Maletas

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© Alejandra Díaz-Ortiz *

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Imagen: commons.wikimedia.org

Lo de terminar en una maleta, solo era cuestión de tiempo.

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Ya en mi niñez, me apasionaban las maletas. Mi primer recuerdo sobre ellas, es ver llegar a casa, después de un viaje de treinta horas, a la abuela. Arrastraba una maleta de cuero rígido, que más bien parecía de cartón, asegurada con dos correas tirantes y unas hebillas que me parecían enormes para tan poca carga.

Ver llegar la maleta de la abuela era sinónimo de regalos: una bolsa de golosinas, un par de pijamas y algún juguete. Y nunca, nunca, un beso por parte del abuelo. Al parecer, no cabía en el desvencijado equipaje.

También recuerdo la maleta que preparaba mi madre cuando me mandaba de vacaciones no deseadas a casa de mi única tía. Esto sucedía cuando se ponía de parto. Pasó hasta en siete ocasiones. Aquella era una maleta pequeña de color azul. Se cerraba con una cremallera que solía atascarse justo a la mitad. En ella, mi madre guardaba cinco mudas. Igual que los días que pasaba fuera de casa, hasta volver para encontrarme con un nuevo hermano.

A los dieciocho años tuve que llenar una pequeña maleta roja. En ella metí algo de ropa y poco más, tras una bronca monumental con mi padre. Mi madre no me quiso creer cuando le dije que lo había visto en el mercado besando a la pescadera. Ambos me echaron de casa. Aquel equipaje pesaba tanto que parecía hecho de cemento. Del mismo que utilicé para cimentar mi nueva vida.

Mi primer viaje en avión fue excitante. Fue un vuelo de cuatro horas, por lo que tuve tiempo de disfrutar de mis nuevas experiencias en el aire: comer, ver una película, leerme la revista entera y conocer a mi compañero de vuelo. Me parece que se llamaba Luis. Al llegar a nuestro destino, me guió hasta la sala de equipajes. ¡Me enamoré de inmediato! Con tan solo dos magistrales movimientos, retiró su maravillosa maleta de la cinta transportadora. Era de piel marrón, elegante, distinta al resto. Incluso, me pareció percibir que despedía un agradable aroma que invitaba a seguirla. Y la seguí. Sentí la urgente necesidad de descubrir que había en su interior. Claro que, para eso, también tuve que seguirle a él.

Así fue como se inició mi obsesión. La de seguir maletas.

Comencé a viajar en tren, en autobús, en avión. Llegaba con el tiempo suficiente a la sala de facturación para observar al resto de viajeros con los que haría el viaje. Nunca me fijaba en ellos directamente, sino en el equipaje que llevaban. Y, si encontraba alguna maleta interesante, hacia hasta lo imposible por conseguir el asiento contiguo a su dueño.

No solían gustarme las maletas modernas, aunque había un modelo, color gris acero, que no estaba mal. Tampoco escogía las de plástico de colores chillantes, que van pregonando el mal gusto de su poseedor. ¿Y qué decir de las pobres que llevan atadas unas cintas de colores para que sus propietarios no las confundan? ¡Cómo si uno no supiera distinguir algo tan importante!

Huía de los desidiosos que, en lugar de maleta, viajaban con mochilas o bolsos blandengues. Me remitían a pensar en cajones llenos de ropa revuelta, arrugada, despreciada. No se puede suplir la belleza de una maleta bien ordenada, con los zapatos y calcetines al fondo. Con las camisetas y los jerseys bien doblados. Con los pantalones y camisas, impecables al llegar a su destino. Todo equilibrado y en su sitio. Nada que ver con ese amasijo de equipaje vejado, maltratado por sus dueños.

De mi inquietud hice una profesión. Me convertí en el Rey de las Maletas. Forjé un imperio empresarial. Las franquicias por todo el mundo y el dinero entrando a raudales en mi cuenta bancaria, me permitieron dar rienda suelta a mi pasión.

