Tono Masoliver: “Todas las tragedias de la vida cotidiana tienen algo de jocoso”

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Juan Antonio Masoliver / acantilado.es

Hace unas semanas la editorial Acantilado ha publicado El ciego en la ventana, de Juan Antonio Masoliver Ródenas, que lo ha subtitulado Monotonías. Como dice su editor, se trata de un alud de imágenes recogidas de su memoria y que pone en boca de un ciego. Un ciego asomado a una ventana que quizás dé al abismo, donde se encuentra "la respuesta a todas las preguntas".

Cuartopoder.es ha pegado la hebra con el escritor, que lleva 10 años en España, después de otros 40  en Londres, como profesor en la Universidad de Westminster .

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El libro parece un ensayo de muerte, un experimento para ver qué pasa cuando te sitúas al otro lado de donde los vivos.

— La muerte siempre ha estado conmigo como lo ha estado en todos los que vivieron la inmediata posguerra en un pueblo. Con los años he ido teniendo una relación distinta con ella, durante mucho tiempo de temor hasta que, con el paso de los años y cuando se ha hecho más real por más cercana, he logrado entenderla y que ella me entienda a mí. Lo que ahora temo es la vejez y la degradación física que acompaña a la vejez y la muerte empieza a ser algo entrañable y necesario. Por otro lado, la he convocado en cada uno de mis escritos hasta que se me ha hecho familiar. Lo que de veras me duele es la muerte de los demás y el vacío que dejan. Algo que ocurre cada vez con más frecuencia.

— El regreso de Londres coincide con la jubilación, que todo el mundo se toma fatal, cuando viene de "júbilo". ¿Estás seguro de que es Barcelona y España quienes te decepcionan? ¿No habrá una decepción más personal?

— Yo no me he tomado la jubilación como algo fatal, en parte porque no me siento como un jubilado. Sigo escribiendo, sigo dando clases, aunque con más libertad que antes. Sigo viajando. Y además la jubilación coincidió con la llegada de una mujer que le dio un nuevo sentido a mi vida. Me ha decepcionado España y me ha decepcionado Barcelona, porque sigo creyendo que es una sociedad muy incivilizada, en la vida cotidiana, en la vida política, en la vida cultural. He vivido cuarenta años fuera del país, casi todos ellos en Londres, me he hecho allí y siento que soy de allí. Tal vez mi visión negativa de este país se debe a que nunca me he sentido feliz ni cómodo en él. No es que sea inferior sino distinto a lo que soy yo. Y en mi pasado en España hay demasiadas heridas: la presencia opresiva de la Iglesia, la represión sexual, la enseñanza, etc., etc. Cuando salí de España tuve que empezar de nuevo, y eso es lo que soy.

Hay varias constantes en el libro: tu experiencia de niño abandonado, los recuerdos que no engañan, la duda sobre qué escribir si ya está todo lo bueno escrito, nostalgia por lo que se estaba esperando que pasara y pasó sin pena ni gloria... ¿Por qué llamas a todo eso Monotonías?

— Monotonías son una forma de pensar y una forma de expresarlo en la que haya sentimientos, ideas, humor, narración. Ya que no escribo novelas tradicionales, tengo que buscar una nueva voz hecha de fragmentos en busca de una unidad. Nosotros no pensamos linealmente y yo trato de expresar el desconcierto y el concierto que ha sido y es mi vida. Por otro lado, mi nombre real, el que me ha acompañado desde la infancia, no es Juan Antonio, Tono.  Y monotonía viene de monótono, ¿no? Desde mi primer libro, Retiro lo escrito, no he hecho más que bucear en las mismas aguas, siempre extrañas y siempre familiares.

Muchas de las tragedias de la vida vulgar tienen su lado jocoso, como cuando escribes: "El náufrago había elegido cuidadosamente y hasta ceremoniosamente un libro para la isla desierta, pero por desgracia se dejó las gafas".

— Sí, todas las tragedias de la vida cotidiana tienen algo de jocoso. Más trágicamente vivimos, más necesitamos el humor. Bergson, en Le rire, comenta que nuestra primera reacción cuando vemos caerse a alguien es reírnos, es decir, ver el lado ridículo de las cosas. Como han sabido verlo Cervantes o Shakespeare. La diferencia entre Bergson y yo es que yo no sólo me río cuando ver a alguien caerse sino también cuando me caigo yo. Los pueblos malhumorados como el nuestro sabemos reírnos de los demás pero no de nosotros mismos. De ahí nuestra escasa capacidad para la ironía y nuestra grosera facilidad para la carcajada.

Muy Escher: "Escribía una carta, la echaba al buzón, la recibía, la contestaba..." ¿Tan sólo te has sentido tanto tiempo? Pero, ahora ya no, ¿no? ¿O sí?

