Lo que aprendemos de los gatos

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Portada del libro de Paloma Díaz-Mas. / anagrama-ed.es

Casi todas aquellas personas que convivan con gatos sabrán a qué se refiere Paloma Díaz-Mas en este libro menudo e indagador, Lo que aprendemos de los gatos (Anagrama, 2014), en el que describe minuciosamente lo que hay tras el comportamiento aparentemente anodino, egoísta e inactivo de los pequeños felinos, pero también cómo los pequeños tiranos van adiestrándonos sutilmente.

Es una lectura que divertirá a los amantes de los gatos, sobre todo, pero creo que también interesa a quien no tenga gatos pero aliente un espíritu curioso o le atraigan. Uno de los juegos más divertidos de esta lectura son las coincidencias que aprecia el lector sobre la atención, descubrimiento, deducciones y trazado de teorías que se van desarrollando en las breves páginas del libro.

Díaz- Mas ha escrito un homenaje a su gata Tris Tras, que murió de viejecilla, dejando a sus amos -¿debiera decir “compañeros de piso”?- sumidos en la tristeza, conviviendo con su fantasma durante un periodo de tiempo, avivando recuerdos con señales como la de un pelo dorado que quedó enganchado en un suéter de mohair, mucho tiempo después de que el animalito desapareciera de sus vidas.

Escribo esto sentada en el borde de la silla debido a que mi gata, Kenia, ocupa pacífica y rotundamente el resto del asiento. Dirán que los gatunos estamos locos o somos unos pardillos por actuar así, pero la explicación de estos comportamientos no es tan sencilla, por lo que vale la pena leer este libro precisamente para descubrir las verdades que se esconden tras la aparente indiferencia de estos seres animados. De sus efectos beneficiosos ya hablan médicos y centros hospitalarios que los aconsejan para infundir sentimientos felices.

Con gran sentido del humor, va desgranando Paloma Díaz-Mas las virtudes felinas y su capacidad de adiestrar amos humanos hasta el grado de hacernos más considerados hacia los demás, más buena gente. Aprendemos, por ejemplo, a recolocar el cojín del sofá, normalmente de canto para aliviar nuestros lacerados lomos: “modificamos ligeramente la posición para ponerlo horizontal sobre el asiento, de manera que el cojín pierde su condición de aditamento para uso humano y se convierte en un tatami preparado para horas de meditación gatosa”, dice en la página 92, y con ello aprendemos los humanos a retirar los bultos del asiento contiguo al nuestro en el autobús para que se siente otra persona, por ejemplo.

Hay un buen número de historias sobre gatos, de vocación más o menos literaria. Desde las que contó Doris Lessing, en Gatos muy distinguidos (1967) sobre sus propios animales, hasta el personaje de Natsume Soseki. A pesar del tenebroso tratamiento que Edgar Allan Poe da al gato negro de su historia, su gata, Catarina, se le acurrucaba en el hombro mientras él escribía. Emile Zola reúne en El paraíso de los gatos, a gatos y filósofos para que discutan sobre qué es mejor en la vida, la búsqueda de la seguridad o del goce de exprimirla apasionadamente.

Me gusta el libro y de él, especialmente, el tono aparentemente impasible, un tono felino, digamos, pero infundido de la humildad necesaria con que a un humano se le permite escribir sobre las cosas de la divinidad. Sobre todo, la fina sensibilidad que demuestra su autora, en la observación de la cotidianidad felina y el barrunto metafísico que se infiere de ella.

Se equivocan los que tildan de arrogantes y egoístas a los gatos. No hay nada más lejano. Los gatos simplemente sobrellevan con naturalidad su insoportable belleza y su alegría de vivir. Y también, el misterio que encierran, y que Borges clava en los dos primeros y dos últimos versos del poema, A un gato:

No son más silenciosos los espejos
Ni más furtiva el alba aventurera;
[…]
En otro tiempo estás. Eres el dueño
De un ámbito cerrado como un sueño


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