El mosquito de Nueva York

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Daniel D. Carpintero *

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Imagen: commons.wikimedia.org

En su último viaje a Nueva York se trajo un mosquito guardado en el equipaje de mano. Era el tipo de chica a la que todo el mundo considera demasiado rara como para no odiarla. Volvía a casa después de las clases por un camino entre yerbajos secos y cardos cenicientos. El paisaje se alargaba árido y taciturno como un soplido de polvo hasta el horizonte. Al fondo estaba la silueta monstruosa de la fábrica de cemento. Ella la odiaba. La miró con una concentración rígida y obstinada como si la fábrica pudiese advertir su odio. Tenía once años y era flaca y pálida. Se había atado el cabello casi blanco en una coleta y llevaba unas zapatillas de bailarina y un extravagante vestido vaporoso que hubiera podido ser parte del ajuar de su bisabuela.

Había un viejo sentado en una piedra. Tenía un cigarrillo apagado en la boca y una boina gris tapándole los ojos. En su rostro había una expresión de perplejidad y tozudez congeladas; como si fuese un ciego que repentinamente hubiese visto durante un segundo cómo era todo de feo para volver a quedarse ciego al segundo siguiente. Ella se acercó al viejo y dijo:

— Me llamo Claudia. —No podía evitar contarle a cualquier desconocido quién era y qué estaba pensando y por qué no era igual que las otras personas—. Seguro que usted no sabe que tengo un mosquito de Nueva York. Lo traje desde allí en el avión. Lo tengo en mi dormitorio en una jaula.

El viejo volvió hacia ella su rostro tieso y terco; el cigarrillo fijo entre los labios como si lo hubiesen introducido allí y no fuera posible sacarlo, convertido en un elemento sin el que la cara hubiese quedado mutilada; la visera de la boina casi tocando la punta del cigarrillo, inclinada con un estilo rústico y empecinado.

— ¿Y qué le das de comer? —dijo de pronto.

La chica se quedó callada y miró la regadera de hojalata que estaba junto a una de las alpargatas de andar por casa del viejo. El viejo le pegó una patada renqueante e iracunda. La regadera se estrelló contra una piedra y emitió ese sonido cantarín y descacharrado de la hojalata percutida. Repitió:

— Qué le das de comer al mosquito.

— Aún no le he dado de comer nunca —dijo ella.

— Pues métele el brazo en la jaula y que te pique —repuso el viejo—. Yo no podría hacerlo. Tengo la sangre podrida. Los mosquitos me pican y luego se mueren.

Sacó una caja de fósforos del bolsillo y prendió el cigarrillo y escupió el humo directamente contra el ángulo entre la visera de la boina y los ojos. El humo se le quedó allí en la cara como una telaraña.

—Una vez me picó una serpiente de cascabel cuando estaba en el río —siguió—. Mi vecino estaba allí conmigo. Dijo que había que ir al médico y yo le dije que se esperara y que iba a ver cómo se moría la serpiente. Le dije: Espérate y verás cómo esa 'hijaputa' se muere. Y la serpiente pega una sacudida y se muere. A mí no me dio ni fiebre.

La chica estaba de pie delante del viejo con el extraño vestido de hacía cien años y jugando a hacer agujeros en la tierra con las zapatillas de bailarina.

— No me lo creo —contestó.

— Pues vas a tener que ir creyéndotelo. A mí se me mete adentro un veneno y el veneno se muere antes que yo.

— No me lo creo.

— Pues vas a tener que creértelo. —El viejo buscó la regadera de hojalata para pegarle otra patada. Pero estaba a unos cinco metros, junto a la piedra. La miró con esa expresión de perplejidad, dolor y tozudez congelados que estaba siempre con mayor o menor reconcentración en su rostro—. Vas a tener que ir creyéndotelo —dijo—. ¿Adónde vives?

—En una casa diferente de todas. A cinco minutos.

— Pues vete a casa —dijo el viejo— y me traes un veneno y vas a ver cómo me lo bebo.

