Todos los Julios Cortázar

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Cortázar_1967
Julio Cortázar en 1967. / Wikipedia

A su manera, este Julio es muchos Julios pero sobre todo es dos Julios. Uno es el hombre que escribía cuentos fantásticos como el que se quita alimañas de la cara; el que escuchaba jazz a todas horas e intentaba domar la yegua rubia que cocea en el laberinto de una trompeta; el intelectual triste y solitario que fumaba Galouises y al que amaba la Maga. El otro es el hombre que descubrió su destino cifrado en la lucha de un continente; que se sentaba en las sesiones del Tribunal Russell para oír el testimonio de los torturados; el hombre que fue capaz de descubrir una ruta oceánica en los paradores de la autopista que va de París a Marsella. Ambos Julios eran muy jóvenes, pero el mayor era más joven aún que ese muchacho alto y desgarbado que a los diez años ya había escrito varias novelas y que aprendió, traduciendo a Poe, la exactitud terrible de un escalofrío.

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Cortázar sufría una enfermedad por la cual aparentaba mucha menos edad de la que tenía, un cambalache temporal que parecía sacado de alguno de sus relatos y que nos contagiaba a nosotros, sus lectores. No sólo es que lo descubran los jóvenes de generación en generación: es que lo seguimos descubriendo los viejos de cuarenta, cincuenta o sesenta; los que lo leímos por primera vez a los catorce, a los veinte o a los veinticinco, y que rejuvenecemos misteriosamente cada vez que repasamos una página. Alguien dijo que el miedo a releer sus cuentos es un elogio porque no sabríamos cómo reavivar la sorpresa. Es verdad, pero también lo es que sus relatos sobreviven más allá del asombro de esa frase final donde el hombre se transmutaba en pez y el pez en hombre, donde el niño se agolpaba al otro lado del tren para no ver las últimas estatuas de la infancia, donde el incendio en una casa de París alcanzaba al público despavorido en un circo romano. Todos los fuegos eran el mismo fuego porque Cortázar -como Poe, como Borges, como Maupassant, como Kafka, como Dick, como Lem, como Bradbury, como Monterroso, como Lovecraft, como Bierce, como Blackwood, como Quiroga- pertenece a la extraña raza de los forjadores de pesadillas, los contadores de historias que mantienen vivo el fuego de la tribu y que poseen el misterioso don de convocar mediante el embrujo de la palabra a los viejos espíritus y los viejos fantasmas.

En el primer cuento que publicó, por intermedio de BorgesCasa tomada, había una pareja de hermanos -hermano y hermana- viviendo solos en una mansión, como en La caída de la casa Usher, pero de repente una presencia entraba para arrebatarles sus posesiones habitación a habitación, una metáfora tan perfecta que nadie puede saber si se refiere al peronismo, al incesto, a la locura o a la CIA haciendo dictaduras y deshaciendo gobiernos a golpes de Estado. La revolución cubana significó el descubrimiento de su destino latinoamericano, una lucha que ya no abandonaría y que muchos le han reprochado, pero nadie puede decir que su compromiso de escritor fuese en balde: ahí están sus lecturas frente a los estudiantes levantiscos en pleno mayo francés, su apoyo absoluto al pueblo nicaragüense, su exilio europeo desde que Videla tomó el poder en Argentina, los libros que escribió desde entonces -62 modelo para armarÚltimo roundLibro de ManuelLa vuelta al día en ochenta mundos- con los párrafos manchados de denuncia, de política y de rabia.

En los cien años de su nacimiento, entre los fastos y las celebraciones oficiales, mi amigo Miguel Dalmau tenía preparada una biografía digna del cronopio que era, una biografía llena de datos y verdades que finalmente ha sido bloqueada por su primera viuda, Aurora Bernárdez, en un puro despotismo de fama que a Julio no le habrá gustado ni un pelo. Una injusticia y una verdadera lástima porque Dalmau, que ya nos había entregado una magnífica biografía de Gil de Biedma, no sólo ha empeñado varios años de su vida rastreando la de Cortázar sino que la había escrito en un solitario rapto de amor y de fe, dos sustantivos que siempre acompañan su lectura. El día en que murió, García Márquez, que fue un gran amigo suyo, escribió que Cortázar despertaba una emoción muy poco común entre los grandes escritores, una intimidad que rebasa la devoción y la admiración y que puede resumirse en una sola palabra: cariño. Lo sentimos al leerlo una y otra vez, lo sentimos al ver cómo en medio de una larga entrevista le pide a Soler Serrano si puede darle un trago de su whisky, lo sentimos al oírle recitar con su hermosa voz de erres rotas una grabación de ese capítulo de Rayuela en que los amantes se abrazan y tiemblan como una luna en el agua.

ElMartanga676 (YouTube)

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