Goodbye, Mercedes

Mercedes Salisachs en el barco de Formentor,
Mercedes Salisachs en el barco de Formentor, 1959 / Archivo privado

Mercedes Salisachs ha muerto con las botas puestas, tras ver publicada su última novela, El caudal de las noches vacías (Martínez Roca), hace menos de un año. Lejos queda su Primera mañana, última mañana, (Planeta, 1955). Ha vivido 97 años que son muchos años, y aunque ha publicado unos cuarenta libros, aún decía que le quedaba mucho por escribir, “tengo tantas cosas que contar; he vivido tanto tiempo”. Pero, criaturas temporales como somos, la muerte la ha sorprendido y ya no puede seguir contando más.

A Mercedes Salisachs le gustaba repetir, últimamente, que era la escritora más longeva del mundo y que en España eso no era noticia pero que debería serlo. Era una mujer muy elegante, que estudió de forma exquisita y se graduó como perito mercantil, lo que no deja de tener su gracia. Lucía apellido de alta burguesía catalana y casó con otro alto apellido, de la casa Burés, con el que pronto tuvo poco en común, si exceptuamos cinco hijos. Eran apellidos de los cien que mandaban en Cataluña, antes de la llegada de los pequeñoburgueses Pujol y Cía, empeñados en convertirla en su patio trasero y su jardín.

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A Salisachs, que ha escrito libros por un tubo y ha vendido mucho y se la ha leído mucho, le importaba poco la familla y los premios, aunque obtuviera algunos, entre ellos el Planeta, por La gangrena (1975). Lo que la llenaba de satisfacción eran las cartas y los correos electrónicos que recibía de cualquier parte –“menos de Cataluña”, decía ella- y a los que correspondía puntualmente.

No se le perdona que fuera rica y de derechas, monárquica y castellanohablante. No soportan su sinceridad cuando recordaba las verdades que ahora retuercen los nacionalistas para fabricar su relato histórico particular. Ni que afirmara que «el tiempo de la República fue horroroso, aunque nadie lo sabe«. Por eso, apenas se leerá un suelto en algún rincón del diario de turno, no habrá elogios ni elegías. Nada de despliegue informativo, entre otras cosas, porque era una mujer muy discreta y poco dada a la autopromoción. Una rara avis en el mundillo literario, si es que eso aún existe.

Por eso, yo sí quiero recordarla, en pie, tras la alegre Carmen Martín Gaite, junto a otros escritores mucho más conocidos, que asistían a aquellas reuniones del Premio Formentor, cuando España era un país exótico y sin libertades. Delante de ella, Miguel Delibes, y a su lado, José Luis Castillo Puche. Sentados, Juan y Luis Goytisolo, Monique Lange, de espaldas; Florence, la hija de André Malraux, entre ellos. Italo Calvino, en proa, con Alain Robbe-Grillet y Maurice Cuandreau, el crítico y traductor francés, entre otros. Y ¿qué pinta entre tanto escritor consagrado la niña pija de Barcelona? Pues, entre otras cosas, ya había empezado a publicar, tras haber parido y criado a sus cinco hijos. Y, entre otras cosas, el barco en el que todos navegan, era suyo.

Mercedes Salisachs era una mujer elegante –ya lo he dicho-, poco amiga de la autocomplacencia y muy independiente. Pero era, además, buena persona, una cualidad que suele pasar desapercibida en los artículos sobre escritores. A lo mejor por lo que escasea. Escribía bien, sus libros se pueden leer mucho mejor que los bodrios que se ven en las estaciones y los aeropuertos de España y parte del extranjero. No era una escritora de primera línea, vale, pero, ¿quién lo es hoy día? Podrían contarse con unos cuantos dedos.

Imagino a MS como protagonista de una serie televisiva, tipo Dowton Abbey, deshilachando sus peripecias vitales y otras resultantes de su imaginación. Tendría mucho éxito, con una buena realización. No la llegué a conocer y lo siento. Leí, en su día, La gangrena y quizás sea ahora el momento de echarle una mirada a otros de sus libros, mire usted por dónde.