— El sentimiento de soledad no nos abandona nunca. Es más: es en los momentos de mayor plenitud cuando más solos nos sentimos. La soledad no es algo negativo: yo la siento como una compañía. Aunque es cierto que hay una soledad negativa, la que se identifica con el abandono. Yo me siento simultáneamente solo y acompañado. Acompañado por la propia soledad que, como la muerte, me es cada vez más familiar. Y no hay amor más profundo que el de dos personas que saben compartir la soledad, y en silencio escuchan sus sentimientos y sus pensamientos.

El libro plantea preguntas aparentemente absurdas o surrealistas, que, en realidad, buscan respuestas. "¿Por qué cuando miramos al espejo no estamos nunca?" que sugiere que seamos vampiros.

— Lo absurdo no son las preguntas sino las respuestas, porque pocas veces responden a lo que estábamos buscando. Nacemos preguntando o preguntándonos, queremos siempre encontrar un sentido en lo que no lo tiene. Y para mí, los interrogantes son una forma de narración. El buen novelista o el más auténtico es el que ofrece preguntas, no el que da respuestas.

Portada del libro
Portada del libro de Masoliver Ródenas.

— La tristeza campa por el libro: "Pocas cosas entristecen tanto como la felicidad", ¿lo dices por lo que escribió Jorge Manrique?

— La felicidad es una entelequia y su búsqueda sólo sirve para decepcionarnos. Es además es una palabra engañosa, sin un significado preciso. La felicidad es abstracta. Y yo he sido lector de Manrique desde que tenía quince años. Tal vez en la lectura de Manrique encontramos la verdadera respuesta a la felicidad. Es el encuentro con la plenitud, con la palabra exacta, con una ética sin moralismo, en una exaltación de la virtud sin necesidad de condenar el vicio.

— Me gusta comprobar que son verdades universales algunas que creemos propias, como la de que "Todos los paisajes vistos desde el tren están llenos de nostalgia". ¿Qué poder evocador tiene el tren?

— El tren ha estado en mi vida desde la infancia. En mi casa del Masnou, por las noches, me acompañaban el ruido del mar y el de los largos trenes de mercancías. Y de día el pitido de las locomotoras de vapor. Recordaré siempre mi primer viaje a Italia en tren. Recordaré el inicio de La comedia humana, de Saroyan. Me gusta ver el paisaje desde la ventanilla del tren. La emoción que sentí al subir por primera vez en un tren inglés que me iba descubriendo una nueva forma de vivir. Y están los trenes de Antonio Machado. Además, tienen algo de juguete y, como los juguetes, nos transportan a otros mundos.

— Nombres propios y no tan propios se dan un garbeo por el libro. Enrique Vila-Matas, Rico Manrique, Margo Glantz y otros nombres torcidos pero reconocibles. ¿Homenajes de despedida? ¿Ajustes de alguna cuenta pendiente?

— La aparición de personajes conocidos en mis libros, especialmente de escritores, unas veces son homenajes, otras, ajustes de cuentas y otras, simples ganas de jugar con los nombres. A escritores que respeto les llamo unas veces por su nombre y otras por uno inventado: Javier Marías o Javier Manías, Vila-Matas o Vil-Amat. A los que no respeto, les busco un nombre que sea reconocible y que a vez les ridiculice. Aparecen también muchos amigos en situaciones totalmente inventadas. Y al mismo tiempo establezco una complicidad con el lector. Lo importante es que detrás de cada nombre haya una evocación.

— Al final, tras asomarte a precipicios en estas páginas, decides no dejar huella (esa contradicción insistente: escribir, para qué y por qué, y no poder dejar de hacerlo...), ensayas una imagen muy buena del vacío: "una mano sin cuerpo que borra los signos y se borra a sí misma mientras traza la palabra FIN".

— Mis últimos libros tienen mucho de testamento y de despedida. No de la vida, sino de la escritura. Siento que no tengo necesidad de decir sino de callar. Paraísos a ciegas, El ciego en la ventana o el inédito La negación de la luz son como cerrar los ojos al mundo para encontrar la luz en mí mismo. Y la luz la identifico con el silencio. Por otro lado, la palabra FIN en los libros o THE END en las películas me produce una misteriosa sensación. ¿Se terminan las novelas? ¿Hay que volver a empezarlas para que sigan con nosotros? ¿No es la palabra 'Fin' el inicio de una nueva dimensión? Y cuando yo trazo esta palabra es porque quiero señalar que es aquí cuando empieza la verdadera lectura: no lo que estamos leyendo a ciegas sino lo que ya hemos leído.