La chica se dio la vuelta y se alzó la falda del vestido para que se le vieran los pies y empezó a caminar haciendo pasos de ballet destartalados. Después se giró hacia el viejo y dijo:

— Ahora vuelvo.

***

La casa estaba en una hilera de unas veinte viviendas iguales. Todas de ladrillo y con tejados de pizarra y con un pequeño jardín cuadrado delante de la puerta. Los padres de la chica no estaban nunca. En el jardín había unas cuantas plantas secas como fósiles y tres o cuatro heces de perro y un neumático de camión cuarteado por la intemperie. También estaba la tienda de campaña. La chica abrió la cremallera e introdujo rápidamente su cuerpecillo ágil y escuálido. Las paredes de tela estaban cubiertas de fotos de lugares inhóspitos y animales raros. Los picos del Himalaya. Las islas Svalbard. Un trozo de desierto rojo. El mar Muerto. Peces ciegos lanzando rayos eléctricos a mucha profundidad en el océano. Además había un candelabro muy antiguo y un montón de libros viejos y un juego de té de la Francia decimonónica.

La chica salió de la tienda de campaña y estuvo un rato en la casa y volvió a la tienda con una tetera humeante. Encendió las velas del candelabro y sirvió dos tazas de té. Luego abrió un libro por una página en la que se veía un cuadro de Napoleón Bonaparte. Puso el libro abierto delante de una de las tazas y dijo:

— Distinguido caballero, espero que le guste este té que hice traer para vuesa merced del Reino Unido. Lo he preparado yo sola.

Se soltó el cabello. Era tan lacio, tan rubio y tan largo que durante un instante flotó a su alrededor como un aura espectral.

— Usted no es el primer caballero que intenta seducirme —le dijo a la foto del libro—. El duque de Orleáns me invitó una vez a ir en un barco hasta la Antártida. Me llevó a una cacería de focas y me pidió que me pusiera un montón de rubíes y diamantes y me ordenó que me desnudara para él. Pero aún soy una niña, le dije al duque. Todavía no puedo aceptar los favores de vuesa merced.

Se bebió el té a pequeños sorbos como un pájaro que picotease en un charco y salió descalza de la tienda de campaña y entró en la casa sosteniendo la taza de té. La llenó con líquidos venenosos. Lejía; amoniaco; anticongelante; jabón de lavar los cacharros; aceite para engrasar la bicicleta. A continuación se puso las zapatillas de bailarina y empezó a caminar por el sendero que conducía a la llanura reseca y cenicienta con la fábrica de cemento al fondo.

***

El viejo seguía sentado en la piedra en la misma postura que antes. El cigarrillo sin encender incrustado entre los labios y la expresión al mismo tiempo desconcertada y terca. Cuando vio a la chica sus ojos pálidos y de ningún color definido —dos rendijas cautelosas— se asomaron desde debajo de la visera de la boina. Pegó un pisotón en la tierra con la alpargata de andar por casa.

— No te creías que yo pueda beberme lo que me dé la gana sin morirme, ¿eh? —dijo—. Pues cuando me picó la serpiente de cascabel en el río no me morí. Se murió esa 'hijaputa'. Yo no me morí. La envenené yo a ella.

La chica estaba de pie muy derecha con la taza en la mano. El cabello tan lacio que se movía con el soplido de aire más leve. Se quedó allí quieta tendiéndole la taza al viejo.

— En mi pueblo no son como aquí que no se creen nada —siguió—. Ya están todos muertos. Mi mujer y el vecino y todos. Yo no tenía que ir por ahí diciéndole a la gente que esa 'hijaputa' se murió y yo seguí vivo. Lo sabían sin que yo tuviese que decirlo.

La chica continuó inmóvil tendiéndole la taza. El viejo miró su rostro —el cabello de un rubio casi blanco agitándose a su alrededor como un centelleo— con una expresión triste y asqueada. Luego agarró la taza. La chica juntó las manos a la espalda y se mantuvo muy tiesa mirando fijamente al anciano. Dijo:

— No me lo creo.

