A la carta. Cuando la correspondencia era un arte

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Elvira Huelbes

Portada del libro / elbaeditorial.com
Portada del libro / elbaeditorial.com

Antes de la existencia de los sms -¿alguien se acuerda de ellos desde que irrumpió el guasap?- la gente se escribía cartas. Éramos muchos los aficionados a las cartas y se ve que Valentí Puig está entre ellos, ya que ha escogido unas cuantas para reunirlas en este libro, A la carta, editado por Elba, este mismo año. Hablo de cuando el silbato del cartero anunciaba la posible llegada de buenas noticias o, simplemente, de noticias. La ilusión de leer unas cuantas cuartillas de una amiga o de algún familiar o de algún amante. Después, enseguida, las cartas eran del banco y ya no fue nunca lo mismo.

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De una manera caprichosa, como él mismo confiesa en el prólogo, Puig ha escogido cartas de muy diversa procedencia y asunto, de Platón a la Reina Victoria de Inglaterra, de la breve declaración de guerra a un reproche amoroso. Y las ha colocado en orden alfabético del apellido del autor, para más capricho. Lo que, en principio, parece un tanto arbitrario, acaba siendo divertido; al fin y al cabo, sólo estamos hablando de cartas, no de un tratado filosófico ni del descubrimiento de la pólvora, ya me entienden.

Así, el lector lo mismo se encuentra, por sorpresa, ante la lección filial de un Ortega de 19 años a su padre desconfiado, en impecable prosa y cargada de razón, que frente a un animoso Mark Twain tratando de convencer a Walt Whitman de lo afortunado que es por cumplir los 70, en un ejercicio biográfico paralelo a la historia de los Estados Unidos de la época, en la que, en efecto, Whitman asistió al invento del vapor, el gramófono, el ferrocarril, la luz eléctrica y la despepitadora de algodón, “sorprendentes maravillas de una era extraordinaria”.

Especial atención me ha merecido la carta de Toyofumi Ogura, superviviente de Hiroshima, a su esposa Fumiyo. Su relato humano, pormenorizado, del momento de la explosión de la bomba atómica, recuerda al que años después recreó Kenzaburo Oé en su libro Cuadernos de Hiroshima (Anagrama, 2011), en el que narra las experiencias de los ancianos supervivientes, olvidados de todos, en una visita a la ciudad mártir, donde fue a cubrir como reportero la Novena Conferencia contra las armas nucleares. La carta nunca recibida por Fumiyo, quien había muerto en el ataque, le sirve al profesor Ogura como escapada de la locura.

Otras cartas dan cuenta de otros puntos de vista de esa Segunda Guerra Mundial. La breve nota de Franklin D. Roosevelt a Winston Churchill, en la que le comunica la entrada en la guerra de los Estados Unidos, en 1941; o la de Paul Valéry, en 1940, una de cuyas estrofas parece muy pertinente en la marea de desgracias que no quieren dejarnos desde la explosión de la llamada crisis:

Ahora el desastre público engendra todos los desastres privados. Yo no tengo noticias de mis hijos y de mi yerno. En cuanto a mí, con los míos, mi mujer, mi hija encinta y mi nuera. No tengo idea de nuestro porvenir material. Tal vez, si consigo durar, estaré obligado, a mi edad, a buscar trabajo, no sé dónde –por el mundo”. Y añade, para mayor paralelismo: “Pero hoy la Poética y el pensamiento valen menos aún que nuestro papel moneda”.

El libro es un tomito atractivo por la variedad siempre pertinente de las cartas y por la pequeña introducción que añade Valentí Puig, donde da noticia del autor y su circunstancia.

Algunas de esas cartas reflejan fielmente el carácter literario de quien las escribe, caso de la de Emily Dickinson o la de Emilia Pardo Bazán a su amigo Benito Pérez Galdós, no por muy comentadas más leídas. También es muy característico el estilo que se gasta Witold Gombrowicz en su carta a Jean Dubuffet, muy en sintonía sobre todo con su Diario argentino.

Otras, como la de Calamity Jane a su hija o la última misiva de Catalina de Aragón a su esposo, Enrique VIII, desde la prisión donde éste la dejó pudrirse, dejan ver una entereza y una inteligencia emocional, y de la otra, muy atractivas.

Hay cartas entrañables como la que dirige Abraham Lincoln al maestro de su hijo, en la que le pide entre otras cosas, que le enseñe “a tener siempre una fe sublime en sí mismo, porque sólo así podrá tener fe en los hombres”. Cuántas desdichas no podrían evitarse con un ejército de mujeres y hombres así educados.

El recopilador tiene el amable gesto de incluir las referencias de donde salieron esas cartas, en caso de que algún curioso lector quiera profundizar en alguno de sus autores. Un libro para ir despidiendo al verano, con calidad.

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