Paulo Coelho: sopa de mierda para el alma

Paulo_Coelho_Wikipedia
El escritor brasileño Paulo Coelho, en una imagen de 2008. / nrkbeta (Wikipedia).

El otro día no pude contener la tentación al entrar en una librería y ver la enorme torre de ejemplares del último libro de Paulo Coelho. Picoteé aquí y allá, y al final acabé leyendo el comienzo, el primer párrafo y alguno más, hasta donde pude. Luego tuve que abandonarlo con la misma sensación de haber entrado por la puerta trasera de la cocina de un restaurante de comida rápida: ratas muertas, cucarachas, suciedad, carne en descomposición. Definir a Coelho como gran literatura por su éxito de ventas es lo mismo que pensar que McDonald´s es el mejor restaurante del mundo. Y, sin duda alguna, cualquier McDonald´s está mucho más limpio porque, al menos en teoría, tiene que cumplir unas mínimas normas de higiene. 

Anuncio

El principal problema de la literatura de Coelho es que no se vende exactamente como ficción, sino como una hábil levadura de enseñanzas místicas, sabiduría vital y filosofía oriental: misticismo de grandes almacenes. Mientras que el ensayo funciona, ante todo, como una máquina de pensar, y la novela es, entre otras cosas, una factoría de emociones, un instrumento de empatía, de compasión, de ponerte en el lugar de los otros, los libros de Coelho (y de tantos como él) no son ni una cosa ni otra. Pertenecen a ese vago limbo de la “autoayuda”, uno de los grandes camelos de nuestro tiempo, literatura homeopática donde una mínima gota de pensamiento permanece ahogada entre toneladas de agua de borrajas.

A Coelho lo han atacado por sus pecados veniales, es decir, la superficialidad, la ñoñería, la estupidez, los plagios descarados. A Borges lo ha plagiado incluso en los títulos. Cuando trabajaba en la ya extinta librería Crisol me asombró encontrarme con un título como A orillas del río Piedra me senté y lloré, que evidentemente remite al verso babilónico y bíblico, pero que ya había sido utilizado mucho antes como título en una novela bellísima: En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart. No obstante, la falta de originalidad, el raquitismo de las ideas y la pobreza de estilo no son más que manchas de moho. Lo peor es ese subidón de endorfinas que le produce al profano que acaba de leer El alquimista o cualquier otro de sus evangelios en rebajas, la sensación de haber encontrado un texto fundamental, un resumen metafísico que vale por un cursillo acelerado de filosofía. “El universo conspira para hacerte feliz” es una de esas máximas de Coelho que algunos ingenuos ponen al lado del optimismo universal de Leibniz. Para desmontar su estupidez (y su malignidad) no hay más que levantar la frase y ver el bicho que habita debajo: basta pensar en un cáncer, en un médico incompetente, en un hospital desmantelado por un ministro corrupto. Basta pensar en el mundo.

Juan_Salvador_Gaviota
Portada de ‘Juan Salvador Gaviota’, de Richard Bach.

La metáfora de la podredumbre culinaria que he empleado al principio no es sólo un reclamo o una llamada de atención. Sospecho que en un futuro no muy lejano, la ciencia nos demostrará lo dañino que puede ser para la mente de un lector ingenuo atiborrarse de semejantes memeces. Hace poco más de un siglo no sabíamos nada de los gérmenes y los médicos más reputados se reían de Pasteur cuando explicaba su teoría microbiana. Porque esos libros de autoayuda no son simples lecturas para pasar el rato, como la pornografía barata, ciertos best-sellers o ciertas novelas de espionaje, sino textos estrictamente cancerígenos, contagiosos y muy perjudiciales para la salud mental. Sin embargo, no son simplemente falaces o estúpidos: cumplen una misión y de ahí su éxito espectacular, que sólo una ingenuidad a prueba de cocos atribuiría a la casualidad, a la calidad o al boca a boca. Están publicitados porque son los andamios ideológicos de un sistema que los necesita para rellenar los huecos donde han fallado las religiones establecidas, los placebos para la gente a la que no le bastan los simples ocios del fútbol y la tele, una pomada que enseña, básicamente, que la realidad está bien como está y que si no eres feliz es porque no quieres. Hablan mucho de cambio, de metamorfosis y de crecimiento, pero no tratan de transformar la realidad, sino de aceptarla, de cambiar nuestra percepción sobre ella. Como advirtió una vez el poeta Álvaro Muñoz Robledano: “Lo más triste es que estamos conformes con el mundo pero no con el lugar que ocupamos en él”. Esos libros son las píldoras de la Matrix, las sutiles cuerdas con que algunos galeotes, hartos de las cadenas del capitalismo, se atan al mismo banco de la misma galera.

Publicidad

En términos estrictamente estéticos, la autoayuda pertenece al nivel más bajo del ecosistema, no al detritus intelectual formado por la literatura de quiosco, los tebeos y las telenovelas (las cuales, al fin y al cabo, son todas ellas honestas formas de entretenimiento) sino al fango radiactivo de las religiones personales y del budismo recalentado en tres lecciones. Que yo recuerde, el único libro de este estilo que yo haya leído entero fue a los doce años: el hoy felizmente olvidado Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, una alada y mongólica fábula sobre una gaviota que se aparta de sus compañeras y se aleja de la tierra para dedicarse en exclusiva al espléndido arte del vuelo. No hace falta remontarse a Ícaro para descubrir, debajo de las plumas, la carroñera heráldica de semejante bazofia. Basta con preguntarse qué mierda iba a comer Juan Salvador Gaviota allá en las alturas

Publicidad