— Pues vas a tener que ir creyéndotelo. —El viejo se pegó un puñetazo en la rodilla con la mano con la que no sostenía la taza. Luego se acercó el veneno a la nariz. Su cabeza pegó una sacudida hacia atrás. El cigarrillo se le cayó de la boca y su rostro pareció repentinamente vulnerable y descompuesto. Como si perder el cigarrillo fuese lo mismo quedarse sin nariz o sin dientes—. ¿Qué porquería hay aquí dentro? —dijo—. Dios bendito.

— Veneno —dijo ella.

La chica seguía muy derecha con las manos a la espalda y se balanceaba juguetonamente y hacía hoyitos en la tierra cuarteada con las zapatillas de bailarina.

— Dios santo, qué asquerosidad. —El anciano le dirigió una mirada inerme. Con el cabello rubio casi blanco agitándose y el estrafalario vestido vaporoso de hacía cien años la chica parecía una niña preciosa que hubiese muerto mucho tiempo atrás y luego hubiese resucitado—. ¿Quieres que me beba esa porquería? —dijo el viejo.

— No. Pero no me creo que tengas la sangre podrida.

— Pues me la voy a beber. —El anciano pisó con fuerza el cigarrillo y restregó la alpargata contra la tierra—. Voy a beberme esa guarrería y voy a mearla y no me voy a morir. ¿No te lo crees? Pues a vas a tener que ir creyéndotelo.

Una gota de sudor le cayó desde dentro de la boina y resbaló hasta metérsele en la oreja. Los ojos eran dos rendijas encharcadas sin ningún color. La boca se le quedó entreabierta y la mandíbula le empezó a temblar y el rostro entero reveló la calavera que tenía por dentro.

Acercó la mano temblequeante con la taza a la boca. Con un gesto brusco se echó el veneno adentro de la garganta. La taza se le soltó y cayó a la tierra cenicienta. Una redecilla de venas rojas empezó a extendérsele por el rostro. En menos de un minuto estaba empapado en sudor. Se agarró la garganta con las dos manos como si quisiera estrangularse y un ruido gangoso igual que un trozo de tela rasgándose le salió de dentro del cuerpo. El viejo se levantó con un espasmo y empezó a caminar hacia el lado opuesto al de la casa de la chica con todo el cuerpo rígido igual que un muñeco a pilas. Las manos enganchadas a la garganta y el ruido monstruoso de tejido que se rasga saliendo todo el rato del fondo de la tráquea. Ella lo vio alejarse hasta que se volvió muy pequeño y de color negro. Entonces vio cómo se caía al suelo. Inmediatamente se levantó y siguió alejándose. Luego se cayó otra vez.

***

Ella se agachó y cogió lo que quedaba del cigarrillo del viejo y se lo guardó en un bolsillo del vestido. Estaba atardeciendo. El horizonte se había oscurecido y la silueta de la fábrica de cemento había sido engullida por los bordes sombríos del planeta. Ella miró fijamente hacia el lugar donde sabía que estaba. Miró hacia allí con obstinación, con odio. Entonces la fábrica emergió de las sombras. Se encendieron las luces de las chimeneas y de los tubos metálicos y de los retorcidos mecanismos que lo alimentaban todo. La fábrica la miró a ella con su luz amarilla y punzante, como una ciudad llena de demonios que hubiera brotado en medio del páramo negro.

(*) Daniel D. Carpintero es periodista.
5 Comments
  1. Piedra says

    Me ha encantado. Supongo que podrá ser reproducido en una revista sobre ecología y defensa del medio natural que, por cierto, no tiene anuncios de venenos domésticos.

  2. June says

    Me encanta, me fascina! Qué personajes tan entrañables y escalofriantes. Este tipo es una maravilla de escritor!

  3. José says

    Es un crack! Dónde puedo conseguir algún libro suyo?

  4. El viejo says

    Creo que la chiquilla (¿cómo definirla…se puede?) está más rara que lo que estaba el viejo

  5. K de kilo says

    Qué pasada de cuento! Cuándo publican otro?

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