero también Gregorio Marañón, Manuel Azaña, Julián Besteiro, Manuel García Morente, Eugenio D´Ors, Pi y Sunyer. Una lista para marear. De ahí que Teresa Lizaranzu, directora de Acción Cultural Española, que patrocina la muestra, y Directora de Política e Industrias Culturales y del Libro, recalcase con cierta satisfacción en la presentación de la muestra que esta exposición sea probablemente la más dotada de las que habrá lugar este año en recuerdo de esa generación. Y seguro que así será pues no es fácil reunir más de trescientas piezas entre cuadros, libros, manuscritos... , legados por la Fundación Ortega Marañón, la Residencia de Estudiantes, diversos Museos de Arte Contemporáneo, como el Reina Sofía, la propia BNE, ofreciendo de este modo un panorama bastante justo de lo que fueron aquellos decisivos años en que España dejase atrás la política de la Restauración y se embarcase, en plena Guerra Mundial, en un proyecto de modernización que culminó en la proclamación de la República. La muestra ha sido comisariada por Antonio López Vega aunque han participado historiadores como Juan Pablo Fusi, científicos como José Manuel Sánchez Ron, o figuras como José Labrero o Carlos Pérez García, que falleció el pasado año sin haber podido ver corporeizarse la muestra en la que tanto contribuyó con su trabajo en que saliera a la luz.

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Antonio López Vega recalcó la importancia que esta generación tuvo en el redescubrimiento de América, donde, alejados de la retórica de la Hermandad de Raza de la Restauración, construyeron vínculos de cooperación científica y cultural, estableciendo un hilo que tiene mucho que ver con la política actual de nuestras instituciones respecto a América. Faltó, creo, por aquello de exagerar las virtudes de lo que se presenta, una clara referencia al papel jugado por la generación anterior, la que contempló el desastre colonial, la del 98, en especial la figura de Miguel de Unamuno, y, por supuesto el papel decisivo que jugó años más tarde, esta vez sí, modernizando América, nuestra España Peregrina.

Porque esta muestra, con ser importante, se ha forjado desde una óptica muy precisa, la del ideario liberal, con incursiones en el arte, por aquí andan Le perroquet, de Joan Miró, o Arlequín y Polichinela, de Pablo Picasso, como obligado territorio neutral, pero donde se echa en falta, no ya el homenaje, sino el haber tenido en cuenta a otras figuras de la misma generación que en otros órdenes políticos, valga el sindicalismo, el socialismo, el comunismo o el ideario libertario, sin ir más lejos, contribuyeron a esa “otra modernización” de España preterida, dejada de lado, una y otra vez.

No atribuyo a mala fe esa omisión sino a cierto convencionalismo en la manera de enfocar el asunto de las aportaciones generacionales. Si se habla de Generación del 14, se recurre, ipso facto, a Marañón, Ortega, Azaña y Besteiro, ofreciendo al público actual la sensación de una generación de clase media alta de signo moderado que trajo a España a lo más granado del arte y pensamiento y ciencia de la época, desde Keynes a Albert Einstein pasando por Madame Curie, lo que es cierto pero no agota la cosa, antes bien la deja coja de alguna que otra pata.

En cualquier caso es una exposición obligada teniendo en cuenta el desconocimiento del público ante los logros conseguidos en aquellos años. Además, el material expuesto no está exento de alguna que otra emoción, el retrato de Azaña de Enrique Segura, los manuscritos de La rebelión de las masas, y de La España invertebrada, de Ortega, las caricaturas de Einstein que realizó el diario ABC con motivo de la visita del científico a la Resi. También cartas de Gregorio Marañón y de Ramón Pérez de Ayala, otro gran olvidado, escritas durante sus estancias en los Estados Unidos, país con el que esta Generación tuvo pocos encuentros, esporádicos y faltos de comprensión.

Azorín bautizó a esa generación como la de la “República de los intelectuales”, título lleno de inteligencia, sobre todo si tenemos en cuenta de que fue también uno de los responsables de haber bautizado a la suya como Generación del 98, la que tanto detestaba Pío Baroja. La definición de Azorín, si embargo, es la que ha promovido en cierta manera ese arraigo de la primacía de la cultura en la modernización, algo real pero que se queda en la espuma de lo visible, en cierta fantasmagoría donde se obvian los factores económicos, sociales, tecnológicos...

Es algo con lo que hay que contar. Recuerdo hace años una sobre el desastre del 98 en la que se exponía una cocina de la época. La cocina en cuestión era una rareza en la España de aquellos años, era una cocina urbana, de clase media, inmersa de modo incongruente en un país de clara economía rural. Pues bien, el público asistente cuyos abuelos habían sido emigrantes en los años veinte a las grandes ciudades industriales se tomaron aquella cocina como la que era común en esos años. Anacronismos en los que esta muestra de la BNE no cae pero en la que, insisto, se siguen produciendo omisiones sobre la época muy claras.

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