Manuel Jabois

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El columnista y escritor Manuel Jabois. / CP

Uno sabe que se está haciendo viejo cuando empieza a admirar a gente más joven que él, no digamos ya a envidiarla. En el oficio de columnista, mis envidias comenzaron con Umbral, como todo el mundo, y luego siguieron con artífices de la talla de José Luis Alvite o Rafael Martínez-Simancas, dos pianistas de la palabra a los que he tenido el privilegio no sólo de leer sino de abrazar. Con Rafa, que sólo era un lustro más viejo que yo, llegué a desarrollar una amistad tan íntima, tan profunda, que cuando se me murió este verano fue como si me arrancaran un brazo. Los grandes columnistas son inimitables porque escriben tal y como son, Alvite a golpe de tabaco, la risa entrecortada con tos, y Rafa con esa media verónica de alegría que centelleaba siempre al final de cada párrafo.

El día siguiente a la hecatombe de las Torres Gemelas lo único que leí que estuvo a la altura de tanta destrucción fue una columna prodigiosa de Matías Vallés en el Diario de Mallorca que explotaba en esta espléndida blasfemia: “King Kong es Alá”. Sufrí un deslumbramiento parecido muchos años después, en una de las ediciones de La Risa de Bilbao donde fuimos invitados mi chica y yo por intermedio de Juan Bas, quien, como su báscula indica, es más novelista de peso que saltador de pértiga, pero que cuando se pone a bailar frase a frase parece Oliver Hardy de la mano de Stan Laurel en aquella coreografía insensata frente a un saloon del Oeste donde despliega más arte y más gracia que todas las huestes del Bolshoi juntas. En fin, cuando llegamos al lugar de la firma nos presentaron a Manuel Jabois, un chaval alto, joven y atractivo del que ya había oído hablar y de inmediato, al verlo con esas pintas de gigoló en paro, me tranquilicé pensando qué cojones iba a escribir ése. Nos dedicamos mutuamente sendos libros, que es la manera que tenemos los escritores de imitar sutilmente a los perros cuando se olisquean, y me bastó ojear su caligrafía de médico para confirmar mis sospechas. De hecho, a día de hoy todavía no he podido descifrar qué puñetas dice. Pero, amigo mío, cuando por la noche me puse a hojear Irse a Madrid sentí desde la cadencia de las primeras frases ese temor insoslayable del púgil que oye los puñetazos de un rival a través de las paredes del gimnasio. El chaval tenía ritmo, tenía cintura, tenía pegada y tenía un oído increíble. Era como Alí de joven, antes de la paliza con Frazier, cuando aún mantenía intacto el juego de piernas y nadie le había tocado aún la cara; igual de bueno en la frase corta que en la larga, en la columna que en la crónica. Imposible no frotarse los ojos después de esta descripción de un discurso de Fraga: “En el mitin estuvo bien: habló un fragués estupendo y no se le entendió una palabra”.

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Cubierta de ‘Manu’.

Los gallegos han copado el siglo XX de novelistas extraordinarios en cualquier tono, desde el realismo atroz de Cela hasta la fantasía delirante de Cunqueiro pasando por el virtuosismo todoterreno de Torrente Ballester. Han dominado la novela casi con la misma autoridad que la política. En cuanto al periodismo, ya dije una vez que el columnismo patrio, después de las estaciones de Camba, Ruano y Umbral, limitaba al norte con Alvite y al sur con Alcántara, pero de pronto aterrizaba en el patio este cabronazo de apellido francés para desbaratarme las jerarquías con su melena de rockero y su prosa de poeta. Aunque presume de gallego y asegura que el oficio le viene de su abuelo, a Jabois parece que se lo ha encontrado la señora de la limpieza entre las sábanas de la habitación 383 del Hotel Palace –la misma que ocupó Camba durante décadas– hecho un cuatro, borracho y despeinado después de una noche de juerga. Me consolé pensando que, por mucho que vacilara de despistado y de provincial, y aunque sugería que más de una vez le habían dado calabazas, todavía no le habían soplado una buena hostia de ésas que te derrumban por el suelo. Ya veríamos entonces si, al igual que Alí después del monumental combate contra Frazier, le quedaban arrestos para ponerse en pie y seguir despeinándose, o si se volvía a Sanxenxo a cuidarse la melena.

Por el momento, las únicas calabazas que le habían dado a Jabois eran las de la editorial donde publicaba, Pepitas de Calabaza, una factoría de pequeñas joyas hermosas y anarquistas donde inmediatamente deseé colocar algún libro mío, lo que fuese, una antología de artículos, un historial clínico con mis mejores radiografías o mi viejo proyecto de doblar esquinas. La única pega de aquella gente era el título, porque después de la publicación de Jabois y de otros cuantos francotiradores no eran de calabaza las pepitas que despachaban sino más bien de oro. Un día, mucho tiempo después, me atreví a llamarlo y enfrentar al monstruo cara a cara, deseando que al menos resultase un imbécil que sólo sabe hablar de fútbol, igual que esas rubias gloriosas que al final se resuelven en muñecas hinchables, pero no, encima resultó ser un tipo de lo más simpático y amable, tanto que al cabo de un rato ya le veía cara de yerno y eso que no tengo hijas. Ni hijos, que yo sepa.

En el buen rato que pasamos juntos, entre unas cosas y otras, me contó que pretendía escribir un libro que fuese un petardazo, más que nada para quitarse de la penitencia de seguir escribiendo a diario. Yo pensé que para qué, si la mayoría de los buenos libros pasan desapercibidos para el gran público, los que los firman muchas veces únicamente aspiran a colocarse en algún nicho periódico y además él ya había escrito por lo menos dos que eran la hostia. En el segundo, Manu, contaba de un solo tirón de pura prosa la historia vicaria de su embarazo, la muerte de su abuelo, su aterrizaje en Madrid y el pánico de encontrarse con un trocito de carne llorón entre los brazos. Ya le habían dado la hostia prometida, lo habían tumbado cuán largo era y se había levantado antes de la cuenta, despeinado y listo para otros diez asaltos.