ELVIRA HUELBES | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 19:04

Portada del libro / Editorial Destino
Portada del libro / Editorial Destino

He aquí un libro escrito como catarsis pero también como vieja deuda con la cultura y sus mejores detentadores. He aquí una historia humana donde la barbarie es vencida por el conocimiento, a pesar de que demasiadas veces ganan los malos. La caza de los intelectuales, de César Antonio Molina (Destino, 2014), que subtitula La cultura bajo sospecha, es una cita, algo melancólica, con el eterno humano, el afán de inmortalidad no buscada sino más bien encontrada en el cultivo solitario del arte.

Pero a Molina le interesa indagar en las razones que llevan a un escritor, a un artista, a meterse en los asuntos de la política, como le pasó a él mismo, ministro de Cultura con el gobierno de Rodríguez Zapatero.

Bucea en las vidas de algunas personalidades históricas, de Cicerón a Spinoza, de Campomanes a Servet, con abundantes ejemplos de ilustrados españoles y franceses. O redundando en la cuestión judía, en elementos del mundo comunista –muy brillantemente expuestos con la obra y la biografía de Ceslaw Milosz– y en una cierta inconsciencia olvidadiza atribuida a John Steinbeck y su admiración bastante ciega hacia la URSS.

Dedica César Antonio Molina, algunas páginas a mujeres que también padecieron políticamente por dedicarse a la funesta manía de pensar y escribir, como Anna Ajmátova, o, simplemente, por el azar de ser judía, como Hélène Berr.

Escribe Molina, impresionado por una visita a campos de concentración, como el de Auschwitz-Birkenau; o inspirado ante los objetos evocadores de una exposición, como la de Jovellanos en Gijón, cuando el bicentenario de la muerte de quien fue ministro de Carlos IV, y que amó a España porque no le gustaba, en alusión a la pregunta retórica de Larra: “¿Quiénes son más patriotas, los que aman a la patria porque no les gusta o los que aman a la patria porque les gusta?”.

Y aunque todo el libro merece una lectura atenta, me gustan especialmente los capítulos dedicados a la cuestión en España, como el de Jovellanos, porque acierta el autor en tocar el lado más sensible con puntería admirable. Como cuando, aludiendo al “rufián” Godoy, escribe: “A España, a lo largo de los siglos, le han sobrado siempre Príncipes de la Paz, gobernantes incultos, soberbios y sumisos a todo lo que significara mantenerse en el poder a toda costa”.

O, cuando destaca la convicción del ideólogo del programa reformista de Carlos III, Campomanes, de que “la decadencia de las naciones se debía, entre otras cosas, a la falta de estudios científicos y económicos, así como a la falta de aplicación de los mismos”, algo en lo que coincidía con Jovellanos.

Como dije arriba, el libro es el brillante resultado de una catarsis por la que Molina se siente libre de los herrajes que su condición política le puso en el tiempo en que fue ministro. Además de un paseo intenso y apasionado por la historia, para el que se ha pertrechado de buena y extensa bibliografía.

Así que, cuando menciona el destino de Lamartine, en voz de Alain Minc según lo escribe en su historia política de los intelectuales, subraya justo este párrafo significativo: “Lamartine tiene más dignidad política hasta 1851 que Hugo, más valentía, más coherencia, pero no tiene la violencia interior que necesitan los hombres públicos para aguantar en medio de tales seísmos. Fue vencido por los profesionales”. Y añade Molina: “Los profesionales de la política, los funcionarios y burócratas de los partidos a los que les incomodan los versos sueltos como los de este poeta-político independiente e insobornable”.

El libro es desigual, en el sentido en que da la impresión de ser resultado de reflexiones a lo Montaigne –de quien, por supuesto, también escribe-, algunas veces, y compendio de biografías ejemplares, en otras. En todo caso, la voz de Molina es espontánea y concisa. Muy melancólica, como en la evocación de Rumi, en la que alude a que “no hay mejor amor que el amor sin objeto ni trabajo más satisfactorio que el que carece de propósito”.

Al autor le preocupa que los jóvenes se hayan lanzado a la web en busca de información y abandonen los libros donde se encuentra el conocimiento. Y también la crisis de valores creciente que le hace preguntarse si estamos esperando a los bárbaros o lo seremos ya nosotros mismos sin saberlo. Es posible que este libro haya desempeñado el papel de “las estancias del hospital donde se reparan las heridas invisibles”, que cierra uno de los capítulos más genuinamente molinianos: El odio a la cultura. Buena lectura.

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