Y Torrente trajo el ébola, y habitó entre nosotros

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Santiago Segura, con parte del elenco de la última entrega de Torrente. / Efe

Soy uno de esos tipos raros a los que lo primero que les molestó del primer Torrente (ya saben, el brazo tonto de la ley) fue la elección del apellido, que coincidía con el de uno de los mayores novelistas españoles del pasado siglo. Hasta llegué a pensar si el guiño hacia la gran literatura no era intencionado, puesto que el personaje principal (ese ex policía zafio, machista, facha, ignorante y puerco) funcionaba en cierto modo como una actualización y una hipérbole del pícaro. La picaresca española fue la madre de la novela, adelantándose incluso al Quijote, aunque no hay muchos escritores contemporáneos que beban de las fuentes originales del Lazarillo o del Guzmán de Alfarache. Uno de los pocos es José María Mijangos, que ha colaborado alguna vez en este mismo medio y que coincide con Santiago Segura en el tratamiento despiadado del personaje, en el humor irreverente y en ciertos toques de cinismo. Una lástima que Soul Man o Braille para sordos, novelas brillantes, hilarantes y mucho más cuajadas que cualquier entrega de la saga torrentina, no hayan obtenido ni una décima parte de su éxito.

Pero ya advirtió Borges que el éxito es un malentendido y quizá el peor. Incluso en la primera película, que es, con mucho, la mejor de todas, saltan a la vista los defectos de su creador, que son excesos casi todos ellos: la grosería, la chabacanería, la brocha gorda, el mal gusto gratuito y, sobre todo, la tendencia a poblar la pantalla con personajes de la farándula. El cóctel estaba quintaesenciado en aquel zumo de desechos, porquerías y colillas que el personaje le endiñaba a su padre, Tony Leblanc, con un resultado inesperado: al público le encantó. Segura había dado con una veta negra del humor español (donde el sexo y la muerte suelen ser la misma cosa) y ya no pensaba aflojar la presa.

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Cinco películas que han barrido la taquilla demuestran que la fórmula (porque siempre es la misma) está lejos de agotarse y que, más aun, incluso puede exportarse al extranjero. Mike, mi joven y encantador cuñado británico, que ha aprendido español entre Torrente y Torrente y breves viajes a la Península, se ríe a carcajadas con el personaje, como yo mismo al recordar los mejores momentos de la saga: la ronda policíaca, la aparición sobrenatural del Fary, el terrorista musulmán que intenta secuestrar un avión que acaba derribado por la funesta intervención del detective.

Torrente, un esperpento seboso y nada matemático, es otro espejo deformante en el Callejón del Gato. Del mismo modo que en los ochenta Almodóvar entregó una imagen distorsionada de lo español que triunfó más allá de nuestras fronteras, Segura ha construido una grotesca caricatura nacional que eleva la chapuza a niveles estratosféricos. No es nada difícil imaginarse a este compendio de defectos patrios, este peligro público con patas, franquista, machista y del Atleti, al frente de una operación policial auténtica, como en sus viejos tiempos, o más arriba todavía, a cargo de un ministerio, incluso quién sabe si de presidente del gobierno. La catástrofe que estamos contemplando estos últimos días (un virus mortal desatado por la imprudencia criminal de un gobierno que encima culpa a una de las enfermeras a la que no supo formar ni proteger) forma una ensalada de estulticia y desfachatez tan enorme que pareciera obra del mismísimo José Luis Torrente, sólo que Segura no se ha atrevido, ni mucho menos, a tirar tan alto. Esta vez el gordinflón es sólo un lamentable outsider que quiere atracar un casino, un golpe ridículo cuando se piensa que hoy día los auténticos Torrentes están manejando sobres millonarios, hundiendo bancos públicos, estafando a los pobres e importando el virus del ébola a la capital por el módico precio de un millón y pico de euros. He ahí la falla, el gran fraude de Torrente como saga y como personaje. Porque, en la triste realidad de España, este mamarracho facha, infame e insolente nunca sería un perdedor sino todo lo contrario: un banquero, un consejero, un político, un ministro. Torrente también le habría echado la culpa a la enfermera. Y, desde luego, tampoco sería del Atleti, diga lo que diga Mijangos.

2 Comments
  1. ramonyops says

    Torrente, con el PP, sería Presidente.

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