Demasiado viejo para Jethro Tull

Jethro_Tull
Jethro Tull 2014. De izquierda a derecha, David Goodier, John O'Hara, Ian Anderson, Scott Hammond y Florian Ophale. / Cortesía de Madgarden Festival

Hay cierta prevención en acudir a un concierto de una banda mítica con treinta años de retraso. El espectador avisado sabe que ha pagado para ver una sombra de lo que fue, un vago eco del pasado. No sólo porque algunos grupos lleven consigo su propio geriatra, sino porque cierta vena del rock está traspasada de arriba abajo por la savia de la eterna juventud, de la rebeldía contra el sistema, del alcohol y las drogas, el malditismo y el pacto diabólico. Se hace muy cuesta arriba sostener esa fantasía infantil cuando quienes la promueven son, por ejemplo, un cuarteto de potentados que llevan varias décadas anunciando la retirada y que suben al escenario después de exhaustivos análisis médicos. Aun así, para los seguidores irredentos y las almas cándidas, la idea del pacto satánico todavía puede aguantarse cuando las luces estallan y cuatro vejestorios salen a escena ataviados con sus chaquetas estrafalarias. Para mí, se resquebraja apenas los inconfundibles maullidos y el estrépito a lata vieja atruenan desde los altavoces. Entonces queda claro que a estos el diablo ni se lo han presentado.

Jethro Tull, por suerte para ellos y para nosotros, nunca ha jugado a eso. Han sorteado el riesgo de la eterna juventud porque ya parecían ancianos en las portadas de sus primeros discos (el This was, el Benefit) de manera que es como si el tiempo corriera a su favor, presto a deshacer el equívoco. Ian Anderson, el líder incombustible de la flauta, aún aguanta en pie sobre una sola pierna, como una cigüeña enloquecida, aunque se haya recortado la barba, el pelo lo haya abandonado y se tape la calva con un pañuelo de pirata. La prevención, la mía al menos, viene de su voz, ese canto de sirena barbuda, pleno de transparencia, lirismo y cachondeo, que nos hipnotizó durante décadas hasta que un mal día se vino abajo. La leyenda negra dice que durante la gira del Under Wraps (precisamente uno de sus discos más flojos) el esfuerzo quebró las cuerdas vocales de Anderson, que nunca más llegaron a las notas altas. En justa correspondencia, tampoco la banda volvió a alcanzar jamás, salvo en la guitarra de Martin Barre, la excelencia de sus años dorados: John Evan en los teclados, John Glascock en el bajo, el arácnido Barriemore Barlow a la batería. Nunca hubo reemplazos para ellos, por bien que lo hicieran Dave Pegg, Andrew Giddins o Doane Perry. Pero la música sigue siendo tan buena que el diablo todavía debe estar lamentando el trato.

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Ian Anderson viene a Madrid, al festival Madgarden, en los jardines de la Complutense, el próximo martes, 8 de julio, acompañado por la última metamorfosis de la banda. Verlos va a ser, una vez más, un reencuentro con la nostalgia, desde aquella primera vez que asistí a un concierto en La Riviera, y mi novia de entonces, a quien había contagiado la fiebre por Jethro Tull, me señaló, perdido entre el público, a un juglar alto y melenudo con las mismas pintas de Anderson en los tiempos del Minstrel in the Gallery. Le dije que era Juan Carlos Molina, que había fundado Ñu en una metástasis hispánica del trovador escocés. Con flauta y todo. Para aumentar más la disonancia, un señor salió al micrófono y pidió a la audiencia que dejara de fumar, que el señor Anderson tenía la garganta delicada y le molestaba el humo del tabaco. Muchos abuchearon pero lo cierto es que la niebla ya había creado un ecosistema propio donde, en cualquier momento, desde el escenario, podía aparecer la proa de un barco fantasma. Lo que apareció, cuando se bajaron los humos, fue un avatar glorioso de la banda más extraña del rock, una aleación de blues, folk, barroco y progresivo, que durante más de dos horas rescató mi adolescencia perdida. Recordé lo que oí una vez, en aquel mismo escenario, a dos cincuentones que intentaban refrenar sus nervios antes de la enésima reencarnación de los Yes: "¿Sabes a quién le vi yo el primer LP de los Yes? ¡A mi padre, tío! ¡El Relayer!" Pensé: "¿Y qué cojones hace mi padre con este disco?"

La discografía de Jethro Tull es una cordillera con altibajos pero también con suficientes cumbres (el Thick as a Brick, el Aqualung, el Heavy Horses) como para empedrar una noche entera de canciones. En una de ellas, Anderson, que para algo es también uno de los grandes letristas de nuestro tiempo, estableció para siempre la paradoja del viejo rockero enfrentado a un público eternamente renovado, como Peter Pan volando a visitar a Wendy y al final llevándose a su hija. Una letra que le han copiado mil veces: "Era demasiado viejo para el rock’n roll, demasiado joven para morir”. Da cierto escalofrío pensar que la cantó por primera vez al cumplir los 30 y que la sigue cantando con la voz rota y el doble de años a cuestas. A lo mejor quienes son demasiado viejos para Jethro Tull somos nosotros.

kristiano32 (YouTube)