El ascensor

Pascual García

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Panel de informacion de un ascensor. / Wikimedia Commons

Llevo cuatro días metido aquí, en el ascensor. Todos se han ido de vacaciones y yo me he quedado atascado en el ascensor del edificio de la empresa justo después de que todo el mundo hiciera eso, irse de vacaciones. Atascado. Tenía planes para mí. Un pequeño hotel en Almería, una hamaca en la playa, mojitos, atardeceres, noches al raso, algún libro, y chicas. Salir a buscar chicas, como he hecho siempre, y ver qué pasa. Tenía planes porque el año ha sido duro y porque no he tenido tiempo ni para follar. Pero el destino ha querido que me quedara encerrado aquí, en el ascensor. El destino nunca es caprichoso y nunca hace las cosas porque sí. El destino es sabio cuando se nos pone de cara. Francisca, la cajera de la segunda planta, que es un auténtico cañón, se ha quedado encerrada aquí conmigo, en el ascensor. Agotamos los condones que llevábamos entre los dos en las seis primeras horas. Francisca, entre polvo y polvo, me ha dicho que también ha sido un año muy duro para ella y que también tenía planes y que ahora está encerrada aquí, conmigo, en el ascensor. También está con nosotros Maíllo, el de recursos humanos, que, inexplicablemente, murió de ansiedad a los pocos minutos de quedáramos colgados y que ahora nos sirve de improvisada almohada. Hemos rebuscado en su maletín de jefe de recursos humanos para ver si llevaba condones y hemos encontrado unos cuantos junto a nuestras cartas de despido y unos billetes de avión para las Maldivas… Parece que él también tenía planes para las vacaciones… ¡qué cabrón!

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