‘Los justos’, de Albert Camus: del nihilismo ruso al terrorismo etarra

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Alex Gadea y Lola Baldrich, en una escena de 'Los justos'. / 61teatro.com

Resulta curioso asistir al estreno, en poco menos del espacio de un mes, de dos obras de Albert Camus, un autor que no era pródigo como dramaturgo. Se trata de Calígula, obra que se repone cada cierto tiempo, que estuvo en el Teatro Fernán Gómez entre los días 11 y 28 de septiembre, y Los justos, una obra que se estrenó anoche, día 2, en las salas del Teatro Español-Matadero Madrid y que estará con nosotros hasta el 26 de octubre. Ya digo, es curioso, porque ni siquiera en su país, Francia, es fácil encontrar dos obras de este autor programadas al mismo tiempo. Se me ocurren varias conjeturas para explicar la cosa,  pero creo que la crisis económica, que lleva aparejada una crisis moral y una decantación política, tiene mucho que ver con el asunto: no se olvide que Calígula es un alegato, una indagación también, sobre lo que significa el poder absoluto.

Por su parte, Los Justos fue tratado por Albert Camus como la consecuencia, en el terreno político, de lo que podía dar de sí el nihilismo mediante el ejemplo de un atentado. Reflexión sobre el poder, pues, y una descripción pormenorizada del terrorismo a que conduce la actitud nihilista, que es elemento central en el pensamiento camusiano: ni que decir tiene que estas dos obras, plenas de contenido y reflexión moral, se extienden en el tiempo, iluminando aspectos de nuestro tiempo. Para momentos de crisis, de ese remover las viejas estructuras sociales y políticas, no resulta raro que se estrene de nuevo Calígula, en la versión y dirección de Joaquín Vidal, que dirigió en su momento a Mishima y la Mariana Pineda, de Federico García Lorca, porque Camus, en un momento determinado, en sus Carnets, imagina un final para la obra, que todavía no ha escrito en su totalidad, y escribe: “No. Calígula no ha muerto. Está aquí y allí. Es cada uno de nosotros. Si se os da el poder, si tenéis corazón, si amáis la vida, veréis como se desencadena en vosotros ese monstruo o ese ángel que lleváis dentro. Nuestra época muere por haber creído en los valores y que las cosas podían ser bellas dejando de ser absurdas”.

De aquí al tema que contiene Los justos no hay más que un paso. La obra abre la programación de las Naves de Español- Matadero Madrid, dirigida por Javier Hernández Simón y en versión del dramaturgo José A. Pérez, que ha situado el escenario de la obra de Camus, de 1949, en el Madrid de 1979, en plena transición política, como paisaje de una nueva manera de tratar el terrorismo nihilista transmutándolo en terrorismo etarra. La obra se estrenó hace un año en el Gran Teatre de Alzira y ha cosechado un notable éxito en su gira por Valladolid, Valencia, Durango, Mérida, Baracaldo y Palencia. Realizada por 61Teatro, la obra está interpretada por Lola Baldrich, Alex Gadea, Ramón Ibarra, Rafael Ortiz, José Luis Patiño y Pablo Rivero Madriñán, que han realizado una versión muy ajustada y equilibrada del cambio en el escenario madrileño, cuando un grupo de etarras quiere atentar contra un ministro del Gobierno de Adolfo Suarez, y digo ajustada y equilibrada porque, por cuestiones obvias, la obra podía haberse decantado por una versión más dada a cargar las tintas en lo sentimental. No ha sido así y se ha respetado con cierto escrúpulo la obligada distancia camusiana.

Ya dijimos que la obsesión de Camus fue a qué límite podía llegar la consecuencia del nihilismo político. De ahí que para esta obra se inspirara en una acción que tuvo lugar con un grupo de revolucionarios rusos en contra del Zar, cuando atentaron contra el mismo Serguei Romanov. La obra resulta, en este sentido, un compendio amplio del imaginario terrorista: Boris Annenkov, que es el que planea el atentado y siempre está dispuesto a inclinar la balanza de un lado u otro. Es el elemento más político del grupo; Kalyayev, es el ejecutor, que es convertido por eso mismo en héroe; Stapan Federov, sujeto de enorme frialdad emocional, que no siente conmoción alguna ante la pérdida de vidas humanas y que en cierto sentido representa lo más terrible del nihilismo, aquello que Nietszche resumió en “Si nada vale, todo vale” y, finalmente, Foka, verdugo de la cárcel y que ejerce el oficio como parte de redención de su pena.

José A. Pérez atiende a esta llamada, a esta advertencia camusiana, pero la despoja de cierta complejidad moral, lo que, creo, hace que la obra posea más actualidad mediática, pero le resta un ápice de verdad, ya que lo que en ella se dirime, el comportamiento humano ante la desvalorización de la sociedad humana, toma visos de un clamor contra la irracionalidad de la violencia, un rechazo justificado ante el terrorismo pero poco aquilatado. Esa decantación tiene todo que ver con el cambio de escenario: la correspondencia entre la obra original y esta versión está clara, como lo está cualquier acción que emplee el terror como estrategia para conseguir un fin. La acción se traslada , por tanto, al Madrid de los 70, y el Gran Duque Romanov es sustituido por un miembro del Gobierno español, como sucedió en realidad bajo la modalidad del secuestro. El atentado se frustra y ello produce una escisión, incluso ideológica, como también sucedió, en la célula etarra, incidiendo, de paso, en un repaso a treinta años de existencia y evolución de la banda armada.

Ahora se comienza ya a hablar de ETA de manera más libre que en años anteriores. El ejemplo es la película que se ha hecho sobre los casos de Lasa y Zabala y esta versión de Los justos, de Albert Camus cabe inscribirla en esa corriente.

Esa tendencia se vivió la noche del estreno. Se hablaba de ETA desde una perspectiva distinta. Más verdadera. Se notó.

61teatro (YouTube)

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