El hombre que se parecía a todo el mundo

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Aníbal Malvar

 

Máscaras. / Wikimedia Commons
Máscaras. / Wikimedia Commons

Aquel hombre era bastante infeliz porque se parecía a todo el mundo menos a sí mismo. Por culpa de aquel extravagante padecimiento, había sufrido a lo largo de su vida infinitas tribulaciones. La policía lo confundía sistemáticamente con los delincuentes más buscados, las adolescentes veían en él a su cantante pésimo favorito y lo acosaban con sus gritos, sus hormonas y sus autógrafos, en las empresas en que trabajaba todo el mundo lo mimetizaba con el jefe y le odiaban en silencio, y las mujeres a las que iba amando lo rechazaban sistemáticamente porque se parecía demasiado a cualquiera de sus maridos o ex maridos.

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El padre de aquel hombre había sufrido el mismo mal con trágicas consecuencias. Durante la cruenta guerra civil que arrasó el país años atrás, los dos bandos confundieron al padre con dos criminales de guerra de distinto signo. Hubo grandes discusiones para elucidar cual de las dos facciones ajusticiaría al pobre tipo. Al final, llegaron a un acuerdo: lo fusilaría un pelotón paritario formado por los mejores tiradores de ambos ejércitos. Fueron tantos los disparos y tan certeros que el reo cayó a la tierra como un clavel reventón. Cierto que luego fue confundido con un héroe nacional, ya que, gracias a aquel primer entendimiento entre las dos facciones, todos se acabaron dando cuenta de que habían olvidado ya por qué luchaban, y firmaron un tratado de paz que aun hoy perdura. Después le pusieron estatuas y placas por todos los jardines y calles, pero eso son abalorios civiles que consuelan poco a los muertos inocentes.

Con el recuerdo permanente de su padre fusilado, aquel hombre vivía en un estado de terror constante. Un día decidió acudir a un cirujano plástico, que se extrañó de que deseara un cambio facial tan extremo, ya que aquel día el hombre tenía predisposición a confundirse con gente bastante guapa. Con lágrimas en los ojos, el cirujano modificó aquel bello rostro sin dejar rastro de su antigua galanura. Pero no sirvió apenas de nada. El único cambio que notó el hombre es que le confundían más a menudo con viejos artistas de la tercera edad mal reciclados.

Solo un día de su vida este hombre fue feliz. Y ocurrió, qué paradoja, la tarde de noviembre en que murió. Se dio cuenta, en el momento final, de que ya jamás le incomodaría el parecerse a todo el mundo. Y cerró los ojos dulcemente, sintiendo cierta ternura por los vivos que, muy pronto, iban a sentir terror de confundirse, por última vez y para siempre, con él.

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