Mi negocio era la mejor coartada. Los innumerables viajes que tenía que hacer, más los que me inventaba a lo largo del año, me llevaron a vivir incontables aventuras. Como esta última que me trajo a Lisboa, hasta la Rua de Saraiva de Carvalho. En concreto, al Cemitério dos Prazeres. Llegué siguiendo una inmensa maleta de piel negra. Los herrajes laterales le conferían cierto aire melancólico. Parecía pesada, casi a punto de estallar. Su dueña, una italiana muy atractiva, mi compañera de vuelo, y de hablar muy ligero, me contó que viajaba al país luso a cumplir con su última voluntad. La de ella.

Resultó que durante más de veinte años había sido amante de un afamado escritor que tuvo el mal gusto de morirse tres días antes de que ella se reuniese con él, como solían hacer cada dos meses. «Pero éste −dijo con pesar− iba a ser mi último viaje». Él se había quedado viudo, por lo que, ya no habiendo impedimento, ella se quedaría a vivir con él para el resto de sus días, según le prometió. Pero él no la esperó. Y, como si la muerte fuera la peor de las traiciones, la partió de dolor.

No obstante, decidió subirse al vuelo reservado y acercarse directamente al cementerio donde fue enterrado su gran amor. Por la prensa se enteró de la ubicación. Necesitaba, para sanar su alma, devolverle todas las cartas y recuerdos que tenía suyos. Los quemaría sobre la tumba. Luego, bailaría encima de ella y bebería para celebrar. Esa sería su venganza por no cumplir con su palabra.

La idea me pareció tan disparatada, que decidí acompañarla. Así también evitaría que tan singular maleta fuese víctima de aquella pira improvisada. Ella aceptó encantada. «Además, te pareces tanto a él. Me lo recuerdas mucho», me dijo con un extraño brillo en los ojos.

No nos resultó fácil colarnos en el cementerio más ilustre de Lisboa, pero al final lo conseguimos. La maleta, en efecto, pesaba como un muerto. Localizar la tumba y encender el fuego, nos llevó un rato largo. Decidí sentarme sobre una piedra, mudo testigo de como la mujer iba sacando las cartas, los libros, los regalos, y algunas lágrimas. De tanto en tanto, maldecía al ausente. Sin mirarme, estiró el brazo para mostrarme una fotografía: en efecto, su difunto amante se parecía demasiado a mí. O yo a él, según se mire. Del fondo, sacó dos botellas de Sambuca y me ofreció una. Yo apuré un par de buenos tragos. Ella bebía con fruición, como si el dulce sabor del licor mitigara la amargura de su particular aquelarre.

No sé en que momento me quedé dormido, hasta que un punzante dolor me despertó. Descubrí mi mano derecha a unos veinte centímetros de mi pierna izquierda. Intuí que mi tórax yacía detrás de mi nuca. Traté de ver lo que estaba pasando, pero uno de los bordes de la maleta me obstaculizaba la visión. Seguía siendo de noche. Intenté hablar, pero no tenía lengua. Tampoco conseguí sentir mi respiración. De pronto, ella levantó la tapa con energía y lanzó sobre mi cabeza la pierna derecha que me faltaba y los zapatos que llevaba puestos. Luego, todo se volvió oscuridad.

Sentí como nos fue arrastrando. Calculé que serían unos diez metros. Tras dos zangoloteos, me dolí de una inesperada y lastimosa caída. Tuve la certeza de que nos tiró, a los trozos de mi cuerpo y a mi admirada maleta, en alguna fosa abierta del Cementerio de los Placeres.

Al poco, escuché sus cansados pasos alejarse, no sin antes decir:

− ¡Por la Virgen de la Anunzziata, Santa Madonna, juro que nunca más volveré a llenar maleta alguna!... ¡Porca miseria, Giussepe Zacallino! Aquí te quedas con todo lo que me recordaba tu existencia… Muerto y enterrado… ¡Miserabile!...

(*) Alejandra Díaz Ortiz es escritora. Ha publicado Cuentos chinos (2009), Pizca de sal (2012), ambas en Trama editorial, Julia (ViveLibro, 2013) y No hay tres sin dos (Trama, 2014).

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